Pierrot [Historia original]

Versión para adultos de Historias y Fanfics. Escribe aquí las historias que por su contenido no sean aptas para todos los públicos. Exclusivamente mayores de 18 años.

Pierrot [Historia original]

Notapor Shaka » 11 Jun 2006, 21:09

¡Hola!

Subiré poco a poco esta historia original que empecé hace un mes. Actualmente estoy escribiendo el tercer capítulo. Espero que os guste.


Sinopsis: Luca es un excéntrico millonario propietario de un taller de máscaras en Venecia. Un día la policía acude a su local, pues han encontrado una de sus piezas en el escenario de un crimen. Su vida y la de otros se mezclarán en torno al misterioso asesinato.

Género: suspense, romance homosexual // Estado: en proceso

Advertencias: escenas explícitas de sexo y violencia


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- Capítulo 1 -



Era incuestionable que el mundo moderno había transformado Venecia en algo lejano a sus orígenes, pero haber dejado de ser punto de encuentro entre mercados marítimos no había acabado con su esencia primaria.

Año tras año millones de personas acudían a sus callejuelas, satisfaciendo el ansia del turista con las compras de rigor y las obligadas fotografías en los puntos que el cine se había encargado de inmortalizar.

Muchos contemplaban con horror la transformación paulatina de la ciudad en una especie de parque temático donde todo quedaba ensombrecido por el artificio, pero los que realmente la amaban sabían que tras esa fama desbordada se escondía el mejor arma para preservarla.

Miles la visitaban, pero únicamente unos pocos seguían residiendo entre los inaccesibles recovecos, conviviendo con mareas, inundaciones y la satisfacción de contar con una intimidad que se remontaba a varias generaciones.

Para todos aquéllos que no la habían vivido desde la niñez, Venecia seguía siendo un laberinto si se sobrepasaban sus principales arterias. Las aguas oscuras y los expertos gondoleros que las dominaban permitían que, clandestinamente, se siguieran organizando en sus maravillosos palacetes privados celebraciones al alcance de los privilegiados.

Los rumores sobre la siguiente ubicación corrían de boca en boca por la aristocracia contemporánea; las familias más influyentes de toda la región atravesaban los canales hasta dar con el enclave, respetando las pautas de procedimiento.

En las fastuosas orgías todo estaba permitido, puesto que era viable el derroche sin dejar huella. Los últimos invitados atravesaron el pórtico de un caserón aparentemente descuidado. Su fachada acusaba los efectos de la humedad, con los marcos de las ventanas ennegrecidos y la pintura descascarillada. Pero el brillo de su interior conseguía que los afortunados pronto olvidaran lo gris del recibidor.

Un clavicordio llenaba de notas metálicas el salón, alumbrado por la luz de candelabros e imposibles lámparas de araña que colgaban de los techos, creadas con el mejor cristal de Murano. Las paredes estaban cubiertas de tapices tan exquisitos como el terciopelo de los asistentes, los cuáles combinaban los vestidos de gala con joyas de valor incalculable y el mejor maquillaje de todos, el que les transformaba en lo que la vida cotidiana no les permitía ser, dejándoles libertad para volar más allá de la razón.

Una procesión de rostros de porcelana se giró para mirar al recién llegado. Iba vestido de azul de pies a cabeza, rematando su cabellera plateada una máscara de Pulcinella, con su tétrica nariz de gigantescas proporciones en cuero negro. Era la única personalidad que pese al atuendo no pasaba desapercibida, puesto que la fiesta de cumpleaños que había montado resaltaba lo espléndido de sus cinco décadas estrenadas.

Todos le conocían, pero no a la inversa. Domenico Ribeltta avanzó por el pasillo recibiendo discretas reverencias, como si se hubiese transportado a una corte cuatro siglos atrás. Se apoyó elegantemente en la esfera de ámbar que coronaba su bastón, deleitándose con el olor de los mejores vinos descorchados y los encajes de las faldas de las damas. En cada esquina nuevas y esporádicas parejas daban rienda suelta al deseo. Otros preferían el cortejo por medio del baile, y los demás se limitaban a esperar.

Tomó una copa entre las manos y le vio; nada más haber llegado, había sentido que alguien le observaba con especial énfasis. Sentado en uno de los sillones se encontraba el Pierrot más arrebatador que jamás había conocido. Su fisonomía estilizada, enfundada en un ajustado traje azabache y guantes a juego, incrementaba el brillo de unos ojos que refulgían en las cuencas vacías de la máscara. Una lágrima surcaba estáticamente la mejilla, y los labios rojos se curvaban en una sonrisa indescifrable.

Se acercó a él, movido por la curiosidad y el incipiente arrebato. Nunca se privaba de nada, a lo largo de su existencia había gozado de todo tipo de placeres cuando le apetecía, sin sopesar quién saldría perjudicado con ello. Así se había labrado reputación, y no iba a permitir que las pocas dificultades actuales mermaran el pequeño imperio que giraba a su alrededor.

Era su aniversario, y por tanto merecía un buen regalo. Dio por hecho que el joven sabía que no podía negarse a sus peticiones, puesto que mostrar un interés tan palpable en su persona era un ofrecimiento contundente de compartir una velada lujuriosa.

- La soledad es la peor aliada de la belleza, y yo adoro la hermosura – dijo, tomando asiento a su lado.

Éste respondió empleando movimientos de mimo para expresarse sin palabras. Le clavó las pupilas mientras le quitaba la copa y la dejaba sobre una mesita próxima, rozando el contorno de la barbilla con los dedos.

En el lenguaje de los festejos como aquél en el que se encontraban, ello constituía un mensaje directo que el anfitrión supo interpretar. Se incorporó, no tardando su pretendiente en hacer lo mismo y enlazar el brazo con el suyo, subiendo por las escaleras que conducían al piso superior. Nadie se escandalizaría por encuentros amorosos de tal índole, y menos en un círculo tan hermético donde la mayoría conocía sus diversos apetitos, así que al llegar al dormitorio cerró con llave la puerta, despojándose de la capa y recostándose sobre el lecho.

Por la constitución de su fugaz amante dedujo que debía rondar los veinti pocos años, confirmándolo cuando el cuerpo fue quedando al descubierto y las manos, tersas y cuidadas, le recorrieron. Pierrot se sentó sobre su regazo, recostando el torso sobre el suyo para tomar un pañuelo de gasa que había dejado próximo.

Domenico suspiró, dejándose hacer por un desconocido al que doblaba en edad, pero no en atrevimiento. Su excitación creció cuando éste le ató las muñecas a los barrotes de la cabecera de la cama, deslizándose por su abdomen para penetrarse sin demasiados preparativos. Gimió de sorpresa, preguntándose por cuánto había planeado el enmascarado ese encuentro, puesto que su estrechez estaba perfectamente lubricada.

Movía las caderas combinando diferentes intensidades, ejercitando rotaciones que volvían loco al homenajeado. Sus jadeos eran lanzados por encima de la música, convirtiéndose en espasmos que precedieron al clímax más intenso que recordaba haber alcanzado junto a otro caballero.

Recuperó el aliento, satisfecho e intrigado. Seguía con las manos inutilizadas, mas aunque conocía de sobra que rompería la primera de las reglas, él era el rey y contaba con potestad para hacerlo.


- Quítatela y déjame ver tu rostro.

El joven accedió nuevamente, sin retirar el miembro erecto que le llenaba.

- Como gustes… ragazzo – susurró.

Domenico se puso en alerta al escuchar el apodo con el que era turbiamente conocido. Adoptó una expresión estupefacta cuando la petición que había formulado fue cumplida, reconociéndole.

No tuvo demasiado tiempo para reaccionar. Pierrot sacó la pistola que previamente había escondido debajo de la almohada y, tras cubrirle la cara con una capa de vivos cojines hindúes, le disparó a bocajarro.

El cadáver seguía caliente cuando abandonó la habitación, dedicando los últimos minutos a dotar de cierto sentido artístico al escenario del crimen, endulzando la labor de los policías que de seguro no tardarían en llegar.

Antes de desaparecer discretamente entre las sombras le dejó al muerto un recuerdo, para que así pudiese rememorarle desde el Infierno y conseguir que su ansiada venganza estuviese completa.
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Notapor Shaka » 14 Jun 2006, 20:05

Luca despertó a una mañana cualquiera. Desde sus aposentos podía admirar el centro veneciano en todo su esplendor. A diferencia de lo que muchos extranjeros creían, la ciudad no era un único islote, sino cientos de ellos unidos por pasarelas.

Asimismo, otro buen número de secundarios la rodeaban, localizándose en las mismas todo lo que cualquier sociedad necesitaba: la isla del cementerio, la del hospital, la de la universidad…

Y las islas residenciales, como la suya. Historias acerca de cómo sus antepasados se habían hecho con las escrituras eran todo una leyenda entre los convecinos, y aunque los rumores sobre la extensión de la fortuna de los Gregorutti no hacían sino incrementarse, él hacía caso omiso de las opiniones ajenas y se permitía el lujo de hacer lo que le gustaba, gracias a la seguridad de poder permanecer al margen de las crisis monetarias.

Qué importaba que su negocio no fuese original, ni que matemáticamente las ventas no amortizaran las pérdidas. El dinero era un concepto tan abstracto que ni se había parado a meditar en qué consistía.

Pese a todo, seguía siendo considerado por sus padres y familiares cercanos como el excéntrico, el que prefería madrugar para encerrarse en su refugio, paladeando los placeres mundanos de la vida cuando podría regodearse de todo el derroche imaginable.

Abrió las ventanas para que se aireara la alcoba mientras peinaba el cabello lacio y afeitaba su tez morena, típicamente mediterránea. Le gustaba cuidar de su aspecto físico, consiguiendo a la larga que pese a estar cerca de cumplir los treinta, sólo las pequeñas patas de gallo que se le formaban al reír le delatasen.

Se vistió con un traje de lino y tomó las llaves de la lancha tras haber ingerido una taza de café. Partió desde su embarcadero privado con rumbo al muelle principal. Los postes indicaban la profundidad de las aguas y las rutas que se sabía de memoria, saludando a los conocidos con los que se encontró.

Era muy popular entre los comerciantes por ser el soltero de oro por excelencia. A ambos lados del puente de Rialto las mujeres suspiraban por compartir una cena romántica con el apuesto artesano, y los demás trabajadores del gremio soñaban con poder retirarse de ese mundo que él había escogido por vocación.

Tras tener una amena e intranscendente conversación con la dueña de la tienda de víveres próxima, sacó las llaves de su local, observando con orgullo el cuidado escaparate.

Cierto. No era el mejor taller de Venecia, ni el más conocido o frecuentado por los visitantes, pero sus máscaras tenían un encanto especial. Se dedicaba por completo a cada una, creándolas de la nada con las mejores materias primas, haciendo de ellas una pequeña obra de arte.

La primera temporada fuerte, el carnaval, había transcurrido sin demasiados sobresaltos, preparando una remesa nueva de modelos para afrontar el verano, época en la que se concentraba un mayor número de turistas. Además de los clásicos antifaces de caprichosos colores y ornamentos, aceptaba diseños personalizados a través de la tienda online que gestionaba por internet.

Contestó los correos electrónicos que tenía en la bandeja de entrada y activó el viejo tocadiscos, eligiendo su obra preferida de Puccini. Silbó la melodía a la par que cogía pinceles para trazar los últimos detalles sobre la superficie de papel maché.

Se ensimismó en su trabajo, tanto que la ópera avanzó y la campanita de la puerta sonó al entrar clientes. Elevó la vista para recibir a los dos hombres que, con gesto serio, se acercaron hasta él.

- ¿El señor Gregorutti? – preguntaron.
- Sí. El mismo – respondió, dejando los utensilios en lugar adecuado.
- Queríamos hacerle unas preguntas, si es posible – dijo uno de ellos, mostrando su placa de carabinieri.

Luca se sorprendió por tener a dos agentes en su territorio, pero accedió sin poder objeción.

- Por supuesto. Díganme, ¿en qué puedo ayudarles?
- ¿Ha vendido recientemente a alguien que resultase, por alguna razón, peculiar?

Sonrió.

- Me temo que cada cliente es un mundo… todos me parecen peculiares, no sabría responderle fiablemente. Tal vez si concretaran un poco… - se excusó.

El otro policía carraspeó, procediendo.

- Verá, estamos investigando un asesinato. La víctima apareció en su cama con evidentes signos de hacer sido disparado a sangre fría. Estaba desnudo, todo parece indicar que acababa de mantener un encuentro erótico. Junto a su cuerpo se halló una máscara de Pierrot.
- Es el modelo más popular en ventas… ¿por qué acuden precisamente a mí, cuando cualquier artesano las tiene disponibles? – replicó, esperando una contestación por mero ego.
- Encontramos un distintivo.

Luca asintió. Siempre camuflaba su firma entre los diseños acrílicos, y pese a que sonaba rocambolesco que su vieja costumbre hubiese resultado útil a un detective, se sentía feliz por haber hecho algo auténtico.

- No recuerdo haber vendido ningún modelo en los últimos meses… bueno, no aquí, pero sí por internet. Si lo desean puedo sacar un listado pormenorizado.
- Sería de gran ayuda – afirmaron ellos.

Entró en la base de datos del ordenador y les imprimió una copia, subrayando con rotulador fluorescente las referencias. En efecto, había despachado cerca de un centenar por medio mundo durante el ejercicio anterior.
- Me temo que no les puedo ser de más ayuda. Tomen mi tarjeta, pueden llamarme si necesitan cualquier cosa.

El agente la aceptó, y su compañero se dirigió hacia la puerta tras agradecer la colaboración.

- Que tenga buen día.
- Lo mismo les deseo – dijo él.

Suspiró, tratando de no pensar en ello. Se sentía mal, como si indirectamente hubiese colaborado en un crimen sin tener voto. A los pocos segundos se dijo que de nada serviría darle vueltas al asunto, puesto que su misión era crear máscaras y venderlas, no velar por el uso que los que las adquirían hiciesen de ellas.

Siguió trabajando hasta la hora del cierre por el mediodía, momentos en los que siempre acudía a almorzar al restaurante. Gustaba de las rutinas porque procuraban calidez en el trato humano, como ocupar la misma mesa en un rincón apartado, en donde su camarero de confianza le servía sin preguntar.

Pidió una ensalada y pasta fresca, ojeando el periódico que le habían traído junto a la botella. Repasó detenidamente la sección internacional y la de cultura, pasando de largo los pormenores de la caótica política italiana.

Al llegar al final del diario vio una categoría que hasta la fecha había evitado. No supo bien por qué, pero saboreó el primer bocado del plato entreteniéndose con los provocativos anuncios de contactos personales.

<< Satisfacción inmediata >>

<< Domíname, soy tu esclava >>


Y así, un sinfín de reclamos. Le costaba comprender que algunos encontraran estimulantes esas reseñas, o los abusos antiestéticos de maquillaje y vestuario a las que muchas profesionales recurrían, pero debía reconocer que no era la persona mejor indicada para opinar sobre ello.

Si alguien le hubiese visto releer atentamente uno de esos anuncios que por su condición destacaba sobre los otros, habría sabido la razón.

<< Joven discreto y serio se ofrece para compartir buenos ratos con hombres responsables >>

Ahogó una risa espontánea. ¿Joven discreto? ¿Qué tipo de joven discreto y serio se dedicaba a la prostitución? Cerró el periódico y lo dejó en una esquina de la mesa, pero cuando el camarero se disponía a retirarlo, un impulso le hizo impedírselo.

- Luego te lo dejaré en caja – dijo con amabilidad.

Se quedó mirando al vacío, terminando el contenido de la copa. Volvió a leer el anuncio, y luego constató que el aviso iba acompañado de un número de móvil. Casi inconscientemente, se encontró rememorando la última vez en la que había tenido compañía en su dormitorio. Había pasado mucho, mucho tiempo.

Pero no estaba tan desesperado como para recurrir a eso… ¿o sí?

Miró su reloj, debía volver al trabajo. Tuvo la tentación de apuntarlo en la agenda antes de pagar la cuenta. ¿Qué perdía si lo hacía? Podía borrarlo más tarde, cuando la estúpida idea le pareciese un chiste.

Así que lo hizo. Eligió un nombre que nadie pudiera asociar a un gigoló. Con las novedades que había acusado a lo largo de la jornada, sólo un sustantivo le venía a la mente. Tecleó los dígitos, bautizándolos con un registro que resultaba macabro e irrespetuoso a su entender.

<< Pierrot >>

Se despidió del equipo del restaurante, echando a andar por la calle que bordeaba el Gran Canal.

- Eres un imbécil – se reprochó, por haber usado la desgracia ajena de esa forma.

Sacó el aparato del bolsillo dispuesto a borrar el número, mas un cosquilleo le recorrió.

Nadie iba a enterarse. Al fin y al cabo, el sujeto del anuncio se dedicaba a eso, debía ser un especialista en el arte del anonimato. ¿Quién sospecharía, pues, que el célebre heredero de la fortuna familiar seguía sin comprometerse con alguna de sus numerosas pretendientas porque era gay?

Tragó saliva al accionar el botón de llamada. El corazón le latía con fuerza al escuchar los tonos. El primero, el segundo… estuvo a punto de colgar en el intervalo que separaba al tercero, pero entonces una voz grave y cálida resonó en su oído.

- ¿Llamas por el anuncio?

Se detuvo en medio de la vía, observando el hermoso paisaje de las góndolas y el reflejo del sol sobre el agua. Apretó ligeramente el puño libre, respondiendo.

- Sí. Me gustaría… bueno, ya sabes, conocerte.
- ¿Es la primera vez que haces esto?

Luca se quedó algo pasmado.

- ¿Se nota?

La voz al otro lado de la línea se transformó en una risa sincera y seductora.

- Digamos que mi intuición es buena. Dime dónde y a qué hora te viene bien.

Pensó en un lugar concurrido, donde un encuentro entre dos jóvenes resultase de lo más habitual, y pudiesen pasar como dos antiguos compañeros de facultad o similares.

- En el café de la Plaza de San Marcos, junto a la catedral. Sobre las 8.
- Allí estaré. Llevaré una bufanda roja.

Tras ello el profesional cortó la comunicación. Por primera vez desde que estrenara la tienda, decidió marcharse directamente a casa sin cambiar el cartel de cerrado, dedicando las horas restantes a prepararse.

Nervioso por una situación que en verdad se había buscado él solo, revivió la misma sensación que le embriagaba cada vez que preparaba una de esas citas clandestinas del pasado, las cuáles había llegado a extrañar con el transcurso de los años.
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Notapor Shaka » 21 Jun 2006, 19:24

Pidió un capuccino mientras consultaba el reloj por cuarta vez. Faltaban dos minutos para las ocho y el clima era agradable; hacía frío, pero se podía charlar en las terrazas.

Había elegido un jersey de punto irlandés color teja, de cuello cisne, con el que su cabello oscuro quedaba resaltado. Lo completó con un pantalón de pinza y unas botas de piel.

Miraba inquieto de un lado para otro, buscando la consabida prenda. Se llevó la taza a los labios y, justo cuando estaba bebiendo, distinguió a un joven que se acercaba por el lado de la torreta.


Llevaba gafas de sol pese a ser de noche, y vestía un conjunto de tela vaquera sin tratar. Llevaba el pelo, de un castaño claro, largo y degradado, así como una bufanda roja protegiendo su cuello. También portaba una bandolera de gran tamaño a modo de bolso masculino.

Era terriblemente atractivo, más de lo que había imaginado. La taza le tembló en la mano, logrando depositarla sobre el plato y saludar tímidamente.

- ¿Me esperabas? – le dijo, reconociendo la voz del teléfono.

Asintió, instándole a que se sentara en la silla de enfrente. El gigoló se quitó los vidrios ahumados, dejando al descubierto sus ojos pardos, según juzgó por la primera impresión. Se miraron en silencio unos segundos, los suficientes para que éste le indicara con un gesto que tenía una marca de nata sobre el labio superior.

Luca tomó rápidamente una servilleta, limpiándose. Ahora que tenía consciencia de que era real, no supo qué decir o hacer para que no se notara el apuro por el que estaba pasando.

El chico pidió otro capuccino y le habló, tratando de romper el hielo.

- Tranquilo, no haré nada que tú no quieras – le dijo, revolviendo el contenido de su taza -. ¿Me has llamado porque quieres probar con otro hombre? ¿Quieres ocultarlo de tu novia, esposa…? – quiso saber, hablando en tono agradable.
- No. Simplemente me encontraba solo.
- Entiendo – respondió, bebiendo un sorbo -. Me parecía muy frío hablar de esto por teléfono, pero tengo por costumbre pactar primero con mis clientes. Son 100 euros la hora, por tramos. Si pasas unos minutos de la contigua la abonas completa. No practico el sadomasoquismo. Acepto tríos y disfraces, pero no me travisto. Y tampoco lo hago sin condón. Si no te parece bien o no estás seguro me marcharé ahora, antes de que puedas arrepentirte.

Tanta sinceridad por su parte, compresiblemente necesaria, le sumió en la contradicción. ¿Realmente sería capaz de acostarse con él de manera mecánica, pagar por sexo puro y duro? Recapacitó la frase que le había dicho al inicio de la conversación, enfatizando sus palabras para darles otro sentido.

- Has dicho que cien la hora, pero… te da igual a lo que las dediquemos, ¿no?
- Tenía pensado atender a tres clientes más, pero no importa, podemos estar todo el tiempo que quieras – respondió, pues con tal que le pagase, le era indiferente las actividades a emprender.

Luca sonrió. Sí, le había llamado porque estaba completamente solo. No tenía con quién compartir un café, dar un paseo por los canales menos transitados, acudir a un bar de jazz en la zona turista, o simplemente hacer el amor.

Pero, en cambio, poseía cantidades ingentes de dinero. Así que decidió probar suerte y abonar la cantidad a cambio de un poco de compañía.

- ¿Ya has cenado?

El gigoló esbozó otra media sonrisa, marcándosele un hoyuelo en la barbilla.

- No.
- Conozco un local maravilloso. Te gustará.

Terminaron sus respectivas bebidas y echaron a andar. Luca se planteó las cosas mientras emprendían la ruta. Nunca le había visto, y posiblemente nunca más volvería a hacerlo. Había pensado en jugar al teatro, inventarse una nueva personalidad y fingir por una noche que era alguien diferente. Pero con tanta franqueza se había descubierto su contratado que le pareció un detalle deplorable por su parte.

- ¿Eres de por aquí? – quiso saber.

El chico seguía mirando al frente. Contempló su perfil perfecto, de mentón bien formado y arcos definidos. Parecía una escultura clásica, de las que tanto abundaban por el país.

- No exactamente… me gusta dejarme llevar por las corrientes y no permanecer más tiempo del necesario en un mismo sitio.

Asintió. Como tendría que haber supuesto, él si que debía tener razones de peso para no revelar su auténtica identidad.

- No tienes acento del norte, ni tampoco pareces de la capital. Los romanos tienen un deje inconfundible… más bien diría que eres del sur.

La media sonrisa pasó a abarcar la curva completa. Luca se dio cuenta del detalle, y prosiguió.

- ¿Sicilia?
- Nápoles – afirmó.
- Qué hermosa ciudad. Hace años que no la visito.

El gigoló no añadió nada. Por su actitud sincera pero reservada parecía haber dicho la verdad.

- Yo soy veneciano. Toda mi vida ha transcurrido en estas calles. Amo y odio Venecia, dicen que es lo que nos caracteriza… - comentó risueño -. Ya hemos llegado. Adelante, por favor.

Su invitado entró en el pequeño local. Ya había estado por allí con otros clientes en anteriores ocasiones, por lo que creyó conveniente advertírselo, pues cualquiera que fuese lo suficientemente avispado sacaría conclusiones.

- No eres el primero que me trae aquí. Si lo prefieres podemos marcharnos.

Luca se negó en rotundo.

- ¿Y perdernos al mejor cheff de la ciudad? De eso ni hablar.

Cuando la camarera que atendía les llevó la carta se quedó mirando fijamente a la pareja, sabiendo a qué se dedicaba cada uno de ellos.

- ¿Qué vas a tomar?
- Elige por mí – pidió sin revisar el menú.

Pidió carpaccio para dos y un reserva de la Toscana. La mesa estaba adornada con un centro de velas; un músico tocaba el acordeón en el callejón próximo y el tradicional mantel a cuadros había sido planchado y almidonado con esmero.

- ¿Qué haces? ¿Cuál es tu trabajo?
- Soy artesano. Tengo un taller de máscaras.
- ¿Haces máscaras? – preguntó, sorprendido -. Vaya, nunca había conocido a alguien así. Debe ser muy interesante.
- Adoro mi profesión – recalcó él -. Me permite indagar en los clásicos y reinventarlos. Cada máscara debería estar hecha a la medida, respetando los gustos. Es un arte que peligra, muchos han olvidado cuál es su encanto y quieren convertirlo en un proceso en cadena. El turismo, ya sabes.

Empezaron a degustar el plato. El millonario, centrado en la agradable conversación, planteó otra pregunta inocente tras haber olvidado por completo las connotaciones de la cena.

- ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

El chico rió suavemente, jugueteando con el tenedor y la carne cruda. Luca se sonrojó por su torpeza.

- Lo siento. Había olvidado que…
- No pasa nada – respondió él, restándole importancia -. Además, esto es algo pasajero. Para ir tirando hasta que lo demás cuaje.
- ¿Lo demás?
- Sí… hago fotografía.
- ¿Artística?
- Más bien documental. Salgo, observo a la gente… retrato la vida que pasa ante mis ojos.

Qué bohemia afirmación, se dijo.

- Me gustaría ver alguna de tus instantáneas.
- Cuando sea famoso y pueda retirarme, lo harás – comentó disternidamente.

La conversación se mantuvo por senderos generales que cualquier ciudadano nacional podría mencionar. La comida había sido deliciosa, pero la transacción comercial no quedaría completa si no llegaban a cierto punto. Aunque agradecía tener un cliente encantador que no le hubiese tratado como un muñeco desde el principio, quiso saber si sus servicios iban a concluir ahí o se prolongarían.

- ¿No te apetece que vayamos a un lugar más… íntimo?

Luca guardó su tarjeta de crédito tras rubricar la factura.

- Sí. Mi casa no queda lejos.

Se refería a una de las tantas viviendas que poseía por la ciudad. Aunque residía de forma habitual en la isla, de vez en cuando pasaba alguna temporada en el casco histórico.

Su nerviosismo iba incrementándose a medida que se aproximaban al edificio. Tras cruzar varios puentes y dar algunos rodeos entraron por la puerta principal.

El gigoló admiraba el gusto ecléctico de la decoración y lo colorido de la misma. Las paredes habían sido pintadas a esponja en tonalidades coralinas, y por doquier había recuerdos étnicos, seguramente comprados en mercadillos de países exóticos.

- ¿Lo has hecho tú? – preguntó.
- Sí. Viajo bastante, es mi museo particular.

Dejó las llaves y el abrigo sobre un perchero. Entonces notó que le cogía de la mano, tirando suavemente de él hacia el dormitorio. Dedujo que ese tipo de casas antiguas le eran familiares, puesto que todas compartían el mismo trazado en planta.

En efecto, dio con la habitación sin mayor dificultad. Le besó en los labios, rozándolos con un deje de ternura.

- ¿Estás seguro?

Asintió. Aunque fuese toda una novedad en su vida sexual, necesitaba recordar el calor de otro cuerpo junto al suyo. Se sentó en su cama, observando cómo el joven permanecía de pie junto al lecho, desnudándose poco a poco.

Al quitarse la camiseta ajustada de lycra exhibió los pectorales y el vientre. Era delgado, sus músculos estaban tonificados, como si hubiese practicado algún tipo de deporte en la adolescencia. Éste bajó la intensidad de la luz eléctrica, conformando una penumbra acogedora.

Cuando se recostó a su lado constató que sus ojos eran, efectivamente, pardos, pero que el área que rodeaba las pupilas estaba moteada de verde esmeralda. Le habló con calma, recogiéndose el cabello ondulado para que cayera por uno de sus hombros.

- Relájate… - susurró, levantándole el jersey.

Su lengua le recorrió el cuello y el pecho, mientras que los dedos desabrocharon la cremallera del pantalón, deslizando hasta los tobillos todo lo que encontraron a su paso. Empezó a masajear los muslos y alrededores erógenos mientras tanteaba en su bandolera, sacando un preservativo que enfundó con habilidad.

Luca ronroneó de placer al sentir el tacto húmedo de su boca, la cuál le tragaba en oscilante vaivén. Le miró mientras ejecutaba la felación, apartándole los mechones de pelo que se escabullían por la frente. El gigoló se detuvo cuando le fue pedido, tratando de retrasar lo máximo posible. Cambió el profiláctico por otro, untando el miembro protegido con un lubricante.

- ¿Cómo quieres que lo hagamos? – le preguntó de nuevo, poniéndose de rodillas por inercia para ser penetrado desde atrás, postura que el noventa por ciento de los usuarios demandaba.

Le observó. Si había existido un instante a lo largo de toda la velada en la que no le hubiese tratado como un cuerpo con precio, fue ese.

- Prefiero poder mirarte a los ojos.

El chico se dio la vuelta, algo azorado por la revelación. Separó las piernas mientras su cliente se acomodaba entre ellas, alojándose en su interior sin prisas, instándole a que rodeara su espalda con los brazos.

Durante los minutos que duró la sucesión de embestidas no despegó la mirada de la suya. Llevaba cuatro años ejerciendo, y nunca había tenido la oportunidad de observar los pequeños cambios que se producían en el rostro de un hombre cuando yacía con él. Normalmente la transacción se limitaba a soportar los embistes, ignorar los desagradables gemidos y recibir eyaculaciones en diversas regiones, para luego cobrar y desaparecer como si nada hubiera pasado.

Pero aquello era distinto. Podía sentir el toque humano que había dado por perdido hacía mucho, tanto que el mero hecho de rememorar producía angustia.

Percibió en la respiración y el rictus de su cara el orgasmo. Luca se dejó caer sobre su torso, apoyando la frente en su cuello. Cuando logró recuperar la lucidez, reparó en que el chico no había tenido erección alguna. Se retiró de él con la intención de preguntarle si quería que le estimulase, pero éste interrumpió sus planes con educación.

- ¿Dónde está el cuarto de baño?
- Es justo al lado, a la derecha.

Él sonrió, recogiendo su ropa y los preservativos usados. Se quedó solo en la cama, relajado y apacible. No pudo evitar disimular la decepción cuando el joven apareció a los pocos minutos de nuevo vestido, aguardando en el marco de la puerta.

Esperó en silencio a que soltara lo que parecía querer decirle, y de nuevo se culpó por ser tan ingenuo.

- ¡Perdona! Es que no estoy acostumbrado – dijo, apresurándose por buscar en la cartera trescientos euros en efectivo.

Rió con ganas, sabiendo que el hombre no actuaba de mala fe. Se guardó el dinero en un bolsillo interior del vaquero, colocándose las gafas de sol para salir a la intemperie.

- Llámame cuando te apetezca. Me quedaré un tiempo más por aquí.

Luca le acompañó hasta la salida. Antes de perderle de vista le hizo la última pregunta de la noche, una que deseaba formular, aunque supiera de antemano que no sería respondida.

- ¿Cómo te llamas?

El chico se giró. Había improvisado cientos de apelativos, uno distinto para cada ocasión. Sin embargo, le apeteció corresponder con gesto espontáneo al especial trato que le había dispensado.

Aunque su cliente no lo supiera, era el primero de sus conquistas nocturnas al que no mentía.

- Sandro.

Luca cerró la puerta. Volvía a estar solo con sus baratijas africanas, sumergiéndose en unas sábanas que todavía conservaban parte del calor del acto.

Lo último que hizo antes de cubrirse con el edredón y conciliar el sueño fue coger su móvil, y sustituir cierto apodo aleatorio por un nombre que no olvidaría en mucho tiempo.
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Notapor Shaka » 02 Jul 2006, 09:45

- Capítulo 2-



Era casi la una de la mañana cuando Sandro dio con las llaves del piso. Le había llevado más de hora y media completar la ruta: anduvo desde la casa del cliente hasta los embarcaderos cercanos a San Marcos, consiguiendo que un transportista de mercancías le llevara en su lancha hasta el tronchetto, punto de partida y recepción de la gran mayoría de trayectos entre la Venecia histórica y la realista.

Una vez en tierra continental corrió inútilmente, viendo cómo a lo lejos el último autobús directo partía sin clemencia. Tras una eterna espera de cuarenta minutos el nocturno le dejó a las afueras de la ciudad, donde residía casi toda la población de menores recursos económicos.

Se escuchaban risas provenientes del salón cuando cerró, acercándose para dar señales de vida.

- ¿Ya has llegado? ¡Qué pronto! – exclamó una voz chillona, demasiado estridente para ser del todo varonil, y demasiado gruesa para ser del todo femenina.

La dueña de la misma dejó la revista sobre el sofá, bajando el volumen de la emisión veinticuatro horas de la teletienda.

- Con el primero me ha bastado para cubrir el mínimo – respondió, besándola en la mejilla -. Habría llegado antes de no tener que haber ido a las islas.

Gabriela, el despampanante travesti con el que convivía, aceptó la muestra de cariño con una sonrisa. Ya que no le tocaba actuar en el club, había aprovechado para tomarse un día de relax. Sus finas cejas recientemente depiladas y su cabeza rapada, lista para lucir las pelucas más estrafalarias, le conferían un glamour decadente y auténtico.

Se cruzó el albornoz sobre el pecho, suspirando cuando el chico se dejó caer pesadamente a su lado.

- Ay, Sandro… tú lo que tienes que hacer es buscarte un hombre de verdad. Uno con pasta, que te retire de esto.
- Y que te folle bien, no como los viejos impotentes con los que te citas – añadió una tercera voz desde la minúscula cocina.

Gabriela giró la cabeza, torciendo la boca y gesticulando con su particular manera de hablar.

- Serás ordinaria… ¿quién te ha dado permiso para opinar? Qué sabrás tú de hombres – lanzó su lengua sibilina.
- Pues mucho más de lo que crees. Por eso los repudio – contestó Katja, lesbiana convencida, tras apoyarse en el reposacabezas del sillón entre ambos.

Sandro alzó el rostro para darle un pico en los labios. Katja era como su hada madrina. La había conocido a través de un chat años antes, cuando él todavía seguía en Roma y ella aún no había tomado la decisión de escaparse de la casa de sus padres, en Erfurt. Juntos habían errado por gran parte de Italia buscando la satisfacción de sus anhelos, sobreviviendo a todas las dificultades imaginables.

Que hubiesen conocido a Gabriela en una de sus tantas salidas nocturnas cuando todavía vivían en un hostal había sido cosa del azar, convirtiéndose en los compañeros de apartamento más dispares de todo el Mediterráneo.

- ¿Y bien? ¿Algo interesante que contar? – quiso saber.
- Me han llevado de nuevo al mismo restaurante. Debe ser la moda – se mofó él.
- Cuando sólo hablas de comida es que ha sido nefasto – apuntó el travesti, el cuál se sabía al dedillo cada una de sus correrías.

Él le miró, divertido.

- No te lo voy a decir.
- ¡Eres cruel! – afirmó, frunciéndose de nuevo su piel extra hidratada por los efectos de una mascarilla.
- Anda, vete a dormir. Mañana te ayudaré a revelar – propuso la alemana.

No puso objeción a la orden. Estaba cansado y debía madrugar. Se descolgó la bandolera, sosteniéndola con el puño. Cuando iba a meterse en el baño para darse una ducha rápida, Katja le dijo la frase habitual con un velo de tristeza.

- Te la dejé donde siempre.

Sandro asintió, guiñándoles un ojo. Encontró la carta sobre su cama, encima de la almohada. Tomó una muda de ropa y se metió bajo el grifo, teniendo cuidado para no mojarse el pelo. Tras ello les deseó buenas noches.

Sus compañeros y confidentes reflejaron con el nuevo silencio y la atención a los inservibles artilugios de la tele la preocupación que les invadía. En lo que respectaba a él, se encerró en su cuarto, encendiendo la lamparilla de noche y poniéndose los auriculares en los oídos.

Conectó su iPod, regalo que Katja le había hecho tras llenarlo de música que había descargado de la red. Buscó entre las carpetas su disco favorito, y el Debut de Björk le acompañó en los momentos más difíciles que todo profesional del sexo debía afrontar.

La islandesa se desgallitaba armoniosamente cuando abrió la correspondencia confidencial, por la que le remitían periódicamente los resultados de la prueba del VIH.

Leyó los niveles, respirando parcialmente aliviado. Eran negativos. Tenía una buena lista de argumentos por los que dejar de venderse, pero sin duda, la razón estrella era el miedo permanente a contraer el temido virus.

Por mucho que advirtiera a la clientela sobre sus métodos obligatorios y el cuidado extremo, rara era la semana en la que no tenía que enfrentarse a un inconsciente que prefería jugar a la ruleta rusa. Normalmente conseguía convencerles, o se marchaba tras aguantar un variado recital de insultos, pero también había sufrido algún que otro forzamiento, abusos que las conservadoras instituciones policiales ignoraban aún habiendo denuncias de por medio.

Sabía, pues, que estaba limpio tres meses atrás, pero había seguido ejerciendo hasta la fecha. Al cabo de varias semanas recibiría otra carta, y luego otra, y otra. ¿Realmente llegaría el día en que podría abrir la última, y saber que todo había acabado?

Las sombras del pasado le seguían, proyectándose al frente para formar un túnel sin salida en el que no lograba ver la luz.

Se recostó sobre el colchón, sacando el dinero obtenido y una agenda en la que llevaba un control diario de clientes, las prácticas de mayor riesgo en caso de haber procedido, y algún dato particular que creyese merecedor de ser rememorado.

Había acumulado mil trescientos euros en total. Con un poco de suerte, y tras enviar por correo una parte a Nápoles, no tendría que volver a atender el teléfono al menos hasta la semana siguiente.

Tomó uno de los tantos bolígrafos que había en el cajón, y escribió estrenando hoja nueva.


<< 10 de mayo de 2006: 5 llamadas, 3 citas concertadas, dos anuladas, una efectiva >>


Solía señalar cómo había sido la clientela, apuntando la edad aproximada que les echaba, los motivos por los que habían recurrido a él, así como las peticiones más extrañas, pues Gabriela y Katja le robaban de vez en cuando el cuaderno y pasaban horas enteras de diversión a base de ginebra y las fantasías de los anónimos.

Entonces pensó en él. ¿Cuántos años tendría? Se había fijado en las líneas que se dibujaban en su piel cuando sonreía, o al elevar las cejas haciendo que sus ojos turquesa se expandiesen. Le echó unos veintinueve, quizá treinta y uno.

En cuanto a las peticiones y particularidades, las enumeró. Estaba solo. Prefería dedicar las horas a algo más que una sucesión de polvos vacíos. Y lo que le había pedido era tan simple que hasta dolía.

Capturó ese sentimiento entre el cúmulo que se agitaba en su interior. Sentía dolor porque era la primera vez que no se limitaba a representar su papel, como un actor de teatro especialista en adaptarse a las circunstancias.

Le había revelado la información más preciada que tenía, su nombre de pila, el cuál guardaba con recelo. Y sin embargo, no le había preguntado el suyo. Era lo mejor, se dijo, pues así el peligro de saltarse las dos normas que desde el principio se había impuesto se reducía, aunque la probabilidad de que ello ocurriera era ínfima.


<< Nunca permitas que un cliente se enamore de ti >>

<< Y jamás, bajo ninguna circunstancia, te enamores tú de él >>



Apagó la luz. La séptima canción le trajo sosiego, resonando en sus oídos cuan nana moderna, cuya letra recitó moviendo los labios.

Por mucho que lo pensara, a su mente acudía únicamente una palabra con la que inmortalizar al artesano, el creador de máscaras. Posiblemente el único de los hombres al que había conocido por obligación con el que no le importaría volver a coincidir. La escribió, ayudándose del brillo que emitía la pantalla del reproductor musical.


<< Pierrot >>


Tras ello se dejó mecer por los acordes y la voz acaramelada. El mundo del inconsciente, donde una canción insuflaba ánimos y las malas experiencias se olvidaban, era más apetecible que el verídico. Se adentró en sus parajes hasta el amanecer, momentos en los que se pondría su mejor antifaz para camuflar de sí mismo toda la inseguridad que arrastraba.


Un día ocurrirá.
Un día todo se hará realidad.
Un día, cuando estés preparado.
Un día, cuando puedas afrontarlo.
La atmósfera se volverá ligera,
y dos soles se dispondrán
a brillar para ti.
Puedo sentirlo…
un día pasará.
Un día todo cobrará sentido.
Puedo sentirlo…
y los fuegos artificiales más hermosos
que hayas visto arderán en el cielo,
solo para ti.


Björk, “One day”
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Shaka
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Notapor Shaka » 03 Jul 2006, 07:44

Katja anduvo descalza por el salón del apartamento. Normalmente era la primera en despertarse, por lo que gustaba de esos minutos de soledad para organizar el día. Sin que sirviera de precedente aquella mañana le habían ganado. La puerta del baño estaba cerrada y del pomo pendía una vieja gorra, señal inequívoca del proceso artístico.

Entró tras tocar con los nudillos, apresurándose por hacerlo lo antes posible. Un cable colgaba del techo, y del mismo una bombilla roja recién puesta. Cada vez que Sandro convertía el modesto espacio en un laboratorio, la bañera alojaba los tanques de líquidos y la superficie del lavamanos quedaba inutilizada por la máquina de exposición.

Ella bostezó, pellizcándole el trasero.

- Te dije que te ayudaría. ¿Por qué no me has despertado?
- Me daba pena. Pero ya que estás aquí expón la tercera, la quinta y la séptima.
- ¿Cuánto? – dijo ella, tomando del paquete tres láminas DIN-A3 de papel fotográfico.
- Seis segundos.

Katja asintió. Amplió la imagen con ayuda de un filtro y tras encuadrarla lo quitó, dejando que la luz se proyectara sobre el papel el periodo indicado.

- Ahí tienes – dijo, pasándosela con una pinza.

Sandro la cogió, introduciéndola en el primero de los tanques de plástico. El líquido revelador hizo que el negro surgiera como por arte de magia, o más bien por gracia de las sustancias químicas. Cuando el contraste le pareció el adecuado la metió en el siguiente recipiente de agua, y finalmente en el líquido fijador. La dejó secar hasta haber hecho lo mismo con las restantes.

Taparon herméticamente el material fotosensible y salieron del improvisado cuarto oscuro para admirar el resultado. La chica se las arrancó de las manos, analizando las fotografías una por una.

- Son maravillosas… - exclamó con voz trémula, impresionada por el nivel de composición.

Se pasó un buen rato sin despegar la mirada de la que más le gustó. Sandro la había tomado con un teleobjetivo, en alguna de las escalinatas próxima al casco antiguo. En ella se veía a un indigente de avanzada edad, dormitando y con evidencia de estar pasando hambre. En primer plano y ligeramente desenfocadas se percibía un nutrido grupo de palomas devorando todo lo que la gente les lanzaba, indiferentes al drama social que él había observado, capturándolo tras combinar números F y campo de profundidad. El que la foto fuese en blanco y negro conseguía intensificar su dramatismo.

- ¿Volverás a intentarlo? – le preguntó.

Él las visionó una última vez, metiéndolas en una carpetilla de cartón.

- Me han comentado que han abierto una nueva oficina en los canales. Por presentarlas allí también no ocurrirá nada. ¿Quieres venirte?
- ¡Claro! De paso aprovecho y me compro unos zapatos.
- Yo también debería pillarme algo para el verano. Decidido. Vístete, que invito yo.
- ¿Y con qué pagarás el alquiler este mes? – le reprendió.

Sandro le sacó la lengua.

- Queda una semana para la cuota y he recaudado bastante. Hablas como si no supiera estirar hasta el último céntimo.

Entraron en la habitación de Katja para que se cambiara. Mientras se ponía el sujetador, la chica se le quedó mirando fijamente en silencio.

- A ti te pasa algo.
- ¿A mí? – replicó él.
- Tienes un brillo especial en los ojos.
- Será el colirio… la alergia me está matando.
- No me engañes – insistió ella, arrugándole la punta de la nariz con el dedo -. ¿Qué pasó anoche?

El gigoló le eligió las prendas del armario. Una falda de felpa color amarillo con ribetes naranjas, a la altura de las rodillas, y una camiseta de tiros fucsia.

- ¿Y bien?

Sandro acabó por sentarse en la cama y proceder a decir la verdad.

- Digamos que fue un cliente… diferente.
- ¿En que sentido?
- Creo que por un momento llegué a creerme que estábamos en una cita de verdad. Su forma de hablar, de actuar… parecía muy culto, algo patoso en la cama, eso sí, pero nada que no sea típico de los primerizos.
- ¿Y estaba bien? – quiso saber ella, aplicándose una capa de rimmel.
- Sí. Ojos verdes, bien proporcionado… hacía tiempo que no veía alguien tan natural.

Una vez preparada y mientras caminaban hacia la parada del bus, Katja se mofó de su última captura.

- ¿Culto, guapo y encima con pasta? Bah, alguna pega tendrá. Seguro que es hetero.
- No, no lo es. Te lo aseguro – expuso tajantemente -. Lo que las personas pueden ocultar sobre sí mismas a los demás, lo dicen sus casas. Y él tenía un gusto estético exquisito.
- Estás pillado.
- No lo estoy, pesada – se quejó, agarrándose de la barra del vehículo cuando éste se puso en marcha -. Me niego a ir a lo Julia Roberts.

Las carcajadas de la germana fueron escuchadas por el resto de los pasajeros. Sandro lamentó haber dicho eso último, pues hasta que no estuvieron atravesando de nuevo la Plaza de San Marcos, Katja no dejó de tararear a viva voz el tema principal de la película “Pretty woman”.

Buscaron la dirección exacta de la oficina de prensa, la cuál gestionaba las publicaciones de varias revistas de prestigio. El protocolo de rigor precedió a las respuestas que siempre obtenía. “Ya le llamaremos”. “Estamos muy interesados en su trabajo, pero requiere de una supervisión previa”. Y demás excusas.

Sin permitir que las nuevas negativas le bajaran los ánimos, el autor de las fotografías metió la carpeta dentro de su banderola. Ya que sabía que en aquel lugar tampoco las iban a coger, prefería llevarse las copias maestras y conservarlas por sí mismo.

Aprovecharon el resto de la mañana para deambular por las callejuelas entre canales, visitando las numerosas tiendas que los diseñadores textiles más vanguardistas habían abierto en la última temporada. Ella se decantó por unas bambalinas de pedrería, y él por varias camisas de inspiración oriental. Ya que habían gastado una cantidad razonable, propuso posponer el regreso al hogar un rato más.

- ¿Nos quedamos a comer? ¿O llamamos a Gabriela para que saque algo de la nevera?
- Mejor aquí. Necesitaba despejarme un poco – comentó ella -. Esta noche tengo turno a las 7, tenemos tiempo de sobra.

Iban a torcer por una esquina cuando Sandro le agarró toscamente del brazo, impidiéndole seguir.

- ¡Ay! ¡Me haces daño!
- Es él – susurró absorto.
- ¿Quién?

Katja siguió la dirección que le estaba indicando con la cabeza. A varios metros, un hombre cerraba la puerta de un comercio. Por el escaparate dedujo que se dedicaba a vender máscaras autóctonas. Aunque su interés por la fisonomía masculina era nulo, le analizó de arriba abajo cuando el artesano se hubo alejado.

- ¿Así que ese es el misterioso Richard Gere? – volvió a mofarse.

Sandro no le hizo caso. Esperó unos segundos más hasta que le hubo perdido de vista y se acercó a la tienda. La mezcla de dorados y púrpuras de los antifaces era pomposa y refinada, estando dispuestos sobre pequeños montículos de arenisca roja. Sin pensárselo dos veces sacó la carpeta del bolso.

- ¿Qué haces?
- Ayer me dijo que le gustaría ver alguno de mis trabajos.
- ¿Y cómo va a saber que es tuyo? Mejor dicho, ¿por qué crees que seguirá recordándolo?

Él rebuscó hasta dar con un bolígrafo, y escribió en el reverso de cada fotografía su nombre, deseando que su cliente pudiera captar el mensaje.

- No pierdo nada por intentarlo.

Las introdujo una a una por la rendija de la puerta y se marcharon, no sin que los comerciantes de los alrededores les miraran con cara extraña.

El mediodía transcurrió apacible, regresando a la rutina de la tarde todos aquéllos que debían ocupar sus puestos de trabajo. Cuando las llaves de Luca tintinaron y encontró una resistencia no habitual al tratar de abrir, miró al suelo esperando encontrar alguna factura. Su sorpresa fue mayúscula al toparse con el obsequio.

Las recogió con cuidado, paladeándolas en silencio. Al buscar en el reverso encontró una sencilla firma que hizo que su corazón se encogiese.

- Sandro… - murmuró para sus adentros.

Tenía talento. Estaba licenciado en Historia del Arte, así que podía afirmar que dichas fotografías no eran del montón. Se preguntó cómo habría dado con la dirección de su negocio, o cuándo las habría dejado allí. Las colgó en la pared contigua a la caja registradora de forma provisional, hasta que pudiera confeccionarles un marco a medida, y justo cuando se le ocurrió salir a preguntarle a la señora del comercio próximo si había visto a un joven merodear por ahí, el teléfono sonó.

- ¿Dígame? – dijo con su pintoresco deje.
- Hola, cielo.

Reconoció la voz apacible de la mujer más importante de su vida.

- Hola, bella donna – respondió, empleando el mote con el que siempre llamaba a su madre -. ¿Cómo estás? Pensaba llamar este fin de semana.

La mujer suspiró. Era tan marcado su carácter que sobre la marcha supo que algo no iba bien.

- Luca, ha ocurrido algo terrible. Una tragedia. Estamos en casa, los asistentes han empezado a llegar.
- ¿Asistentes?

Ella luchó por mantener la compostura.

- Nos ofrecimos para organizar el velatorio en cuanto lo supimos. Es lo mínimo que podemos hacer por Carlotta.

El artesano se quedó helado cuando recibió el resto de la noticia. Le dijo a su madre que partiría hacia allí de inmediato, y se alejó del local todo lo rápido que el impacto le permitió.

Hasta que no lo viera no terminaría de convencerse de que era real. Navegó en lancha hasta sus dominios, enfundándose en ropajes más sobrios para accionar nuevamente el motor del navío, y recalar en una de las islas más inaccesibles en las afueras de Venecia.
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Notapor Shaka » 04 Jul 2006, 23:25

Había empezado a anochecer cuando llegó. El embarcadero de la isla privada del matrimonio Gregorutti se llenó de yates y taxis marítimos, dando paso el ambiente colorista que la caracterizaba al riguroso negro de luto.

Decenas de personas provenientes de toda Italia mostraban sus respetos a familiares y allegados, curtiendo las complicadas trabas sociales propias del patriarquismo. La esposa del difunto lloraba ante el féretro cerrado, y el clima de estupefacción reinaba por todos lados.

Nada más arribar a la casa donde se había criado, Luca acudió ante sus padres. Éstos le recibieron con sendos besos, procediendo él a reclamar más información. Se había recogido el cabello y vestía su mejor traje, pero ni tan soberbia apariencia iba a conseguir endulzar el mal trago.

Su padre se disculpó, acudiendo a saludar a unos antiguos conocidos. Aprovechó para asir la mano de la donna y preguntarle.

- ¿Dónde está?
- Instalamos la capilla ardiente en el salón. Carlotta e Isabel están a su lado– dijo, en alusión a la viuda y su hija.

Asintió. Se le formó un nudo en la garganta que logró combatir.

- Quiero despedirme de él.
- No, cariño… - le pidió ella -. No va a ser posible, ya se ha cerrado el ataúd.
- ¿Por qué? – preguntó, desesperado.

La mujer se colocó unas enormes gafas de sol para disimular las ojeras.

- Fue asesinado. El desaprensivo que le mató le disparó, su cara quedó desfigurada. Creímos que era mejor así.

Luca suspiró. Al echar una panorámica visual a la instancia donde estaba, reparó en un pequeño detalle: todos le estaban mirando. En cuanto sus ojos se cruzaban, los bajaban y disimulaban no haber hecho nada, algunos con mayor éxito que otros.

Su congoja se incrementó. No supo cómo interpretar esos gestos duros, casi de desprecio, dirigidos a su persona. El único motivo por el que los demás podían dedicarle unos segundos de atención en forma de pésame era un secreto.

- Mamá… - dijo con voz cansina -. ¿Por qué me mira la gente?

Ella metió la punta del pañuelo por debajo de los cristales.

- La policía está investigando el caso… al parecer encontraron una máscara junto a su cuerpo. Y dicen que esa máscara la hiciste tú. Pero tranquilo, yo sé que eres inocente, no serías capaz de semejante barbaridad.

Luca sintió que las paredes giraban a su alrededor. ¿Se trataba del mismo caso que le habían relatado el día anterior? ¿La misma víctima? ¿La misma casualidad?

- Voy a tomar el aire. Volveré enseguida – murmuró.

Caminó con dificultad hacia la terraza trasera, y de ahí se adentró en los jardines que llevaban a la costa. La luna se reflejaba en la superficie de las marismas, y el corazón le dolía tanto que creyó estar a punto de perder el control.

Una presencia a sus espaldas le sobresaltó, haciéndole girar con brusquedad.

- ¿Señor Gregorutti?

Ante él estaba el agente que había acudido a su tienda en la víspera del velatorio. Supuso que su compañero estaría cerca, y que el hecho de que su supuesta implicación fuese conocida era motivo de peso para un arresto injusto.

Contrariamente a lo que creía, el carabinieri se mostró cortés.

- Lamento mucho interrumpirle en una situación como esta, pero necesito que me responda a un par de preguntas más.

Hizo un gesto, accediendo.

- Me gustaría saber de qué conocía al fallecido.

Luca tragó saliva y respondió, cruzando los brazos para combatir la humedad del ambiente.

- Su mujer y él eran íntimos amigos de mis padres. Casi hermanos, como de la familia.
- Ya veo…

El hombre apuntó en una agenda. A continuación le miró fijamente, tratando de ganarse su confianza dado lo delicado de la cuestión.

- Necesito que responda sinceramente, el falso testimonio es un delito. Sus declaraciones serán empleadas exclusivamente en la investigación, no pasando a ámbitos más allá de los privados. Por favor, dígame… ¿exactamente, cuál era su relación con Domenico Ribeltta?

Los iris verdes de Luca se vidriaron, y el policía supo que su fino olfato no le había fallado.

- Fuimos amantes – respondió quedamente -. Pero nadie nunca lo supo, ni siquiera a día de hoy.
- ¿Cuándo se produjeron esos encuentros?
- Durante mis estudios en la Universidad… la última vez que nos vimos fue hará 3, 4 años.

Dado el evidente estado emocional del interrogado, el policía dejó que su lado humano aflorara.

- Si lo desea, le dejaré unos minutos a solas.

Él se lo agradeció, y se dio la vuelta para dejar suspensa la mirada en el horizonte. Hacía mucho que no pensaba en el ragazzo, porque superar la ruptura le había supuesto un auténtico calvario. El dolor volvía a flagelarle, sin tener nadie con quien poder desahogar la carga.

En medio de la penumbra y con un ejército de allegados y desconocidos que sospechaban de su integridad, se echó a llorar en silencio. Era la única forma que tenía de despedirse del hombre que había sido su maestro, segundo padre y primer amor.
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Notapor Shaka » 06 Jul 2006, 17:11

Sandro charlaba con unos amigos en el bar donde Katja servía hasta bien entrada la noche. Solía acompañarla cuando no tenía nada mejor que hacer, y pasar un rato ameno hasta que se le acabara el turno.

Estaba siguiendo la interesante conversación sobre la derrota de Berlusconni en las urnas cuando sintió la vibración de su móvil. Lo sacó para desconectarlo dado que no quería atender ninguna llamada esa noche, pero al ver el número en recepción cambió radicalmente de idea.

- Ahora vuelvo – se disculpó.

Salió a la calle, apoyándose en una farola mientras apretaba el consabido botón.

- ¿Sí? – preguntó, francamente ilusionado.
- Hola, Sandro – respondió él.

Sonrió, observando la estela luminosa que los coches y las motos dejaban en el asfalto.

- ¿Has visto mi regalo?
- Me encantaron, muchas gracias… espero no interrumpirte, quería saber si tenías un par de horas libres.
- Por supuesto. ¿Dónde te apetece quedar?
- Ven a la casa de ayer. Te estaré esperando.

Se despidió, consultando la hora en un reloj luminoso cercano. Siempre salía preparado por si se presentaba un imprevisto, así que se adentró en el bar para disculparse ante los reunidos, así como avisar a Katja.

- Me ha llamado. No me esperes despierta.
- ¡Apúntame en la cocina a que hora quieres que te despierte! – añadió ella.

Comprobó que tenía arsenal suficiente como para no acudir antes a una farmacia y se puso a andar a paso rápido. La vivienda no estaba lejos de allí, unos diez minutos caminando. La caótica distribución urbana de Nápoles le había servido para aprender a desenvolverse por las ciudades sin problema, grabando en su cerebro las rutas emprendidas.

Cuando estuvo ante el portero automático constató que las luces del piso superior estaban encendidas. Su cliente le recibió en unas connotaciones ligeramente distintas a las precedentes. Se estaba aflojando una corbata oscura, tono que compartía el resto de sus ropas. Parecía alicaído y agotado.

- Gracias por venir tan rápido – dijo, invitándole a acomodarse en el sofá.
- En verdad, estaba esperando que me llamaras – respondió -. Tenía curiosidad por saber si te habían gustado las fotos.

Luca se sentó a su lado. Podía resultar patético que tuviera que recurrir de nuevo a un gigoló para remediar la tormentosa soledad que sobre él se cernía, pero la compañía del chico lograba apaciguar todas las penas.

- En cuanto pueda las enmarcaré. Tal vez si la gente las ve expuestas en la tienda estén interesados en adquirirlas.

Sandro percibió que algo no encajaba. Le puso una mano en el hombro, tratando de consolarle.

- ¿Qué te ha pasado? Pareces deprimido – susurró.
- Acabo de venir de un funeral.
- Vaya, lo lamento… siempre es duro perder a alguien querido.

Él le apartó la mirada, repitiendo sus palabras mentalmente. “Alguien querido”. ¿Era eso lo que significaba Domenico para él?

- Cuando mi padre murió tardé varias semanas en expresar lo que sentía. Debes soltarlo todo, te sentirás mucho mejor – prosiguió Sandro.

Luca se sintió fatal. Había amado al muerto, pero también había sufrido lo indecible. Cuando decidió cortar de raíz y no volver a verle estuvo un tiempo refugiado en sí mismo, pero la vida le enseñó a olvidarle. Y si no le hubiesen notificado la fatal noticia, probablemente no le habría recordado.

Sandro había comparado la pérdida de su padre a lo que él mismo estaba pasando. ¿Tanto era el desasosiego que aparentemente mostraba?

- No era un familiar, sino alguien del pasado. Fue muy importante para mí, pero ya le había sacado de mi vida.
- ¿Un antiguo novio? – quiso saber.

Suspiró. Ya se lo había contado a la policía y éstos le habían dejado marchar sin objeción. ¿Qué más daba que se lo relatara a él también?

- Ojalá hubiera llegado a eso, pero era imposible. Él tenía sus asuntos, y yo era un crío enamorado hasta las cejas que no entendía por qué no podía abandonar a su mujer, y tirar por la borda los cimientos de nuestras dos familias.
- ¿Le sigues queriendo?
- No… estuve saliendo con un profesor que conocí en la carrera tras eso. Tampoco duró demasiado, pero me di cuenta de que había todo un universo más allá de él.

Sandro le abrazó, deslizando los dedos por su nuca.

- No te culpes, es normal que sientas tristeza aunque lo hayas superado. El amor es como una espina, se queda ahí enterrado y pueden pasar siglos sin que lo percibas, pero el dolor es terrible cuando alguien hurga en una cicatriz.

Cerró los ojos y se empapó de aquel calor reconfortante creado por su cuerpo. Se sentía bien así, pero quería más. Saber que cualquier otro podía obtener lo mismo a cambio de unos billetes le exasperaba.

Quería ser egoístamente especial para Sandro, y viceversa. Esa era su particular interpretación del clásico flechazo.

- ¿Te apetece un trago? – le dijo, separándose con suavidad.
- Sí. Sorpréndeme.

Luca se levantó, terminando de quitarse la corbata. Puso un disco de funk a volumen que permitiese el diálogo y abrió uno de los tantos armarios que poblaban la instancia. Regresó al poco con dos elegantes vasos de talle ancho repletos de un líquido ligeramente ocre.

- ¿Qué es? – preguntó, captando el sutil olor.
- Licor de avellanas. Lo he hecho yo mismo.

Sandro saboreó un poco, afirmando que era divino.

- Máscaras, licor… ¿qué más cosas haces?
- Todo lo que puedo. Me gusta lo auténtico, si no encuentro lo que busco, lo fabrico. Algunos de estos muebles, por ejemplo. Suelo ir a ferias de antigüedades.
- ¿Los restauras?

Asintió, bebiéndose la mitad de la dosis. Dadas las circunstancias, creyó oportuno traer directamente el resto de la botella.

Brindaron cuando las copas se llenaron por segunda vez, notando cómo la graduación del aguardiente empezaba a hacer efecto.

- ¿Por qué me regalaste esas fotos? Podrías haberlas llevado a una agencia.

Sandro rió.

- Te aseguro que no hay agencia en todo el norte de Italia a la que no haya acudido. Pero nadie las quiere. Supongo que son demasiado arriesgadas.
- Hasta el arte está burocratizado – exclamó Luca indignado -. En otros países sí que las apreciarían.
- Me temo que con mi actual fuente de ingresos un viaje de negocios es imposible – replicó él.

Luca, ayudado por la bebida y su afabilidad, había conseguido evadirse de la tormenta que sobre su cabeza había caído horas antes. Sandro le fascinaba. Mientras hablaba le observaba a conciencia, reparando en detalles que no había asimilado. Debía ser mayor de lo que creyó en la primera impresión. Unos veintitrés años. La soltura con la que se desenvolvía era una cualidad que siempre había admirado y buscado en otro hombre.

- ¿Qué te piden?
- ¿Perdón? – repitió el gigoló, sin comprender la pregunta.
- Que qué te suelen pedir los clientes.

Volvió a reír. Creía que nadie más aparte de Gabriela tenía en sus aventuras económicas una morbosa fuente de interés.

- Hay de todo… podría dividirlos en dos grandes bloques: los heteros que quieren cumplir alguna fantasía esporádica, y los gays. De éstos últimos he escuchado de todo. Me llaman muchas parejas que quieren hacer tríos, o que esté primero con uno y luego con el otro, para después poder aprender a valorarse de nuevo. Se podría decir que soy el “destrozador de rutinas”.
- ¿Y no recuerdas alguno en particular?

Él pensó unos instantes.

- Hace poco atendí a un chico que quería que le desvirgase. Creo que nunca lo olvidaré, me esforcé por hacer que esa noche fuese especial para él. He conocido a muchos por las consonancias de mi profesión, pero es muy difícil conservar sus rostros, las historias que hay detrás. Llegas a acostumbrarte a dejarte hacer y desconectar una vez terminado. Por eso…

Luca esperó a que terminara, pero la frase quedó suspensa.

- ¿…sí…?

Sandro dio otro trago. Sus labios carnosos se curvaron sensualmente, indicando que lo que afirmaba iba en serio.

- Digo que por eso me sorprendiste tanto. Cuando estoy contigo olvido que me has llamado para volver a prostituirme.

El millonario dejó su vaso sobre la mesa de cristal. Sabía que era una locura, pero era incapaz de refrenar sus impulsos. Así que se lanzó a la piscina, como decía el refrán popular.

- Lo que voy a proponer no sonará demasiado coherente, pero deseo que lo sopeses… tengo una casa en Túnez, donde me reunía con mi ex amante cuando ambos podíamos. Llevaba tiempo pensando en venderla, pero me gustaría poder disfrutarla una última vez. Quería que te vinieses conmigo.

Los ojos de Sandro se abrieron, incrédulos.

- ¿A Túnez?
- Yo me haré cargo de los gastos. Saldríamos mañana a primera hora. ¿Qué me dices?

El chico dejó también su copa, llevándose la mano a la frente. Irse con un cliente a la costa africana, lejos de todo lo que conocía. Claro que no era coherente; precisamente por eso, aceptó.

- Y una comisión por todos los trabajos que perderé estando contigo.
- Claro, claro… - se apresuró a añadir él -. Iré a buscarte, dime dónde vives.

Le apuntó la dirección, indicándole más o menos la zona en la que su piso se ubicaba.

- Será mejor que me vaya, he de hacer el equipaje – le dijo, haciendo un cálculo aproximado de todo lo que metería a presión en la maleta.

Una vez en el exterior, escenificaron una réplica cuasi exacta de la otra despedida que habían compartido en igual escenario; sólo que en esta ocasión los papeles se invirtieron.

- No sé quién está más loco de los dos: tú por proponerme algo semejante, o yo por acceder a acompañar a alguien cuyo nombre desconozco.

Él tomó su rostro entre las manos, revelándoselo a pocos centímetros de la boca.

- Luca.

Cuando Sandro se marchó, supo que iba a pasar unos días especiales, en los que tendría experiencias nunca antes vividas. Le evocó durante el camino de regreso, soñando despierto con una paz que necesitaba atrapar.

Era consciente de los cambios que el viaje traería a su vida. Lo que ignoraba era la dimensión que los mismos iban a adoptar.
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Shaka
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Notapor Shaka » 08 Jul 2006, 09:20

- Capítulo 3 -



- ¿¡Qué te vas a dónde!? – exclamó Gabriela.

Acababa de llegar al apartamento procedente del trabajo, con restos de maquillaje en el rostro y los pies doloridos por las colosales plataformas que vestía en sus actuaciones, cuando se encontró con el panorama: ropa esparcida a lo largo del salón, desde el sofá a las sillas, incluso encima del televisor; corriendo de un lado para otro, Katja y Sandro coordinaban la preparación del equipaje.

- A Túnez – respondió este.

- ¿Cómo que a Túnez? – volvió a inquirir, apoyándose en la mesa.

Doblando a toda prisa un par de camisas, el joven gigoló le dio la información necesaria.

- Mi cliente me ha invitado a salir de la ciudad unos días.

Katja se sentó sobre la maleta una vez la hubieron llenado, haciendo más fácil el cerrar las consabidas cremalleras.

- Sólo falta que te engalane de joyas y te lleve a una cena de la alta sociedad.

- Y teñirme de pelirroja, ¿no? – le dijo Sandro, cansado de aguantar la misma broma sobre la famosa comedia romántica.

Gabriela fue a su dormitorio para ponerse algo más cómodo. Una vez de regreso le dio el objeto más preciado de cuantos poseía.

- ¿Cuando te marchas?

- Me dijo que me recogería a primera hora, así que supongo que debe estar al llegar.

- Toma, llévatelas. Debe hacer un calor infernal en el desierto.

Sandro miró las maravillosas gafas ahumadas de Armani que con tanto recelo su amigo guardaba. Las rechazó todo lo amablemente que pudo.

- No puedo aceptarlas.

Él insistió, depositándolas en la palma de su mano y cerrándole el puño con suavidad.

- Te darán suerte, hazme caso.

Se quedó mirando las patas llenas de incrustaciones de brillantes cuando Katja se asomó peligrosamente a la ventana del salón. El sonido de un claxon resonó por toda la calle, indicando que era momento de partir.

- Seguro que me olvido algo – afirmó, poniéndoselas y revisando su atuendo.

- Corre, no vayas a llegar tarde – afirmó la chica, empujándole tras tenderle la pesada maleta.

Sandro bajó los peldaños de dos en dos. Una vez estuvo en el zaguán se detuvo ante la puerta, cerrando los ojos y respirando profundamente. Se dijo que debía comportarse como un profesional, y tener claro que le habían contratado para hacer compañía, independientemente del grado de intimidad alcanzado.

Pese a todo, sentía un cosquilleo en el pecho que ya había olvidado. Se esforzó en mostrar la mejor de sus sonrisas cuando salió al exterior y la tímida luz de la mañana avivó el reflejo cobrizo de sus cabellos.

- Buenos días – dijo.

Luca esperaba a bordo de su descapotable biplaza. Nada más verle aparecer se bajó del asiento del copiloto, ayudándole a meter el equipaje en el reducido maletero. Varios metros en lo alto los dos inquilinos admiraban el Ferrari, de un negro tan brillante que parecía recién pintado.

- ¡Llama en cuanto te hayas instalado! – gritó Gabriela.

Sandro rió, agitando la mano mientras abandonaban el barrio y ponían rumbo al aeropuerto. Se fijó en los acabados del interior del coche, deleitándose con el sonido del viento en combinación con el ronroneo grave del motor.

- ¿Quiénes eran? –preguntó Luca, el cuál llevaba también sendas gafas de sol y conducía disfrutando de cada cambio de marcha.

- Katja y Paolo, mis compañeros de piso. Pero a él nunca le llames por su nombre real, o no te dirigirá la palabra en varios meses.

Tomaron la salida hacia la circunvalación, bordeando las zonas pantanosas de los litorales. Aunque no había puesto un pie en su vida en la terminal internacional, se extrañó al ver que pasaban de largo los letreros indicativos.

- El avión que nos espera no sale desde allí – comentó Luca tras percatarse de su gesto.

A los pocos minutos, y para asombro del napolitano, atravesaron el primero de los controles del aeródromo privado de Venecia. Luca mostró su acreditación, llegando al hangar que pertenecía a su familia desde los años cincuenta. Aparcó el vehículo y lo cubrieron con una lona, asegurándose de dejar las llaves a buen recaudo.

- Ven, te presentaré al encargado – le dijo, dejando su mirada turquesa a la intemperie tras quitarse el velo de cristal que la ocultaba.

Su acompañante empuñó el agarre de su maleta y le siguió. Por los trajes finos que le había visto llevar, el sitio al que le había invitado a cenar y la decoración de su apartamento, dedujo que Luca debía ser bastante pudiente económicamente. Pero comprobar que no sólo tenía un coche prohibitivo para la mayoría de los mortales, sino que contaba con un avión privado y piloto propio superó sus expectativas.

En la escalerilla de la nave aguardaba un hombre. Debía rondar la edad de jubilación, pero seguía conservando una figura envidiable.

- Michael Fields, mucho gusto.

- Encantado – respondió, estrechándole la mano una vez introducidos.

El heredero susurró unas palabras al oído del piloto, procediendo éste a realizar las últimas comprobaciones. Luca le invitó a pasar al interior del pequeño avión, dejar las maletas y recostarse en una de las amplias butacas.

- Ponte cómodo, el trayecto durará unas tres horas.

Hizo lo indicado, guardando las gafas de Gabriela en su banderola y cruzando las piernas tras abrocharse el cinturón de seguridad.

- ¿Todo esto es tuyo?

- Técnicamente no. Pero algún día mi nombre figurará en las escrituras.

El pareció entender. Los asientos estaban uno frente al otro, así que podían conversar tranquilamente sin perder confidencialidad.

- Vamos a salir a pista, señor Gregorutti.

- Gracias, Michael – respondió, girando el cuello hacia la cabina y cerrando la cortina que separaba ambas zonas del aparato.

El piloto inició el protocolo, poniéndose en contacto con la torre de control. Conocía a su superior desde que éste era un niño, y entre ambos existía una confianza que no albergaba con ningún otro miembro del clan de empresarios.

Todavía recordaba el último desplazamiento que había comandado desde territorio africano a Venecia. El Luca que ahora viajaba acompañado nada tenía que ver con aquél que empleó la totalidad del vuelo de regreso en sofocar sollozos, sin dejar de mirar por una de las ventanillas.

Sandro entrelazó sus manos, tratando de disimular el creciente nerviosismo cuando el aparato se dispuso a ganar velocidad.

- ¿Te da miedo volar?

- Pues no lo sé… es la primera vez que lo hago – respondió con voz conciliadora.

El ruido de los motores al despegar le hizo contener la respiración mientras observaba cómo Venecia se convertía en una inmensa mancha verde salpicada de grises marinos. Los diez minutos que tardó el avión en estabilizar su rumbo tras atravesar una barrera de nubes le resultaron eternos, pero una vez superada la fase fue como estar en una habitación escuchando un ronroneo mecánico continuo.

- Podrías habérmelo dicho – comentó Luca, preocupado -. Por barco se tarda mucho más, pero igual no te hubiera resultado traumático.

- Tranquilo, no pasa nada. Me gusta enfrentarme directamente a mis temores.

Se le quedó mirando, hipnotizado por la afirmación.

- Ojalá pudiera tener tu fortaleza.

- ¿Fortaleza yo? No, qué va. Más bien digamos que estoy acostumbrado a sobrevivir.

Luca se quitó el atado del cabello para volver a recogérselo con más firmeza.

- No tengo demasiada buena intuición con las personas, pero es así como te veo. Cuando puedes, sonríes. Eso es algo que admiro.

Por un segundo desvió la atención hacia el monótono paisaje aéreo, reviviendo los días en que arribó a las cálidas tierras tunecinas.

- Yo en lugar de enfrentarme siempre he optado por la reclusión. Prefiero evadirme hasta que las aguas vuelven a su cauce.

- ¿Por qué precisamente en Túnez? – quiso saber.

El gesto de Luca se iluminó. Era un apasionado del mundo árabe, un bohemio que se deleitaba con cada zoco, mezquita y contraste.

- Es un mundo completamente distinto al que conocemos. Sólo nos separa un techo de mar, pero nada tiene que ver con lo que estamos acostumbrados. Sus colores, sus gentes… me enamoré a primera vista del país.

Sandro asintió, deseando escuchar más de su historia para poder así llegar a conocerle.

- ¿Y cuándo fue eso?

- En mi “descanso”. Verás… en mi familia es tradición tomarse dos años sabáticos antes del inicio en la Universidad. Algo así como una prueba personal para afrontar la preparación. En lugar de frecuentar clubes en Mónaco y galas benéficas como hizo mi padre, me marché a Marruecos.

- ¿Tú solo?

Él hizo un movimiento asertivo con la cabeza.

- Sí. Estuve un año recorriendo Casablanca, Marrakech, Argelia… finalmente recalé en Túnez, y allí me quede. Mandé construir una casa y me empapé de todo lo que pude. Al fin y al cabo, me sirvió para mi tesis.

- ¿En qué te especializaste?

- Arte del mundo musulmán. Granada, Córdoba, Estambul… sólo me falta pisar la Meca, pero me temo que será un tanto difícil.

Sandro suspiró, dejando que su imaginación volara.

- Cómo me gustaría fotografiar esos lugares. Hasta ahora nunca había salido de Italia.

- ¿Has traído la cámara?

- Por supuesto – indicó, señalando uno de los bultos -. Y película suficiente para un mes.

- Estupendo. Conozco rincones llenos de encanto, te entusiasmarán.

Ambos siguieron conversando, revelándose pequeños matices mediante los cuáles retirar la pátina laboral que todavía les cubría. Para cuando pusieron los pies sobre el asfalto humeante de la pista de aterrizaje, los mutuos descubrimientos no habían hecho sino comenzar.
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Shaka
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Notapor Shaka » 13 Jul 2006, 07:48

El viejo jeep y la carretera de tierra le traían un sinfín de recuerdos, algunos dulces, otros dolorosamente amargos. Pese a todo, Luca hallaba paz al mando del vehículo, sorteando las piedras que encontraba por el camino tras haber dejado atrás la capital hacía veinte kilómetros.

Era un sendero de gravilla que bordeaba la costa. A su lado, Sandro se quitaba de vez en cuando las gafas para contemplar los destellos del sol en el Mediterráneo, de un añil profundo que jamás había visto en Nápoles. El desplazamiento resultaba fatigoso por los baches y el sofocante calor del mediodía, pero la brisa marina le golpeaba en la cara, llenándole de vitalidad.

- Ya casi hemos llegado – comentó el conductor.

El chico dirigió la vista al frente. A lo lejos, y erigida en el borde mismo de un acantilado, había una casa de formas redondas. Pronto estuvieron ante ella, y Luca se bajó del coche para abrir la verja que delimitaba la propiedad. Tras haber entrado en la planicie y cerrado de nuevo el perímetro, aparcó a la sombra de una frondosa buganvilla cuyas ramas se enredaban en una malla fabricada con cañas, expandiéndose el penetrante violeta de sus flores a modo de pararrayos.

- Dime que no la has hecho tú – pidió Sandro, maravillado.

Él rió, sacando el equipaje de la parte trasera del todoterreno.

- Yo la diseñé y la pinté a la cal con botellas. Por desgracia no soy arquitecto.

Los materiales en que la vivienda había sido realizada garantizaban un agradable frescor en los interiores. El gigoló siguió a su anfitrión hasta el salón, tratando de no perderse ni un solo detalle. No había esquinas en la instancia, los suelos eran de cerámica ahumada y el blanco era el tono predominante en paredes, cortinas y decoración. Los muebles de madera ligera y las formidables vistas al horizonte terminaban de transportarle a la idílica concepción del paraíso.

- No es demasiado grande… allí está la cocina, el baño y el dormitorio.

- Creo que no tengo demasiadas objeciones en compartir cama contigo – replicó a modo de broma.

Sandro dejó sus posesiones junto a uno de los asientos cilíndricos confeccionados en cuero, tomándose la libertad de abrir las puertas de cristal de la terraza. El olor a sal y yodo le invadió, vislumbrando a un lado de la balaustrada una puerta que conducía a unos escalones tallados en piedra, por los que se podía acceder a la cala que tenía bajo los pies.

- Elegí la ubicación por eso mismo – dijo Luca -. La corriente no es peligrosa, cuando la marea está baja se puede incluso bucear.

Él asintió, brillándole los ojos de felicidad.

- Adoro el mar. Antes iba todos los días a nadar.

- ¿Te refieres a…?

- Sí, antes de marchame de casa.

Luca no quiso entrar en esos lares, al menos por el momento. Apreciaron juntos el batir suave de las olas y su sonido al estrellarse contra la roca, hasta que el sentido práctico del millonario le hizo regresar a la realidad.

- Espero que hayan repuesto las alacenas.

Se dirigió a las despensas, aprovechando Sandro para cambiarse y optar por un vestuario más cómodo. En cambio Luca, previsor por la experiencia, vestía de lino fundiéndose a la perfección con el medio.

- ¿Te ayudo en algo?

- Sí. Nunca está de más otro par de manos en los fogones.

Emplearon la siguiente hora y media en preparar un almuerzo a base de los ingredientes locales, no dejando de sucumbir el visitante a las múltiples habilidades que su cliente iba dejando entrever.

**********************************************************

La tercera copa de vino dulce estaba a punto de vaciarse. Sentados en el sofá principal del salón sin más luces que las del cielo en plena carrera hacia el atardecer, ambos seguían hablando y disfrutando de la mutua presencia.

- ¿Entonces te reunías aquí con tu amante?

- Si los rincones hablasen… - comentó él, con una mezcla de melancolía y complicidad -. No hay centímetro de esta casa que no haya presenciado alguna escena tórrida.

Luca degustó lo que le quedaba de bebida, dejando el cristal sobre la mesita. Efectivamente, los fines de semana que había pasado allí durante su aventura habían sido desenfrenados, rebosando una pasión que todavía podía escucharse gracias a los recuerdos.

Había decidido acudir allí una última vez para despedirse del pasado, y le había pedido a Sandro que le acompañase para no echarse atrás. De cualquiera de las formas, ¿no había vuelto a caer en el mismo error al meter a otro hombre de por medio? ¿Trataba inconscientemente de suplir el hueco de Domenico con su espontaneidad?

- ¿Por qué no me lo cuentas?

Luca se sobresaltó al escuchar su petición. Estaba tan sumido en sus pensamientos que el joven lo percibió, haciéndole la pregunta con la intención de ayudarle a quitarse esa espina.

Sandro también dejó su copa en la mesa y extendió un brazo sobre el respaldo del sillón, acercando el rostro al suyo.

- Quiero que lo hagas. Deseo comprender el por qué del vacío que aquí percibo.

Era lo que la casa le transmitía. Pese a su indudable belleza, únicamente una palabra le venía a la mente para describirla: soledad. En medio de un saliente junto al mar, sin nadie alrededor, muda, sin recuerdos familiares, sin nada que denotase un vínculo humano de su inquilino hacia los demás.

- Supongo que no me gusta rememorar.

Se dejó caer lentamente, apoyando la cabeza sobre el regazo de Sandro. Miró a sus maravillosos ojos pardos, encontrando en ellos la seguridad para relatar lo que a nadie más había desvelado.

Los dedos del joven peinaron sus cabellos, reconfortándole. Se aferró al torbellino de sentimientos que en sólo unas jornadas él había forjado en su interior, comenzando a narrarle lo que había sido, sin tapujos ni censuras, su vida.


************************************************************

Francesa Gregorutti revisó de nuevo la mesa vestida de gala, comprobando que todo estaba exquisitamente en orden. La ocasión merecía que hubiese sacado la cubertería de plata, el cristal de bohemia y su mejor vajilla de porcelana fina. Tampoco había escatimado en gastos con respecto a la comida, y menos en cuanto a los invitados.

Todo lujo era poco para la recepción de su único hijo tras una ausencia de dos años.

- Querida, ya están aquí – le dijo su marido.

- Ya voy – respondió ella, mirándose al espejo para colocarse el peinado.

El matrimonio salió al recibidor, en donde Domenico y Carlotta, antiguos amigos de juventud, les saludaron con efusividad.

- ¿Qué tal el viaje desde Milán? – quiso saber Luciano, el cabeza de familia.

- Muy bueno, pero se echaba de menos el calor de la laguna – respondió su antaño socio mientras las damas se dirigían al salón, en donde aguardarían la llegada del protagonista de la noche.

Carlotta tomó asiento, tomando las manos de Francesca entre las suyas.

- ¿Aún no ha llegado?

- Llamó hace una hora, debe estar a punto.

Suspiró, conteniendo la emoción.

- Qué rápido ha pasado el tiempo… parece mentira que ya haya ingresado en la Universidad.

- ¿Y dices que no ha venido desde que partió?

- No, pero me escribía constantemente. Ya sabes que es un romántico, tiene costumbres propias de otras épocas – comentó risueña.

Los cuatro dialogaron hasta que el sonido de la puerta les sumió en el silencio. El heredero legítimo de todo el patrimonio familiar hizo acto de presencia, consiguiendo que su madre no pudiera reprimirse por más.

- Hola, bella donna – la saludó, sonriendo ante el aluvión de besos que sus mejillas recibían.

- Veo que la transición ha resultado fructífera. Ya eres todo un hombre – aseguró su padre.

Luca prodigaba más sonrisas, feliz en cierto modo por regresar al hogar donde se había criado y reencontrarse con los suyos. Había cambiado mucho desde que partió la mañana en que cumplió los dieciocho: ahora le sacaba casi dos cabezas a Luciano, su cabello igualmente había crecido, y su piel tenía el brillo dorado propio de las arenas del Sahara.

Mas ni todos los cambios físicos podían igualarse a los que humanamente había experimentado. Demasiadas vivencias, demasiadas revelaciones que en aquel encuentro familiar, y formal a la vez, no podía compartir.

- Mira quiénes han venido también, cariño – dijo Francesca, tomándole del brazo.

Les reconoció. De hecho, la mayor parte de sus recuerdos de niñez estaban ligados al otro matrimonio. Las tardes de verano en la finca de la Toscana, cazando insectos junto a Isabel, siempre terminaban con alguna hazaña de los padres de ambos tratando de pescar en el río o inventando juegos con los que entretenerles.

Correspondiendo a las memorias ociosas que de ellos conservaba, les saludó afablemente.

- Luca, qué guapo estás – aseguró Carlotta, repitiendo el protocolario beso.

- Gracias – respondió.

Entonces, ocurrió.

Iba a tener mismo gesto con el marido de ésta cuando sus ojos de cruzaron de una forma antes inédita. Era el mismo Domenico que recordaba de su infancia, pero los atributos que como niño había obviado, ahora servían de reclamo para su percepción.

Su rostro, de proporciones duras pero equilibradas, parecía propio de un centurión romano, con sus ojos grises y las arrugas que añadían un toque de interesante madurez. Tenía el cabello bien peinado y salpicado de vetas plateadas, el gesto misterioso pero a la vez amable, y unas manos cuidadas que estrecharon la suya con un roce inicial que le hizo sentir un escalofrío.

Sus miradas se estancaron la una en la otra, siendo incapaz de responder a la sencilla palabra que su voz, grave y sensual, pronunció.

- Bienvenido.

Sólo el menudo cuerpo de su madre y su enérgica pronunciación le sacaron del trance, obligándole a soltar el calor y textura de los dedos que aprisionaban los suyos.

- ¡A la mesa! ¡Tienes mucho sobre lo que hablarnos!

Domenico esbozó una media sonrisa sin que nadie lo percibiera. Le pareció un muchacho apuesto cuya primera reacción revelaba la más sincera verdad.

Ese tipo de jóvenes, recelosos de su intimidad, eran sus predilectos, puesto que tras la coraza de hierro que ellos mismos se forjaban ardía la llama incombustible de la pasión.

Tomó asiento junto a su mujer, justo en frente de Luciano, dejando por protocolo a Luca a su derecha presidiendo la mesa. Éste colocó su servilleta, tratando de poner en orden sus pensamientos para ignorar lo que había sentido hacía unos instantes.

Francesca sirvió los platos, deshaciéndose los comensales en elogios a sus dotes culinarias. Mientras hablaban sobre temas relacionados con los negocios, Domenico quiso saber en qué había invertido el joven los meses de independencia.

- Dinos, Luca, ¿qué has estado haciendo?

- He viajado mucho. Quería conocer otras culturas, enriquecerme – respondió, algo nervioso por la mirada que le escrutaba.

- Ha estado por la costa africana – añadió su madre con orgullo.

- Eso está muy bien para coordinar una empresa internacional – proclamó su padre -. ¿Y cómo ha sido el inicio del curso?

Él dio un sorbo a su copa y se limpió los labios lentamente. Hubiese querido tratar aquel tema en privado con sus progenitores, mas no le quedaba otro remedio que improvisar una mentira, o bien decir la verdad, como acostumbraba a hacer.

Había encadenado el comienzo de sus estudios con el viaje, por lo que él mismo se había encargado de buscarse plaza en la prestigiosa Universidad de Bolonia, procurándose la estancia en un colegio mayor y administrándose el presupuesto para libros y demás material didáctico.

Sin embargo, había un factor muy importante que no les había mencionado.

- Estupendo, es todo lo que siempre deseé encontrar, académicamente hablando.

- Seguro que serás un genio de las finanzas – afirmó Gregorutti.

Luca se armó de valor, mirándole a los ojos.

- No me he matriculado en Economía, papá… estoy cursando Historia del Arte.

El tenedor del hombre cayó sobre el plato. Francesca trató de desviar la conversación hacia otro tema, mas su marido lo impidió.

- Pero así no serás capaz de dirigir el grupo empresarial, necesitas una formación previa.

- Lo he meditado mucho durante estos dos años. No estoy seguro de querer heredar la compañía.

El padre frunció la boca en su típico gesto de enfado. Dejó el otro cubierto sobre la porcelana y se disculpó, retirándose de la mesa con dirección a los jardines. Ante la repentina tensión que se había creado, la madre de Luca susurró a los presentes.

- No se lo tengáis en cuenta, ya se le pasará. ¿Alguien quiere una buena taza de café?

Ellos asintieron, incorporándose el chico para ayudarla a recoger los platos. Una vez en la cocina retomó la conversación.

- Os lo quería decir, mamá… pero sabía que él se lo tomaría a mal.

- Has hecho bien, cariño – respondió elevando la mano para poder acariciar los contornos de su óvalo facial -. Yo siempre he sabido que esa vida no es para ti.

- Entonces, ¿no te importa que…?

Ella le puso el índice en la punta de la nariz para que no siguiera, dando por zanjado el asunto.

- Yo llevaré el café al salón, vete hacia allí.

Luca asintió, desviándose hacia el baño del fondo del pasillo para refrescarse la cara. Había dejado la puerta entreabierta y no había encendido las luces. Cuando iba a mojarse la nuca, vio en el espejo que no estaba a solas.

El corazón le dio un vuelco cuando sintió el roce de sus labios en el cuello, y los dedos sosteniendo su barbilla firmemente.

Domenico le hizo mirarle a través del reflejo, susurrándole lo que, en el fondo, siempre había anhelado oír.

- Celebraremos el cumpleaños de Isabel en nuestra casa. Te esperaré en la alcoba a las siete de la tarde. Si decides no ir, no volveré a molestarte.

Cerró los ojos, tratando de contener la ajetreada respiración. ¿Cómo era posible que con sólo una mirada lo hubiese percibido? Sus mejillas se ruborizaron, y afortunadamente aquel hombre que por edad podría haber sido su padre se marchó a tiempo para no notar que se había excitado.

La velada no duró mucho más. Los invitados decidieron retirarse en vistas a que Luciano no regresaba al salón, posponiendo la reunión para la siguiente y cercana cita social.

En lo que respectaba al más joven de los Gregorutti, aquella noche apenas durmió. Ni en las dos siguientes. Tan sólo deseaba que el momento llegase para romper la presión en añicos.

Finalmente la consabida fiesta llegó. La descomunal finca de los Ribeltta se extendía más allá de donde la vista alcanzaba, y decenas de personas habían acudido a la misma para celebrar el diecinueve aniversario de la única hija soltera que les quedaba.

Tanto era el trasiego, el entrar y salir en la casa de personalidades ilustres y el despilfarro que nadie se percató de la estrategia.

Luca subió las escaleras hacia el piso superior de la casa, comprobando que no le seguían. Las risas sonaban distantes, y las paredes atenuaban el estruendo de la música.

Dio con el lugar, encontrándole allí sentado en la cama. Apenas contaban con unos minutos hasta que sus ausencias fuesen notorias, así que se acercó hasta él, y tras un breve reconocimiento en el que con la vista repasó cada milímetro de su tez, le besó en los labios.

Pujó por entreabrir los ajenos, encontrándose con el tacto áspero de la barba incipiente, así como la lengua que sin pensárselo se introdujo en su interior.

Tanta fue la brusca combinación de ansiedad y deseo que Luca decidió poner el freno antes de que fuese demasiado tarde.

- No aquí – murmuró entrecortadamente -. Ni en la ciudad, somos demasiado conocidos.

- ¿Dónde? – respondió él, acostumbrado a las vivencias extramaritales.

- En mi refugio. El próximo fin de semana.

Sus manos temblorosas rebuscaron en el bolsillo de la americana hasta dar con una pluma. Tomando el primer pedazo de papel que Domenico le tendió, dibujó una especie de mapa por el que guiarse.

- No tengo teléfono, así que tendrás que ingeniártelas – le dijo.

- Lo haré.

Le indicó que abandonara él primero la habitación. Luca volvió a devorar sus labios, a punto de perder la cabeza cuando sintió cómo una de las manos ajenas se depositaba en su abultada entrepierna, apretándola.

Abochornado por sus propios impulsos y el anonimato con el que hacía frente a sus tendencias, tuvo que encerrarse en el lavabo para poder desahogarse. Se dijo que aunque tuviera que seguir escondiéndolo a sus allegados, pronto llegaría el momento en el que encontraría las respuestas, y sabría qué se sentía al tener las formas de otro hombre sobre las suyas, como tantas veces había fantaseado.
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Notapor Shaka » 16 Jul 2006, 09:24

Fue, posiblemente, la semana más lenta que recordaba. Los días avanzaban tortuosamente, hasta que la mañana del viernes llegó y abandonó Italia a bordo del jet privado, con el único conocimiento del fiel Michael.

Condujo por las peligrosas carreteras comarcales sin pasar antes por las zonas urbanas. A medida que se acercaba a la casa le faltaba el aliento, dedicando las horas a calmarse.

Paseó descalzo por los suelos una y otra vez, vestido únicamente con un pantalón holgado blanco, al igual que todo lo que le rodeaba. Durante la espera le dio vueltas a la situación, concluyendo en que lo que iba a ocurrir no era correcto.

¿Cómo podía haber propuesto un encuentro secreto a alguien que era casi de la familia? Y lo que era peor… ¿tan dispuesto estaba a entregarse a él, sabiendo que obtendría poco más que escarceos esporádicos?

No quería una historia de amor imposible, de esas que vivían los actores y actrices de las buenas películas antiguas. ¿Qué tenía de malo, pues, un despertar exótico?

Se dijo que, quizás, lo único que ocurría es que tenía miedo. ¿Estaría a la altura? ¿Se le notaría demasiado que su experiencia era más bien nula?

- Ya basta – se dijo a sí mismo, como siempre que sus cavilaciones le exasperaban.

La tarde transcurrió, el sol se puso y las primeras estrellas rompieron la monotonía del firmamento. Se le había formado un nudo en el estómago de decepción, ira y tristeza cuando escuchó ruidos en las afueras. Sin hacerse demasiadas ilusiones, pensó que podía tratarse de alguna banda que quería darle problemas o robarle. Se deslizó de puntillas hasta la cocina y sostuvo un afilado cuchillo, preparándose para atacar en cualquier momento.

La precaución ganada en los bajos fondos por los que se movía hizo que Domenico le agarrase de la muñeca cuando él trató de arremeter, en un primario ataque de defensa.

Luca se quedó bloqueado, y el instrumental se estrepitó contra las lozas. Los ojos se le vidriaron al cerciorarse de que lo que veía era real. Le abrazó con fuerza, soltando todo lo que llevaba dentro.

- Creí que no vendrías… - musitó.

Él tomó su rostro con ambas manos, quemándole con la mirada mientras sus frentes se unían. Fue así como le dijo que no habría marcha atrás. Le beso impetuosamente, haciendo que el joven de un salto se agarrara a sus caderas, dejándose arrastrar por la corriente de su fogosidad.

Le tendió sobre la barra de la cocina en medio de la penumbra. Mientras sus labios luchaban, Domenico iba desabrochándose los botones, desvistiéndole a tirones. Lejos de suponerle reparos aquel mecanismo animal, Luca se sentía extasiado.

Cuando los besos se extendieron de su boca al resto del torso, elevó el mentón y se desvivió en el ritual. La sangre le hervía, sentía su miembro latir con una fuerza atronadora, deseando que lo atendieran lo antes posible.

Mas no era eso lo que le aguardaba. No opuso resistencia cuando el amigo de su padre le dio la vuelta, dejándole con medio cuerpo extendido sobre la superficie y las piernas abiertas.

Abrió los ojos desmesuradamente cuando comenzó a penetrarle. Trató de expresar el dolor con un grito, mas no pudo emitirlo. O aquel hombre no se había dado cuenta todavía de que era virgen, o poco le importaba. Apretó los puños tratando de encontrar algún tipo de placer en aquella tortura.

Su cuerpo entero comenzó a moverse al ritmo de las embestidas. Seguía hiriéndole pese a tenerle ya alojado en su interior, pero no le importaba. Se sentía estúpidamente feliz. Le oía gemir, percibía su calor contra el suyo, y notaba como su propia erección chocaba contra la tabla de la mesa.

- Más… más fuerte… - logró articular.

No resultó ser la primera vez que había imaginado. No hubo palabras acarameladas, ni un sinfín de caricias en compensación del trámite. Tan sólo sexo. La iniciación en una espiral que amenazaría con tragarle.

Finalmente consiguió que de sus labios entreabiertos escaparan más sonidos. Eyaculó, derramándose una parte sobre la cerámica, acompañando al semen que inauguró sus entrañas.

Cuando salió de él, Luca se dejó caer al suelo. Le dolía, además de incomodarle aquel líquido caliente pujando por escapar de su cuerpo, pero Domenico hizo algo que consiguió que se olvidase de todo ello. Se arrodilló a su lado y volvió a besarle ya con calma, colocándole tras la oreja los cabellos que habían quedado adheridos a la cara por el sudor.

Años más tarde Luca llegó a odiar ese gesto, al identificarlo como lo que hizo que terminara de enamorarse perdidamente de él.


************************************************************


- He mejorado, ¿no crees?

Domenico asintió mientras le observaba trazar la longitud de su dureza a ratos con los labios, a otros con las manos cambiando de velocidad. La finalización del curso lectivo era una buena oportunidad para una escapada, así que su joven amante le había propuesto reunirse de nuevo en la casa tras una temporada sin verse.

En el casi trienio que llevaban revueltos entre las sábanas podía afirmar que le había modelado como a la arcilla, creando un hermoso Perseo con el que satisfacer su apetito. Él siempre estaba dispuesto a cumplir sus fantasías, pareciendo disfrutar de ello. Además era discreto, y contaba con buenas fuentes monetarias.

De no haber sido por un detalle, posiblemente habría sido el mejor de sus escarceos. Le tomó de la cabeza con suavidad para marcarle el ritmo final, recogiendo el estudiante todo lo que pudo del orgasmo.

El ragazzo, apodo que alguien le había puesto por su vigor sexual, suspiró satisfecho. Era tanta la complacencia de Luca que decidió hablarle del tema.

- Debes haber practicado mucho para adquirir tanta destreza.

El le miró, entre sorprendido y halagado.

- Pues… lo que he hecho contigo. Aprovecho el tiempo al límite – respondió con una sonrisa.

- ¿No te acuestas con nadie más?

El joven frunció el ceño.

- ¿Tú sí? Aparte de con Carlotta, quiero decir.

Domenico se incorporó, dirigiéndose a la terraza para que la brisa le refrescara.

- Claro. Quien prueba un amante siempre repite.

Luca se sintió dolido. Se giró sentado hacia él, analizando su espalda al contraluz. Sabía que no era el único, que en algún otro lugar del país, e incluso de fuera, otros hombres y mujeres esperaban su turno para poseerle. Mas su corazón se resistía a aceptar la verdad.

- Creí que era especial.

Regresó a su lado, mirando a los ojos verdes que reflejaban pequeñas motas de las velas encendidas sobre una estantería.

- Por supuesto que lo eres. ¿Alguna vez te he desatendido? ¿Te he dicho que no cuando me has llamado?

Negó con la cabeza.

- ¿Y cómo sé que no lo haces también con los otros?

Domenico volvió a suspirar.

- Deberías salir con alguien de tu edad. Alguien que pueda ver el mundo desde tu misma perspectiva.

- Pero yo te quiero a ti.

De nuevo regresaban al asunto que siempre terminaba por degenerar en una discusión.

- Es por mis padres, ¿verdad?

- Tengo un status, Luca. Una mujer e hija, negocios, clientes… nada es tan fácil como parece, no puedo cambiar de la noche a la mañana y convertirme en un príncipe azul.

- No pretendo que rehagas tu vida. Sólo que me des trato preferente.

Él le sostuvo la mirada, apoyándose en el respaldo del lecho.

- Quieres que sólo me vaya a la cama contigo.

- Ya que no puedo sugerir que abandones a Carlotta y nos fuguemos, sí.

Le tomó de los hombros, apartando la oscura melena llena de ondulaciones. Consiguió estrecharle contra su pecho, tratando de calmarle con el tacto de su piel y las ligeras cosquillas que le producían el vello rizado que lo poblaba.

- Condenado muchacho… - susurró el empresario – si cualquier otro me hubiese pedido lo mismo, ya le habría abandonado. ¿Acaso me he ido, o sigo a tu lado?

Luca sonrió, alzando la barbilla para degustar sus labios. Cuando obtenía alguna de esas espaciadas muestras de aprecio se sentía levitar.

- El mes que viene es mi cumpleaños.

- ¿Qué es lo que quieres? – preguntó él.

- Una cita diferente. Podríamos vernos en Siena, pasar la noche en algún hotel.

- ¿No va a organizar algo Francesca?

- Seguramente. ¿Quieres que nos veamos primero en Venecia y luego coincidimos allá?

- Estupenda idea.

Faltaban cuatro semanas para la fecha, mas Luca sintió que le habían dado por adelantado el mejor regalo de cuantos podía haber recibido. Dedicaron lo que restaba de noche a hacer el amor sin descanso, fundiéndose en sus ruegos como dos gotas de lluvia que tropiezan al descender por el cristal de una ventana.
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Notapor nabe_dono » 19 Jul 2006, 01:30

perdona k no lo lea por aproximarme a ir a la cama...
pero solo de ver lo k llevas escrito te doy un 10 en esfuerzo, ya lo leere mañana si me acuerdo
y pensar k yo escribo cortas historias k rara vez llegan a 12 paginas a doble cara, con mi cacho letra...
PD: aunk pudiera parecerlo, ante todo, esto no es un post mofa
k grande es koriki xD
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Notapor Shaka » 21 Jul 2006, 20:27

No podía quejarse.

Mientras se miraba al espejo en la que había sido su habitación desde que nació, Luca enumeró las cosas que formaban parte de él y que, por tanto, debían hacerle feliz.

Sus estudios iban viento en popa, descubriendo en la indagación arqueológica un aporte que le llenaba.

Tenía un buen grupo de amigos a los que había conocido en Bolonia, supliendo el vacío que había quedado en su juventud.

Sus padres le adoraban, pese a los tabúes que permanecían ocultos.

Y lo más importante: aquella noche cumplía los veintitrés, y el hombre al que amaba estaría presente, aunque tuvieran que disfrazar lo que les unía por espacio de unas horas.

Se arregló la corbata y marchó al salón tras haberse engominado el cabello, dejándolo impecablemente recogido. Cuando vio a lo lejos la mesa recién puesta, percibió que algo no cuadraba.

- ¿Y el resto de la cubertería?

Su madre le dedicó una sonrisa, deseando pasar una velada tranquila antes de que su hijo volviera a marcharse.

- Carlotta llamó hace un rato. No van a poder venir, a Domenico le surgió un imprevisto.

Luca luchó por ocultar la terrible desilusión que le causó la noticia. Cenó sin mayores contratiempos con sus padres y agradeció el juego de gemelos que le regalaron, mas a las diez de la noche pidió disculpas y se retiró de nuevo a su cuarto.

Qué imbécil había sido por creerle, y qué imbécil seguía siendo por albergar la esperanza de encontrarle directamente en Siena.

Ello tampoco ocurrió. Aunque el hotel ya estaba pagado decidió hacer algunas llamadas telefónicas, y adelantar la juerga con sus compañeros de facultad en la cercana Florencia.

Trató de ahogar la pena en el vino y las risas sin sentido mientras merodeaban por las mágicas calles de la capital artística italiana. Cuando caminaba aferrado a los hombros de dos de sus amigos, vio que una pareja andaba despreocupadamente en sentido contrario.

Ella vestía un llamativo y provocador conjunto rojo, y él su habitual traje de batalla, derrochando seducción, metiendo en sus redes a todo aquél que le apetecía, prometiendo la luna para ponerla a los pies, y pisotearla hasta que no quedase más que polvo.

Sus ojos se cruzaron con los de Domenico cuando ambos grupos se alinearon para partir cada uno por su cuenta.

Apenas una hora después, mientras sus amigos pedían la siguiente ronda en el quinto bar al que habían arribado desde el inicio de la marcha, cogió su teléfono móvil y se cobró su particular venganza.

- ¿Profesor Armentta? De acuerdo, acepto. Iré a cenar con usted.


**********************************************************


El sexo académico resultó ser menos visceral que el que había conocido hasta el momento, pero los encuentros furtivos tras las clases magistrales tenían cierto encanto. De haberlo sabido, muchos se habrían preguntado por qué Luca Gregorutti, el más brillante de su promoción, se tiraba al docente de la materia más dura de último año si no era necesario.

Piero, el interesante investigador que se había prendado del joven de la primera fila, era un ser tranquilo, amable e incluso romántico, tal vez demasiado detallista. Gustaba de intercalar extensas y profundas conversaciones sobre la repercusión de las influencias indianas en la arquitectura renacentista con breves episodios eróticos.

Luca se encontraba bien a su lado, pero seguía sintiéndose abandonado, hueco, distante. Le faltaban apenas dos asignaturas para graduarse y elegir el rumbo que daría su trayectoria.

Había pensado en hacer muchas cosas, desde tomarse otro año sabático para visitar Irán e Israel, a tomar las riendas del imperio financiero pese a su voluntad, mas todas ellas tenían un común denominador: independientemente de la forma que tomase su futuro, no veía al profesor en él.

- ¿Te apetece que volemos a Roma el próximo fin de semana?

Luca se levantó para vestirse. Se giró y le miró a la vez que se abrochaba los botones de la camisa.

- Lo siento, ya tengo planes. Quizás en otra ocasión.

Su novio, si es que podía llamarle de tal forma, dedujo que el fin estaba próximo.

- ¿Qué vas a hacer cuando te licencies? Podrías optar a entrar en el cuerpo académico. Si lo deseas, puedes ser mi ayudante en los dos años de formación.

Luca esbozó una triste sonrisa. No quería que Piero pasara por lo mismo que él. Merecía que le dejase de una forma concisa, sin dar alas a las falsas esperanzas.

- Lo he pasado muy bien estos meses, pero creo que lo mejor es que sigamos cada uno por nuestro lado. Aún no es seguro, pero creo que finalmente volveré a Venecia. Necesito tiempo para mí mismo.

Él creyó entender. Se recostó sobre los almohadones en la cama y le tomó de la mano. Posiblemente no le vería más por el campus, dado que su nota final estaba más que ganada por puros méritos intelectuales.

- Eres un hombre maravilloso. Ojalá te vaya bien.

- Tú también – respondió, asiéndole.

Recogió sus cosas y se marchó del apartamento, con la sensación agridulce de haber sido él quién había terminado la relación. Volvía a ser Luca el misterioso, el independiente.

No había mentido a Piero, pues era cierto que tenía planes. Aquel fin de semana pidió a su piloto que hiciera la ruta habitual hacia la antigua colonia romana en África. Túnez le recibía con los brazos abiertos, ofreciéndole todos sus encantos para consolarle, mas él sólo tenía un motivo para dicho viaje.

Se pasó los dos días encerrado en su refugio, su castillo de cal elevado sobre los mares, emborrachándose cada vez que se preguntaba por qué había acudido hasta allí, encontrando al poco la razón pese a la embriaguez.

Era el aniversario. El del momento en que vio a Domenico Ribeltta en su propia casa y quedó hechizado por su conjuro. Por supuesto, él no se presentó. La historia de ambos había muerto hacía mucho, y ahora era el mismo Luca quien esparcía las cenizas para exorcizarse.

Mientras volaba el domingo de madrugada rumbo a Venecia, lo decidió. Quería una vida sencilla, en el mundo que conocía, desarrollando su talento sin destacar demasiado.

Y, sobre todo, quería olvidarle. Quería que el fantasma de sus manos perfectas y su arrojo no volviera a atosigarle.

Lo conseguiría. El rumbo que tomaran las cosas dependía enteramente de él, y si había salido bienparado hasta ese instante, no dejaría que el regusto amargo de sus fracasos sentimentales eclipsaran las demás facetas de su existencia.
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Notapor Shaka » 25 Jul 2006, 07:57

- De eso han pasado unos 5 años – dijo Luca, terminando su relato bajo la total atención de su acompañante -. No había regresado aquí desde entonces, me he dedicado por completo a mi negocio, y todas esas cosas.

Sandro había absorbido cada una de las palabras. Decir que tenía el alma en un puño no hacía justicia, así que con un tono de voz dulce que pocas veces empleaba quiso extraer los últimos detalles.

- ¿Y no volviste a verle?
- Sólo una vez. En la Navidad de hace tres años, durante una recepción familiar. Le evité toda la noche, luego me enteré que por lo visto estaba atravesando una crisis matrimonial. Lo último que supe fue… bueno, lo del asesinato.
- Ya… - dijo él, apenado -. Entonces, tus padres no saben que eres gay, ¿verdad?

Luca negó con la cabeza.

- A veces creo que mi madre lo intuye, pero no se los he dicho abiertamente. Mi padre no lo aceptaría, bastante le costó asimilar que no deseaba sucederle.

Ya era noche cerrada, y los ánimos habían decaído bastante. Dado que no quería verle triste, el chico le propuso algo.

- Me apetece probar esa cala de ahí abajo. ¿Me acompañas?
- ¿Nadar a estas horas? Puede ser peligroso, apenas hay luz.
- Soy un poco temerario – bromeó él, cogiéndole de la mano -. Vamos, alguna locura de vez en cuando no viene mal.

Luca sonrió, incorporándose lentamente. Debía tener más o menos su edad cuando Domenico rompió con él mediante la distancia. Si tan sólo pudiera retroceder en el tiempo…

- ¿A qué esperas? – le gritó Sandro, ya desnudo sobre un saliente de roca próximo.

Experto en los lanzamientos de cabeza, calculó que la profundidad era idónea y la oscilación de las aguas lo suficientemente tenue para no temer un ahogamiento. Aunque las escaleras talladas conducían al borde mismo del agua, él prefirió rendir culto a sus orígenes napolitanos con un salto del ángel.

Luca miró embelesado la magia de la acrobacia, sintiendo alivio cuando le vio saludarle ya desde el mar, con el pelo completamente empapado y la cara brillante por el agua y los rayos plateados de la luna.

Dejó sus ropas sobre la balaustrada de la terraza y saltó desde una altura más prudente. Una vez en el agua nadó hasta junto a él, disfrutando del revitalizante Mediterráneo.
- Creo que nunca había hecho esto – comentó.

Sandro le analizó. Se había acostado con cientos de personas, mas con muy pocos había realizado lo que su cuerpo ahora le pedía.

- Y yo juraría… que tampoco he hecho esto antes.

Se mantuvo a flote agitando las piernas mientras le rodeaba con los brazos, buscando su boca hasta que los respectivos alientos se cruzaron. Le besó, abriéndole los labios con lentitud, mordiéndolos, explorándole, siendo correspondido a cada movimiento. Las olas les mecían, el sonido del agua adentrándose en las pequeñas cuevas creadas por la erosión resonaba por los alrededores, pero ellos sólo oían cómo se les ajetreaba la respiración, haciéndose cada vez más difícil no hundirse como si fueran un único bloque de carne y huesos.

- Vamos al dormitorio – le pidió Luca.

No pudo estar más de acuerdo con la idea. Treparon con algo de dificultad por los escalones resbaladizos y entraron a la casa por la terraza, dejando un reguero de agua salada mientras se dejaban caer sobre el colchón. Sandro soltó una pequeña risa con los ojos cerrados mientras le devoraban el cuello, y sentía que toda su sangre se concentraba en regiones concretas, evidencia irrefutable de que lo que sentía por su cliente iba más allá de un mero acuerdo de trabajo.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?

Luca elevó el rostro para mirarle a los ojos. Estaba tendido sobre él y notaba la erección ajena incrustada sobre su abdomen.

- Claro.
- Esa noche, cuando me llamaste y nos conocimos, ¿era la primera vez que hacías de activo?

Luca se sonrojó, resultándole un gesto irresistiblemente encantador al gigoló.

- Lo sabía – comentó, como si llevara una eternidad cuestionándoselo -. No te preocupes, pronto le habrás cogido el truco.

Con el relato de sus fallidos romances había terminado de confirmar sus sospechas.

- ¿Tan mal estuve? – quiso saber Luca, algo cortado.
- No, tonto… pero con todos los tíos con los que he estado, lo noté enseguida. Es otra de las tantas cosas que me gustan de ti – susurró, girando hasta acabar sentado sobre él.

Sandro se estiró para alcanzar su bandolera, sacando el instrumental necesario. Tras ello volvió a besarle, lamiéndole levemente el lóbulo izquierdo.

- Déjame enseñarte un par de trucos…

Luca se dejó preparar, sintiendo el frío sintético del lubricante por encima de la capa de látex. La presión sobre su miembro cuando él comenzó a penetrarse era deliciosa. Una vez estuvo completamente en su interior, Sandro le susurró.

- Muévete hacia arriba mientras me empujas con las manos.

Él hizo lo indicado, depositándolas sobre su pelvis y atrayéndole hacia la suya mientras subía las caderas, incrementando la sensación con cada embiste. El joven a su vez practicaba pequeños movimientos rotatorios, haciendo que la fricción le llevase ante las puertas del Cielo.

Luca giró el cuello hasta ver el tubo que Sandro había sacado de su inseparable bolsón. Se untó la mano y comenzó a masturbarle, arrancándole los gestos de placer que tanto había extrañado. Cuando él le cabalgaba con mayor intensidad, él correspondía, tratando de igualar el momento del clímax. Mas no aguantó demasiado, desfogándose en su interior. Se recuperó de los milisegundos de inconsciencia y se aplicó en lo suyo, no parando hasta que tuvo trazado un sendero blanquecino por buena parte de su torso, y Sandro se dejó caer sobre el colchón a su lado, jadeante.

- ¿Y bien?
- Vas progresando – respondió.

Éste se dirigió un momento al baño para traer una toalla mojada, y limpiar el esperma de su piel. Una vez eliminados todos los restos orgánicos, se tumbaron cómodamente inmersos en un agradable sopor.

- ¿No tienes fotos por ahí? – preguntó, colocándose la cabellera húmeda con los dedos.

Luca pensó un momento, acudiendo a su mente la imagen de uno de los tantos arcones que había por la casa.

- Creo que todavía conservo un album.

Revolvió en el de la habitación, sacando un montón de manuales sobre pintura adquiridos en distintas partes del globo. Tras haber vaciado casi todo el mueble, dio con un libraco de tapas duras y hojas adhesivas amarillentas.

Se sentó junto a Sandro, el cuál hervía de curiosidad por su contenido. Luca fue pasándolas, mostrándole un collage visual de todo lo que le había contado.

- Mira, esta es Isabel cuando era pequeña, en la finca – comentó, señalando una fotografía en blanco y negro.

El chico sonrió, reconociendo al que estaba con la susodicha.

- ¿Eres tú? Sigues teniendo la misma expresión.
- ¡Gracias! Entonces sí que me conservo bien – respondió entre risas.

Le enseñó otras instantáneas de su casa y de algunos viajes que había realizado. El tiempo transcurrió ameno, llegando al final de la colección. Se detuvo unos segundos en la última fotografía, también bastante antigua a juzgar por la época en que había sido tomada. En ella se veía a sus padres posando despreocupadamente junto a Domenico y Carlotta, posiblemente en alguna de las tantas reuniones que celebraban ambos matrimonios cuando él era niño.

- Es él – le dijo -. Debería romperla y quemarla en la chimenea.

Esperó a que Sandro comentara lo que quisiese, mas su silencio sepulcral le extrañó. Al volverse se topó con una reacción que le alertó: el joven estaba pálido, con el cuerpo completamente tenso y las manos temblando. Su pecho se movía a bruscos intervalos, como si estuviese sufriendo un ataque de ansiedad.

- Sandro, ¿qué te pasa?

Él despegó los ojos lentamente de la foto, clavándolos en los suyos.

- El hombre del que te enamoraste… ¿era el ragazzo?

Luca se quedó de piedra. Nadie en su círculo conocía el apelativo, era más, siempre había pensado que era un mote soltado entre preámbulos y que no había traspasado más fronteras que las de aquella vivienda.

- ¿Conocías a Domenico? – preguntó, también súbitamente tenso.
- Sí… era mi padrastro.
- ¿Cómo? – preguntó Luca sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.
- No lo era formalmente – prosiguió el joven -, aunque mi madre se lo pidió él nunca quiso contraer nupcias.

De nuevo el dolor, el castigo, las sombras que no habían dejado de perseguirle, el sonido seco del gatillo, la satisfacción tras apretarlo, las noches inquieto sin dormir, culpándose por no sentir remordimientos.

- Nos destrozó la vida… a mi madre, a mi hermana y a mí. Le odiaba. Por eso…

Luca le clavó los dedos en los hombros, sosteniéndole con fuerza.

- ¿Por eso qué?
- Le maté.

Por el pétreo rostro de Sandro se deslizó una lágrima, tan estática que no parecía natural, como si se hubiese puesto la máscara de Pierrot por la que la policía le había interrogado.

La grotesca coincidencia les dejó allí, sobre la cama en la que el difunto había retozado, haciéndoles conscientes de los vínculos que les ataban.

Luca le secó la cara sin dejar de mirarle.

- Cuéntamelo. Quiero escucharlo.
- No puedo… - respondió con voz rota.
- Sí que puedes. Estás en deuda conmigo, ahora mismo te estoy encubriendo por un crimen.

Tomó aire, reprimiendo las ganas de maldecir al azar por arrebatarle la dicha cada vez que la tocaba.

- Dame motivos para no dejar que lo que siento por ti se esfume, por favor.

Sandro se tragó el nudo que tenía en la garganta, esforzándose en cortar el llanto. Tenía que resistir, y permitir que otra espalda le ayudara a cargar con el peso.

Por mucho que le azotaran las evidencias, no tenía otro remedio que descubrirse. Únicamente si lo hacía tendría la oportunidad de conseguir el único perdón que le importaba: el de la persona que por caprichos celestiales parecía estar destinada a curar los desgarros de su corazón.
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Notapor Shaka » 31 Jul 2006, 07:33

Pierrot, capítulo 4 (primera parte)




De todas las imágenes colectivas que el mundo había asociado a Nápoles, la que mejor la simbolizaba era su exultante volcán, y no sólo por la característica geografía de su paisaje, sino porque todo lo que era en sí la ciudad podía representarse metafóricamente con el Vesubio.

Las calles eran estrechas, caóticamente laberínticas, cubiertas de una capa negra del hollín de los coches que, sin embargo, no privaba de belleza sus históricos edificios. El calor era sofocante, tanto en las costas del Mediterráneo como en cada uno de sus habitantes, con ese acento y labia tan típico del sur.

La vida para ellos constituía una pasión tan latente que podía explotar como el volcán en cualquier momento. Ya se tratase de los jóvenes o de los mayores, arraigados a las pautas más conservadoras de la vieja Italia, la gente derrochaba vitalidad y empeño en cada una de sus acciones. No hacía falta nada más que pasear por los barrios y observar a sus comerciantes, los vecinos que se conocían de siempre, los niños correteando o a un grupo de viudas ataviadas de negro a plena luz del mediodía.

Hacia buena tarde, y los pescadores en el muelle afirmaban que el tiempo permanecería igual el fin de semana, así que todo iba a salir a pedir de boca.

Soñando despierto a la vez que atendía a la señora Fiora, el tendero más encantador de aquella zona napolitana esperaba con ansia a que llegara la hora de terminar su turno, y poder dedicar lo que restara del día a cualquier cosa que no fuera ayudar en el negocio familiar.

- Sandro, puedes irte ya, pero llévale estas facturas al proveedor.

Él entregó el cambio a la anciana, quitándose el delantal con habilidad y saltando por encima del mostrador, apresurándose a coger los papeles que constituirían su última tarea.

- ¡Ten cuidado, y no llegues tarde a cenar!
- Sí, mamá...
- ¿Adónde vas a ir? – preguntó de nuevo la mujer junto a la clienta, la cuál no se perdía detalle de la escena.

Su hijo menor giró sobre los talones, dedicándole una sonrisa radiante.

- A la playa. Te prometo que llegaré al anochecer.

Antes de que pudieran seguir entreteniéndole, se despidió de ambas con desparpajo y echó a correr por la calle, saludando a los conocidos con los que se topaba sin detener el trote. A medida que doblaba las avenidas el fragante aroma del mar se hacía más notorio, atrayéndole como si acabasen de atraparle en una red y necesitara de sus aguas para sobrevivir.

Cumplió el encargo y alcanzó al fin el paseo marítimo, despojándose de toda la ropa que le era innecesaria, quedando vestido por el bañador naranja que había traído desde casa. Dejó lo restante sobre los escalones de cemento al otro lado del rompeolas y se sentó a esperar, observando a lo lejos cómo algunos barcos cargados de turistas se perdían en el horizonte. Se dijo que dentro de muy poco, él mismo estaría a bordo de uno de esos catamaranes.

Al fin las manos que conocía como si fuesen propias le taparon los ojos, haciéndole sonreír, y luego sintió el roce del torso de Piero contra su espalda.

- ¿Las tienes? – preguntó.
- No te lo voy a decir... encuéntralas tú mismo – susurró él.

Todavía con los ojos vendados por sus dedos, palpó el cuerpo ajeno hasta dar justo con lo que buscaba, escondido en la parte trasera de las bermudas.

- ¡Son para el ferry! – exclamó entusiasmado.
- No todos los días se cumplen 18 años.

Tras comprobar que nadie había por los alrededores le tomó del cuello y le besó, entreabriendo sus labios para devorarlos entre risas de felicidad. Llevaban varios meses planeando la escapada, por lo que estar justo en la víspera del viaje se le antojaba un sueño maravilloso del cuál no quería despertar.

- ¿Cuántos días nos quedaremos?
- La noche de mañana. El domingo regresamos en el primero de la tarde, ¿te parece?
- Estupendo. ¿Y el hotel?
- ¿Para qué vamos a gastarnos dinero en hoteles? Dormir es demasiado caro.
- Yo no he dicho que pretenda dormir... – le dijo sensualmente, mordisqueándole el lóbulo de la oreja.

Juguetearon un rato más hasta que el calor les resultó insoportable, camuflando el homenajeado los pasajes entre las pertenencias.

Tras ello se subieron al esqueleto de una vieja grúa oxidada que mucho antes, seguramente cuando ellos dos ni habían nacido, servía para trasladar la mercancía de las barcazas a tierra firme.

Sandro se puso de puntillas sobre el punto más alto, casi a tres metros del nivel del agua, y se lanzó de cabeza con una elegancia aprendida a base de hacer lo mismo cada día de verano desde que era niño. Su piel morena y los largos cabellos castaños, decolorados por la acción del salitre y el sol, hablaban de una adolescencia curtida en aventuras de pandillas estacionales.

Piero le siguió, zambulléndose impecablemente justo a su lado. Ambos nadaron un buen trecho, hasta alcanzar la línea de boyas con las que se delimitaba la zona bañista y el mar abierto.

- ¿Se lo has dicho a tus padres?
- Lo comentaré después en la cena. Llevo todo el año trabajando, no van a negarme dos días de descanso.
- ¿Y si lo hacen? Ahora estaréis ocupados con el inventario.
- Pues que ayude Sybilla, qué nunca hace nada – se quejó, en referencia a su hermana -. Me da igual lo que digan, vamos a ir.

Piero desvió la atención hacia el muelle, distinguiendo al resto de su grupo habitual de amistades. Les saludó agitando el brazo, haciendo el otro lo mismo. Se reunieron con los chicos y chicas, caminando chanclas y toallas en mano hacia la arena.

Emplearon la tarde en hablar discernidamente, intercalando baños con cuchicheos sobre los últimos amoríos surgidos, entre los cuáles el suyo era únicamente conocido por los más allegados.

La reunión estaba en su cenit cuando el amanecer tiñó el horizonte de rojos, y el protagonista de la velada tuvo que disculparse.

- ¿Nos vemos a las doce en la plaza?

Los demás asintieron. Iba a disfrutar de la animada vida nocturna para celebrar el cumpleaños, sin saber que Sandro y Piero encadenarían la marcha con el muelle para no dar señales de vida hasta la semana siguiente.

- Sí, hasta luego – respondieron.

Le hizo un gesto al otro viajero para que no se le olvidara hacer bien el equipaje, y puso rumbo al modesto piso donde vivía. Residía en un barrio de gente honrada y sufrida, formando parte de una de las tantas familias de cuatro personas que abundaban por allí.

Al abrir la puerta percibió el exquisito olor de la lasaña, y la música apagada que provenía de su habitación.

- ¡Ya estoy aquí! – anunció.

Entró en el cuarto que compartía con su hermana, asustándose ésta por haber sido pillada justo en la situación que había tratado de evitar.

- ¿Qué estás oyendo? – quiso saber.
- Tu regalo – respondió ella, poniendo en pausa la reproducción del cd de Björk -. Sólo lo estaba probando para saber que se oía bien.
- Tonta, no tendrías por qué haberte molestado – le dijo, dándole un beso en la mejilla-. Gracias, al fin podré tirar el cassette en el que me lo grabaron.

Sybilla subió el volumen de la minicadena, observándole con curiosidad mientras él metía en una bolsa de deporte ropa minuciosamente escogida.

- ¿Entonces es verdad que te vas con tu novio a Capri?

Sandro la miró. Siempre se lo contaba todo, pero el que usase concretamente dicha palabra le hacía enfadar.

- Piero no es mi novio, ¿cuántas veces te lo he dicho?
- ¿Entonces qué es, eh? – se mofó.
- Un amigo con el que me acuesto de vez en cuando, nada más.
- Sí, claro – replicó ella burlonamente -. Y yo ya he terminado la carrera, no te fastidia...

Él dejó sobre su cama un vaquero ajustado, un cinturón metálico y una camisa gris perlado para aquella noche, eligiendo los zapatos entre los pocos pares que poseía.

- ¿Vais a salir también?
- Claro. ¿Qué hay de malo?
- Pues que si se lo vas a decir hoy a papá y mamá, no deberías darles más disgustos pasando la noche fuera.

La madre de ambos les llamó para sentarse a la mesa, terminando por apagar el equipo musical.

- No voy a hacerlo.
- Sandro... – resopló ella -. ¿Y cuándo se enterarán? ¿Encontrándote de manitas con otro sin pretenderlo como me pasó a mí?
- ¿Qué quieres que haga? La gente enseguida empezaría a hablar, y ya sabes como le afecta todo eso a mamá – se excusó, cerrando la maleta y posponiendo nuevamente la charla familiar sobre su orientación.

Sybilla suspiró, dándolo por perdido.

- En fin, como quieras.

Se fueron hasta la cocina, en la que ocuparon sus puestos ante el típico mantel de cuadritos rojos y blancos que les había regalado uno de los tantos distribuidores de la tienda. Estaban sirviéndose en los respectivos platos cuando llegó el último inquilino de la casa.

Antes siquiera de girarse para mirarle, Sandro supo que su padre estaba allí. El olor a grasa de motor impregnado en el mono de trabajo era una señal ineludible. Efectos directos de tener un empleo extra a media jornada en la estación de ferrocarriles, compaginándolo con la contabilidad del comercio de víveres.

- Felicidades – le dijo, dándole otro beso.
- Gracias – respondió él.

Su madre correspondió sirviéndoles a los dos una ración doble, feliz por estar los cuatro reunidos sin mayores pretensiones que disfrutar de una velada agradable.

- Los termómetros han marcado más de 40 grados esta tarde. El bochorno es espantoso – comentó María, iniciando la conversación.
- El clima atrae a la gente – siguió su marido -. Tendré que hacer un turno de noche mañana para dejar a punto las vías, se prevé que el tráfico de trenes va a incrementarse.

Sybilla mencionó que si sacaba buena nota en su próximo examen obtendría una beca para asistir a un curso de especialización en Milán el próximo semestre, arrancándoles todo tipo de frases de ánimo para que se esforzara y lo consiguiera.

Cenaron tranquilamente, e hicieron entrega al ya oficialmente nuevo adulto de otro par más de camisas como presente de cumpleaños. Cuando su madre hizo el ademán de retirar los platos y era previsible que cada uno se marchara a su rincón preferido para descansar, decidió comunicar sus intenciones inmediatas.

- Mañana me voy con los chicos a Capri. Iremos en barco y pasaremos la noche allá, regresaremos el domingo.

Su padre le miró muy serio. Era cierto que últimamente se le notaba fatigado por el ritmo de trabajo, pero la expresión sombría de su rostro resultaba exagerada.

- ¿No has oído antes que el sábado tengo que hacer turno en la estación?
- Sí, pero no creí que influyera en mi viaje. Sólo van a ser dos días, papá.

Éste se acercó a él, tratando de ser comprensivo con los deseos del muchacho.

- Sandro, ya sabes que no me gusta que tu madre y tu hermana se queden solas. Ya irás otro fin de semana.

Mas él no cedió. Le encaró, frunciéndose sus cejas sin ocultar la desaprobación.

- ¡No es justo! ¡Yo siempre hago todo lo que me pides y nunca me devuelves el favor!
- Escúchame, tú no...
- ¡No, escúchame tú a mí! ¡Me pediste que dejara de estudiar para ayudar en la tienda, y lo hice! ¡Me he quedado los veranos aquí mientras todos mis amigos se iban, y ahora que te pido dos días, sólo dos, me los niegas!

Su madre dejó la fuente de cristal sobre la mesa, queriendo imponer calma.

- Cariño, haz lo que te pide tu padre. Sólo será por esta vez.
- ¡Me da igual que sea esta vez! Me voy a Capri hasta el domingo. Si tan mayor soy para sacrificar mi tiempo por vuestro negocio, también lo soy para decidir por mí mismo.

Recorrió furioso los pocos metros que separaban la cocina del dormitorio conjunto, tomó la ropa que había dejado preparada y la metió en la bolsa, echándosela al hombro. Comprobó que tenía la cartera y los tickets encima y salió por la puerta, asomándose su hermana al hueco de la escalera.

- ¡Te vas a meter en un buen lío cuando vuelvas!
- Déjame en paz.

Una vez en la calle, ni miró hacia atrás para ver si alguien estaba siguiéndole el rastro desde la ventana. Se desvió por unas callejas hasta el teléfono público más cercano y tecleó con rapidez el número de la persona por la que acababa de revelarse ante el cabeza de familia.

- ¿Diga?
- Hola, soy Sandro. ¿Puedo hablar con Piero?
- Sí, espera un momento.

Al minuto tuvo a su amigo con derecho a roce al otro lado de la línea, intuyendo que algo no marchaba bien.

- ¿Qué ha pasado?
- ¿Puedo quedarme en tu casa? Me he cabreado con mi padre.
- Claro, mi hermano no estará. Ven y nos preparamos aquí.

Él no vivía demasiado lejos, apenas unas manzanas lejos de allí. Le recibieron con afabilidad, agradeció las nuevas felicitaciones recibidas y se dejó llevar por Piero hasta la habitación de éste, cerrando la puerta a su paso.

Se besaron apoyados en la madera para que nadie abriese por sorpresa, dejando la informal maleta en una esquina del lecho. El anfitrión le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, mirándole a escasos centímetros de sus labios.

- ¿Seguro que quieres hacerlo?
- Es lo que más deseo.

No volvieron a mencionar el asunto. Se vistieron y arreglaron para la salida, comunicando a los padres de Piero que volverían de madrugada para recoger las maletas.

Poco después estuvieron congregados en el lugar de reunión habitual con los demás, dedicando lo que restaba de noche a deambular de local en local, beber alguna copa y, sobre todo, bailar.

Le encantaba moverse al ritmo desenfrenado de la música, sintiendo las miradas posarse sobre lo sinuoso de sus caderas y el aire de misterio que le envolvía. Ya tuviese a toda una corte de chicas y chicos atentos a sus pasos, Sandro sólo tenía ojos para alguien, y disfrutaba regodeándose de ambigüedad. Poseía un sexto sentido para desaparecer entre una multitud rebosante de olor a perfume, sudor y humo de tabaco, sin que nadie percibiera que Piero también se evadía justo en el mismo intervalo de tiempo.

El morbo de los encuentros veloces y en los lugares más insospechados, ya fuese en la trastienda del comercio de la familia o en los servicios de la discoteca, era su droga. Todo era válido cuando la perspectiva de jugar sexualmente al escondite no era un lastre, sino un divertimento.

El alcohol fue acumulándose en la sangre del grupo, y con ello las anécdotas y malentendidos que ninguno recordaría pasada la resaca. Aprovecharon que sus amigos quemaban los últimos cartuchos de la noche para abandonarles y caminar a grandes zancadas por una Nápoles que renacía a la nueva luz, tomados de la cintura.

Les llevó poco más de media hora pillar el equipaje, hacer cola para subir al navío y desparramarse sobre los primeros asientos de plástico que encontraron vacíos en la cubierta. Seguían llevando la misma ropa y estaban cansados, pero ya tumbados y con las cabezas apoyadas en la mullida bolsa, supieron que su idílico crucero no había hecho sino comenzar.

La sirena del ferry resonó por todo el litoral, haciendo de gallo marítimo para los madrugadores. El agradable balancear de las olas les meció, permitiéndoles quedarse dormidos y recuperar un poco del sueño atrasado antes de llegar a la hermosa isla a la que se dirigían.
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Shaka
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Notapor Shaka » 01 Ago 2006, 07:28

Durante los años dorados de la Dolce Vitta se había afirmado que Capri era lo más cercano al paraíso. Con sus calas entrañables y acogedoras, en las que el mar era brillante y transparente y el clima cálido durante todo el año, ofrecía un amplio abanico de posibilidades a los afortunados de mayores ingresos económicos.

Ellos no tenían demasiado dinero, pero igualmente les resultó un Edén en la tierra. Decidieron dejar la ciudad atrás y tomar un bus que les llevase lo más lejos posible, allí donde apenas iban los turistas. Se cruzaron con algunas parejas que pretendían lo mismo, así que prolongaron el trayecto a pie hasta que las temperaturas se convirtieron en intolerables.

Agradecieron de cualquiera de las formas la imposibilidad de seguir caminando, puesto que a lo bajo se extendía una pequeña playa situada entre una bahía. Las paredes de piedra eran altas y escarpadas, pero se podía acceder por un camino alternativo, posiblemente hecho por algún pescador que acudía a los peñascos a la caza de buenos ejemplares.

Nada más llegar a las sombras ocasionadas por el acantilado, decidieron refugiarse allí y levantar un sencillo pero romántico campamento. Dejaron las cosas de comer que habían comprado al frescor y se desvistieron, colocando la ropa sin demasiado orden.

Corrieron por la arena y se metieron a trompicones en el agua, mojándose el uno a otro sin importarles montar todo el escándalo posible, puesto que nadie había en al menos dos o tres kilómetros a la redonda.

Sandro se sumergió por completo, saliendo a la superficie con la melena adherida al busto. Piero se dejó embaucar por los destellos que la marea formaba en su piel, mordiéndole los labios a la par que depositaba una mano sobre sus glúteos y los apretaba con fuerza.

Acabaron por desfogarse sobre la arena y luego entre las rocas, haciendo de cada encuentro un motivo por el que no sentir un ápice de remordimiento por las mentiras que habían propiciado la escapada.

Siguieron amándose, jadeando y gimiendo sin reparos, hasta que la puesta de sol les pareció un buen momento para tomarse un descanso.

Él estaba sentado desnudo en la orilla, con las olas muriendo en la base de sus pies, mientras contemplaba el horizonte naranja. Giró el rostro hacia la derecha cuando escuchó un sonido familiar, y su natural espontaneidad se esfumó al ver el aparato que Sandro tenía entre las manos.

- ¡Sabía que la habías traído!

- Shhhh, no pienses en la cámara... – susurró él sin despegarse del objetivo -. La textura de la luz es perfecta.

- No me gusta que me saques fotos – protestó dulcemente.

- Deja que el mundo sepa lo maravilloso que eres a mis ojos – respondió él.

Halagado, Piero se acomodó y simuló que estaba en completa soledad, como si hubiese encontrado el retiro espiritual que todas las personas necesitan para dar consigo mismas. Y mientras él dejaba la mente en blanco, Sandro se movía de rodillas a su alrededor, retratándole desde todos los ángulos con la vieja cámara de su padre, la cuál le había regalado años antes al haberle dejado de dar uso.

Cada vez que apretaba el disparador configuraba la instantánea en blanco y negro en la mente, imaginando cómo sería una vez en físico, tras haber jugado con las posibilidades de los materiales y los químicos. Al acabar un carrete puso otro, y otro, capturando cada partícula lumínica antes de que muriese con la luna. Atrapó su esencia, inmortalizándole de cerca y lejos en decenas de poses y localizaciones, obteniendo un goce indescriptible.

Esa madrugada, mientras admiraban las estrellas acurrucados bajo una capa de toallas, hicieron nuevos planes: volverían todos los veranos allí, y rellenarían un álbum con las fotografías. Así, cada vez que la cruel realidad de su vidas lo hiciese necesario, podrían recordar Capri con sólo echarles un vistazo, y ninguno de los dos moriría en el corazón del otro, permaneciendo tan unidos como en aquel punto remoto del globo.


==============================================


- ¿Me prometes que nos veremos mañana?

- Claro... a la misma hora en el muelle.

Sandro asintió, luchando contra el ansia de no dejarle marchar. Estaban justo ante el portal de su casa, era noche cerrada y tenía que levantarse temprano para ir a la tienda, además de aguardar una buena reprimenda por parte de sus padres.

- ¿Lo has pasado bien en tu cumpleaños?

- Nunca lo olvidaré – susurró al oído, con una tesitura en la voz que sólo se daba en los enamorados.

Compartieron un último y veloz beso a salvo de miradas inoportunas, marchando a sus respectivos hogares. Piero desapareció por las callejas, y él subió las escaleras hasta el tercer piso esperando encontrar alguien despierto, puesto que prefería llevarse la bronca y digerirla con el sueño que tomarla a modo de desayuno.

Se encontró con el salón vacío, sólo una lamparita estaba encendida. Cerró con cuidado y entró a paso sigiloso, intuyendo que la pareja estaría dormida. Se asomó por el pasillo, pero la puerta de la alcoba estaba abierta.

Extrañado, dejó la bolsa en la mesa de la cocina y se fue a su habitación, la cuál parecía sumida en la penumbra.

- ¿Syb? – preguntó.

Distinguió la figura de su hermana sentada sobre la cama, pero ella no le respondió. Ya a sus espaldas volvió a llamarla, insistiendo.

- ¿Syb, estás bien?

Entonces la joven se incorporó, dándole una bofetada en la mejilla. Sandro se llevó la mano a la cara y le miró a los ojos. La poca luz de las farolas de la calle se reflejó en los mismos, repletos de lágrimas que no tardaron en brotar cuando se arrojó a sus brazos.

La asió contra el pecho, tratando de calmarla sin saber el por qué de su congoja.

- ¿Qué te pasa?

Ella no fue capaz de contestarle, ahogándose en sollozos. Apartó su larga cabellera y le acarició la nuca, rogándole una respuesta por escueta que fuera.

- Syb, me estás asustando. ¿Qué te ocurre?

- Idiota, ¿por qué te fuiste? ¿Dónde estabas? – dijo en un murmullo entrecortado.

Tal fue el shock que Sandro se llevó al conocer la noticia que su cuerpo no tuvo otra reacción que la de seguir abrazando a su hermana; allí se quedó por espacio de varios minutos, estático, sin soltarla, sin acompañarla en el llanto, sin pronunciar una mísera palabra en los cinco días que a continuación siguieron.

- Papá ha muerto... le arrolló un tren en la vía. Mamá no quiere verle, pero no se separa del féretro. Tienes que ir a reconocerle, yo no puedo... no puedo... – repitió una y otra vez, hasta hacerse inaudible.

Él había creído que se había hecho mayor a los dieciséis, cuando comenzó a trabajar y a ganarse un salario, o cuando empezó a salir con chicos y terminó por hacerlo con Piero. Supo que esas especulaciones ahora resultaban ridículas, pues la madurez le pesó como una loza esa misma noche al acudir al tanatorio.

Con su hermana destrozada y su madre sumida en un aplomo inconsolable, fue capaz de sacar adelante el entierro del cadáver mutilado a base de asertivos movimientos de cabeza, acudiendo al mismo gran parte del vecindario, avisados por el boca a boca y la descomunal esquela publicada en los tablones comunitarios.
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