La Revelación

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La Revelación

Notapor Nienna » 20 Ene 2007, 16:40

Aquí va un pequeño relato que se me ocurrió el lunes mientras sufría 24 interminables horas sin luz xD. Aunque no lo creáis, escribir a máquina y a la luz de las velas inspira mucho. :P

Os advierto que es un poco extraño y abierto a cualquier interpretación, pero espero que os guste. ^^
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La Revelación (por mí xD).

Mediados de otoño.
Era una fría tarde de mediados de otoño, un otoño cuyo gélido e implacable viento revestía las oscuras oquedades de su alma como un fantasma surgido de su sempiterno hogar en las sombras. Y lo cierto es que así era.
Pues no era otoño en su mundo. No, nadie sufría las melancólicas consecuencias del otoño en sus hogares, que en estos momentos daban cuenta de los placeres del verano.
No, pues no era otoño en su mundo, sino en su espíritu.


El escriba chasqueó la lengua al tiempo que se arremangaba su ajada túnica para evitar que se manchara. No pareció reparar en el hecho de que los rebordes de su atuendo ya estaban lo suficientemente ennegrecidos como para que tal muestra de prudencia tuviera real importancia. Con el entrecejo arrugado, el individuo se frotó distraídamente su prominente nariz, adornándola sin darse cuenta con una uniforme línea de tinta negra. Dejó la pluma en el tintero y tomó entre sus enjutas manos el amplio pergamino, soplando con delicadeza para que las letras y florituras impresas en él se secaran con rapidez. Carraspeó, analizando lo escrito con aire crítico.

"Mediados de otoño...", "una fría tarde de mediados de otoño...", "no era otoño en su mundo..." He ahí el primer error: había hecho excesivo hincapié en la palabra "otoño". A estas alturas ya debería haber aprendido a sacarle mayor partido a la riqueza de su propio lenguaje, pero no hacía más que caer en tópicos repetitivos y en una narrativa excesivamente ostentosa, a decir de él. Emitió un quedo gruñido, sabiendo lo que semejante conclusión significaba.

“En fin… vuelta a empezar”, le dijo aquella vocecita maliciosa. “Cállate”, fue la réplica tajante de su otro yo, “en lugar de repetirme una y otra vez lo obvio, ya podrías hacer bajar a Erato* para que me echara una mano.”

“Sabes que ella no tiene tiempo para ti, viejo idiota”, insistió aquella presencia pérfida que irónicamente presentaba su propia voz y apariencia, “ahora mismo, debe de estar ocupada colmando de ideas las soñadoras cabecitas de poetas mucho más prometedores que tú. Tendrás que apañártelas tú sólo”.

Con un gemido de angustia, el escriba hundió el rostro entre sus manos.

“Cállate…”, repitió.

La voz no contestó esa vez.

Exhalando un tembloroso suspiro de alivio, el escritor (o aprendiz en la materia, al menos) alzó el pálido rostro, perlado por multitud de gotitas de sudor que trató de eliminar con su también descarnado antebrazo. Crispó los huesudos dedos en torno a su proyecto de relato lírico y se mordió el labio inferior hasta tornarlo blanquecino. Debo mejorar, debo mejorar, debo mejorar… sí, así podían describirse sus obsesivas pretensiones en aquellos instantes.

Arrugó con frenesí el pergamino y lo lanzó por los aires. No tardó en coger otro, aplanarlo con febriles ademanes en el escritorio de madera y tomar de nuevo el instrumento que debía emplear para plasmar emociones, deleitar, crear… en otras palabras, su pluma.

Humedeciéndose los labios reiterativas veces, con los ojos desorbitados por la concentración y entre sutiles jadeos entrecortados, el escriba recomenzó:

Mediados de otoño.
Era una fría tarde de mediados de otoño, una estación cuyo gélido e implacable viento revestía las oscuras oquedades de su alma como un fantasma surgido de su sempiterno hogar en las sombras. Y lo cierto es que así era.
Pues no era otoño en su mundo. No, nadie sufría sus melancólicas consecuencias en sus hogares, que en estos momentos daban cuenta de los placeres del verano.
No, pues no lo era en su mundo, sino en su espíritu.


Emitió una suave carcajada. El sudor había regresado a su rostro y a su prominente calvicie, pero él no lo acusó: había corregido los errores; ahora, la introducción no parecía sonar tan mal. “Puede que Erato haya respondido a mis plegarias, después de todo…”

Sin soltar el artefacto de escribanía, se frotó las manos con un suspiro de satisfacción y se dispuso a reanudar su historia. Volvió a mojar la punta del objeto en el negro líquido y redactó:

Leonnard salió cabizbajo de su hogar al pie de las montañas. Ese día…
.....
Ese día…
.....
Ese día… ¿qué?”, se preguntó el anciano, desesperado. “No… no puede ser tan difícil. No… sólo necesito una chispa, una llama de inspiración”, ese día él… él… “Maldita sea, no, no… debo escribir, escribir”.

Ese día, ese día, ese día, ese día…

− ¡¡Maldita seas, Erato!! − Maldijo en un sollozo cargado de congoja. En el proceso también se había incorporado como un resorte, arrastrando ruidosamente la silla por el suelo de piedra y lanzándola al suelo. Pero eso tampoco lo advirtió. En aquel momento, en su destrozado corazón tan sólo tenían cabida sus decepciones y frustraciones. Se derrumbó sobre el suelo de cuclillas, encogido sobre sí mismo en posición fetal, llorando, derramando cada lágrima como si expulsara de su cuerpo a los mismísimos servidores del cruel Hades.

“Estúpido anciano senil. ¿Y de qué te sorprendes? No eres nadie, jamás llegarás a nada…”

Lentamente, asolado por tenues convulsiones, el escritor alzó el lloroso rostro, clavando los enrojecidos ojos en la presencia que le devolvía el escrutinio.

Un espejo…

No… no era un espejo… o al menos, eso se dijo cuando observó, dividido entre la desolación y el miedo, cómo el rostro de su propio reflejo se contorsionaba hasta esbozar una retorcida sonrisa. Una mueca que contrastaba poderosamente con las lágrimas que aún derramaba.

“Te lo dije, te lo dije”, su otro yo rió, regocijándose en su dolor, “no eres nadie, no eres nadie”.

− ¡¡No!! − chilló él mismo, o su otra presencia… ahora mismo, no sabía muy bien quién era. Se incorporó, cerrando con tanto ímpetu los puños que sus uñas se hundieron en su carne con ardorosa precisión. Apretó los dientes hasta que la cabeza empezó a palpitarle. Señaló a su reflejo, que no cesaba en sus risas, con un dedo acusador −. ¡¡Ahora lo entiendo… tú… por tu culpa… no soy capaz de expresar nada, no soy capaz de desbloquear mi mente!! ¡¡Tú evitas que mi inspiración se desate, que mi imaginación vuele libre!! ¡Eres… un demonio!

“¿Demonio?, no”, respondía el espejo, “tú me has creado. Sólo soy tú… y lo peor del caso es que no te das cuenta de ello”.

Las carcajadas de la imagen aumentaron hasta tornarse dementes. Los ojos del enloquecido escriba parecían salirse de sus órbitas mientras se sujetaba las sienes, clamando en silencio que todo cesara.

− Basta… basta… te mataré − dijo en voz alta. De improviso, emitiendo un aterrador alarido de sufrimiento, el anciano inició una veloz carrera dispuesto a arrebatarle la vida a ese malnacido hijo de los infiernos. Gritaba y gritaba, corría y corría… − ¡Te mataréeee!

Su esquelético cuerpo chocó contra el espejo. Los cristales saltaron en mil pedazos.

···

El estruendo despertó a los acólitos, que no duraron un instante en irrumpir con pasos presurosos en la habitación de su maestro.

− ¡Señor, señor! − exclamó uno al ver el cuerpo ensangrentado al pie del destrozado utensilio que tal vez, en su día, había sido un espejo.

− Está… está… − intentó decir otro, sacudido por unos violentos temblores que desembocaron en nauseas.

− Está muerto − el estudiante más sereno, cubierto su rostro por una máscara de pena, se hizo eco de los pensamientos de los demás. Se arrodilló junto a su sabio maestro, dándole la vuelta a su cuerpo inmóvil, maltratado. Se quedó sin habla cuando escudriñó su semblante sin vida.

Sus facciones se hallaban desencajadas por el horror del momento, adornadas sus mejillas y las comisuras de sus labios por hilillos de sangre y cristales rotos.

Pero sus ojos… sus ojos… todavía conservaban un tenue brillo que parecía expresar otra emoción. Algo que parecía ser…

Felicidad…

FIN
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* Erato: Una de las principales musas griegas. Ésta, en concreto, la de la lírica.

Lo dicho... ¡espero que os guste!

Saludos.

P.D. Espero que no haya ningún problema con ponerlo aquí; no es que tenga demasiado contenido violento como para colgarlo en el de mayores de 18...
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Notapor Nienna » 22 Ene 2007, 16:45

... ains, qué pocos lectores hay por aquí... :roll: xD.

Saludos.
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Notapor syx » 22 Ene 2007, 21:16

Vaya, otro trabajo tuyo por aquí y yo sin enterarme. xD Con las caídas del foro me he despistado. Interesante enfoque del bloqueo del escritor, espero no acabar así porque tengo la misma manía de repasar los textos cien veces... :rolf: :rolf: Quizá un día me anime y ponga algo por ahí, no sé, cuando Calíope me haga caso XD.
Nada, muy bien escrito; como de costumbre.
Un saludo. [wave]
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Notapor Nienna » 22 Ene 2007, 22:07

¡Gracias, syx! Bah, supongo que todos los escritores sufrimos ese extraño síndrome perfeccionista... xDD.

La verdad es que siento mucha curiosidad por leer algo tuyo. ¡A ver si te animas! :wink:

Saludos.
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Notapor Inako24 » 25 Ene 2007, 16:55

Me he leido tu historia por curiosidad y me ha dejado en estado de alucine total. En serio, nunca se me hubiese ocurrido enforcar el proceso creativo de esa forma. Me ha recordado al Quijote (que llega a un punto en que no distingue la realidad de la ficción).

En resumen, que me ha gustado mucho tu historia.
A ver si publicas otra por aquí que seguro que me la leo.
Un saludo [wave]
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Notapor Nienna » 25 Ene 2007, 17:48

¡Muchas gracias, Inako! ^^

Por supuesto, ya publicaré más relatos. Por si te interesa, tengo aquí un fanfic de Slayers (ya terminado). Si quieres echarle un vistazo, yo encantada. :P

¡Saludos!
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