Pierrot [Historia original]

Versión para adultos de Historias y Fanfics. Escribe aquí las historias que por su contenido no sean aptas para todos los públicos. Exclusivamente mayores de 18 años.

Notapor Shaka » 15 Dic 2006, 16:42

El disco llegó a su final por tercera vez consecutiva, pero Luca no se levantó para reanudar la audición. Se quedó en el sofá escuchando el golpear de la lluvia contra los cristales y la superficie de los canales cercanos.

El hielo donde había mantenido la botella sin descorchar se había derretido, y las velas habían alcanzado una cuarta parte de su dimensión original. Parecía un cachorro abandonado, esforzándose por seguir creyendo que pronto vendría alguien a recogerle.

Tuvo la tentación de servirse a solas una copa de licor, pero el llamado a la puerta le disuadió de hacerlo. Caminó descalzo hasta el recibidor, encontrando lo que desde hacía horas anhelaba.

Sandro estaba en el marco. Tenía las ropas caladas y el cabello apelmazado, deslizándose decenas de pequeñas gotas por doquier. Su postura le confería cierto aire desvalido, huidizo.

Seguía con la mirada fija en el vacío cuando finalmente se dignó a hablarle.

- Se acabó.

Luca le tomó del mentón para que fueran sus ojos los que se lo dijeran sin censuras, y la verdad refulgiera en ellos más brillante que las lágrimas.

- Voy a dejar de venderme – repitió.

Él reaccionó abrazándole cuando por fin fue sincero consigo mismo.

- No puedo más… - sollozó, pidiéndole mil y una disculpas por lo acontecido.

Lejos de reprocharle el retraso, o que hubiera dejado en un segundo plano lo que se suponía iba a ser una noche especial, se mostró comprensivo. Esperó a que recobrara la compostura y su respiración se estabilizara, secándole las mejillas con los pulgares.

- Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, pero necesito que me asegures que has tomado la decisión por tu propio pie, y no por lo que yo pueda pensar.

Luca le cogió de la mano para meterle directamente en la bañera, accionando el agua caliente tras introducirse los dos con la ropa puesta

- Vas a coger un resfriado si no le ponemos remedio – afirmó, besándole en la frente.

Sandro tuvo que sonreír ante la situación. Le dolía el cuerpo, especialmente los huesos por el frío que había pasado, y la sensación de tener los vaqueros completamente adheridos era desagradable. Se fue despojando de las prendas, amontonándolas arrugadas en una esquina.

- Eres demasiado bueno conmigo – murmuró, apoyando la cabeza sobre su pecho -.Te dije que lo estropearía.
- No pienses en eso ahora, tienes que entrar en calor.

Se dejó hacer, asimilando que lo que como mínimo Luca merecía era que siguiera sus instrucciones sin rechistar. Por no estar acostumbrado a que le llevaran entre algodones, las atenciones recibidas le provocaron un agradable sopor ya en el dormitorio, cubierto por un albornoz prestado y aguantando los ligeros tirones del cepillo con el que le estaba desenredando la melena.

- ¿Quieres que te traiga algo de beber? – preguntó, preocupado.
- Quédate aquí – le pidió, buscando sus labios con los suyos, ligeramente azulados.

Tras un día como ese, encadenando brutales sesiones sexuales, tenía la líbido por los suelos. Le carcomió el remordimiento y la angustia por si iba a decepcionarle, pues supuso que él habría fantaseado con un final perfecto para la noche precisamente allí, en su cama. Como si le hubiese leído el pensamiento, Luca le recostó sobre el lecho, tumbándose a su lado mientras le miraba a los ojos. Luego abrió los brazos para que se cobijara en ellos si era su deseo, dándole a entender que no estaba obligado a nada.

Sandro así hizo. Envuelto en su candidez se sentía protegido, invencible, experimentando una faceta desconocida de la confianza y la entrega hacia el ser amado. Supo que de nada valdría pregonar que le quería si no se mostraban transparentes el uno para con el otro.

- Te veía en todas partes… - le contó – creía que pensando en ti podría abstraerme y hacerlo más llevadero, pero no conseguía sino hacerme más daño. Era como pisotear tu nombre y escupir sobre el mío.
- Dime al menos un motivo por el que mantenerte en el mercado – respondió, acariciando su nuca.

Sandro enumeró mentalmente las ventajas fiscales que le habían llevado en el pasado a hacerlo, como la obtención de desorbitadas cifras en negro, sin impuestos, la libertad de trabajar cuando quisiera y como quisiera. Pero no se pronunció. Tras dejar pasar un lapso de tiempo prudencial, Luca contraatacó con una nueva pregunta.

- Y ahora dime cuál ha sido el que ha desequilibrado la balanza…

Eso sí que lo tenía claro, confesándoselo sin recapacitar.

- Me hacía ilusión la posibilidad de emprender un proyecto contigo. Algo que implicara centrarme en un cambio. Sé que es una tontería, pero…
- No es ninguna tontería – se apresuró a decir -. De hecho es estupendo, porque le he dado vueltas a algo que quería consultarte, pero no estaba seguro de si debía hacerlo.
- ¿El qué?

Luca se incorporó sobre un codo. Por su gesto serio, pero a la vez expectante, dedujo que se trataba de un asunto de importancia.

- ¿Te gustaría trabajar conmigo en la tienda? Podríamos innovar y explotar nuevas facetas. No sacarle partido a tu sensibilidad artística es un crimen, tenemos que hacer que tu obra vea la luz.

Sandro, anonadado, constató que eso sí que era un proyecto conjunto, y no las cursilerías en las que había divagado.

- Sería maravilloso, pero no me sentiría demasiado cómodo si tuviésemos que negociar salario y todo eso…

Él esbozó una sonrisa.

- Seremos socios, viviremos conjuntamente de las ganancias. Aspiro a ser tu novio, no tu jefe.

El rostro del napolitano, ya calmado, dejó entrever que le entusiasmaba la idea.

- ¿Cuándo empezamos?

Luca rió. Le encantaba la forma en la que era capaz de sacar a relucir su espontáneo extrovertismo incluso en momentos difíciles. Volvió a besarle, feliz por ver que aunque no habían hecho sino empezar como pareja, ya tenían pretexto suficiente para formar un buen equipo. Y pelear para alcanzar ese abstracto concepto de la felicidad podía servir para expiarles de sus respectivos sacrilegios.

Dado que el intercambio de sugerencias para la renovación del taller se vio interrumpido por las hambrientas tripas de Sandro, el dueño de la casa insistió en marcharse a la cocina y prepararle algo de comer. Mientras le esperaba en la cama, buscó su móvil entre sus pertenencias y tecleó un mensaje de texto.

La contestación de Katja no tardó en llegar.



Yo tb t quiero, bobo. Ya m contars mñn q tal cn tu nva vida.

Bsitos a los 2 ;-)




Releyó las palabras cifradas, aligerándose el peso que llevaba en el corazón por la manera en que la había tratado esa mañana. Podía soportar muchas cosas, pero nunca se perdonaría herirle.

Escuchó la oda compuesta por los cubiertos en el fondo del pasillo, sumado a la lluvia ya amainando estrellándose en la ventana de la habitación donde se habían acostado por primera vez. Pese a que Luca no llevaba ni un mes formando parte de su universo, era como si siempre hubiese estado presente, velándole, aguardando al instante preciso para materializarse.

Algo cambió en él aquella noche, pues de pronto el pasado le pareció un recuerdo inexacto, semejante a los que dejan las pesadillas, y el futuro un lienzo en blanco sobre el que dibujar con los pinceles del presente.
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Shaka
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Notapor Shaka » 17 Dic 2006, 13:21

- Capítulo 7 -







Las adversidades, unidas a la juventud, habían dotado a Sandro de una capacidad notable para ajustarse a los cambios. Aunque Luca había tratado de explicarle en varias ocasiones la utilidad de los diversos materiales y herramientas que ordenadamente se disponían por el taller, él le insinuó con cierta picardía que se limitaría a aprender todo lo que pudiera servirle para responder a las preguntas de los compradores, puesto que no tenía ninguna intención de adueñarse de las lacas y disolventes.

Así, tres semanas después de haber empezado conjuntamente en la tienda, Luca podía dedicarse a la creación de sus modelos en el departamento anexo, separadas ambas estancias por una sencilla cortina confeccionada en cuentas de madera.

Reproducía en el tocadiscos sus vinilos preferidos, llenándose el local con las grandes óperas, las cuáles tarareaba sosteniendo en lo alto las bases de papel maché recién limadas, ensayando en la mente la combinación de colores que iba a aplicar.

Sandro solía mirarle sin que se diera cuenta, con sus ojazos verdes concentrados en la tarea. La primera impresión que tuvo al entrar al negocio fue la de haberse incorporado a uno de esos anticuarios que se describían en los libros que gustaba leer, con sus paredes cubiertas de rostros rígidos y misteriosos, las estanterías impregnadas en un ligero olor a barniz y pan de oro, así como el mostrador de una sola pieza, robusto, seguramente adquirido en un mercadillo de antigüedades.

Era lo que se decía un lugar con encanto. Quizás otra de las tantas tiendas con encanto de Venecia para cualquier turista, pero un enclave especial para él, puesto que aquello que le abrigaba con un calor indescriptible no estaba a la venta, aunque su labia fuera más que suficiente para convencer al más indeciso.

Al igual que él espiaba, Luca también solía acercarse al límite del taller para escuchar las conversaciones que Sandro mantenía con los curiosos que de vez en cuando pasaban a echar un vistazo. Se mostraba atento y simpático, recurriendo a todas las experiencias en el trato personal que había tenido desde edad temprana. Cuando los clientes eran extranjeros les atendía en un correcto inglés, incluso se aventuraba a chapurrear el poco alemán que conocía.

Convencidos muchas veces por la calidad de las máscaras, y en tantas otras reforzada la predisposición por la amabilidad del vendedor, raro era el día en que no despachaban ocho o nueve ejemplares. Pese a que las ventas por Internet seguían siendo las mayoritarias y que las cifras parecían estar mejorando, no se acercaban ni por asomo a las que teóricamente debían ser las mínimas para que el negocio se sostuviese por sí solo.

Mas al dueño no le importaba. Se sentía dichoso y finalmente se había salido con la suya. Barrió los restos de polvo que los ladrillos habían soltado al ser perforados con un taladro, ajustando luego la colocación de los marcos para que estuviesen nivelados.

Tras ello, Luca observó a varios pasos de distancia la mini galería fotográfica que había dispuesto a lo largo de la pared. Sacar el tema entre sábanas había resultado fructífero, pues Sandro accedió a recopilar las mejores instantáneas que había hecho de la ciudad de los canales, exponiendo una copia de cada para incitar a los visitantes a llevarse alguna.

Quizás no era algo demasiado destacable, pero él lo proclamó razón de peso para celebrarlo. Desplegó una sonrisa cuando al volverse por las campanillas de la puerta reconoció a Katja. La joven, fiel a su promesa de asistir, portaba tres vasos llenos del estupendo café de un restaurante cercano.

- Buenos días – saludó.

Él dejó la escoba en una esquina, agradeciendo el detalle que había tenido.

- ¿No venía Sandro contigo? – preguntó Luca, aspirando el exquisito aroma del capuchino.

- Salió un poco antes, me dijo que nos tenía que dar una sorpresa...

Ella dejó la frase en el aire, acercándose hasta las fotos para admirarlas. Rió señalando una de las mismas, tomada en las inmediaciones del embarcadero.

- Recuerdo ese día. Me convenció para que le asistiera, pasé un frío terrible.

- A mí me gusta esta – indicó él -. Representa justo el concepto que tengo del anochecer en Venecia: la inmensidad de las lagunas, los últimos rayos reflejados en las fachadas, esas sombras... me inspira melancolía.

Katja bebió un poco de su café, abstrayéndose en más análisis que hasta la fecha no había tenido oportunidad de llevar a cabo con un entendido. Tan centrados estaban en sacar cualidades plásticas donde Sandro no había querido sino plasmar la sencillez con la que percibía el entorno, que de nuevo la campanita les sobresaltó.

Cuando repararon en la identidad del recién llegado, no tardaron en exclamar y recibirle por todo lo alto.

- ¡No me lo puedo creer! – afirmó la alemana, asombrada.

- Ya era hora de cambiar un poco – respondió Sandro, dejando la cazadora sobre la silla que había tras el mostrador.

Se había cortado el pelo, dejándose únicamente el largo necesario para poder peinarlo a conveniencia, adquiriendo el cabello un tono castaño más oscuro al haber perdido los mechones decolorados por la acción del sol. Ello, sumado a la pequeña perilla en forma de triángulo invertido que se había dejado crecer bajo el labio inferior, le confería un aspecto espontáneo y versátil.

Se acercó hasta ellos, susurrándole Luca antes de besarle.

- Estás guapísimo.

- Gracias... – replicó él.

Katja le tendió su vaso, iniciándose la informal inauguración de la galería. A través del escaparate los transeúntes podían verles gesticular con el peculiar énfasis que los italianos añadían a sus conversaciones. Sandro recalcaba hasta el agotamiento que esas no eran ni por asomo sus mejores fotos, mientras que ellos seguían sonsacando nuevas lecturas que el artista ni se había planteado.

Iba a tirar el vaso a la papelera del mostrador cuando escuchó sonar su móvil, acercándose a la puerta para atender la llamada.

Luca y Katja siguieron hablando durante los minutos en los que el protagonista de la exposición se ausentó. Cuando éste volvió, sus sonrisas se convirtieron en un gesto de estupefacción.

- ¿Qué pasa?

Sandro estaba serio, tenía el rostro enmarcado en un visible y amargo rictus. Le contestó con tranquilidad forzada, fruto tal vez de los efectos de una noticia que no esperaba recibir.

- Era de la residencia. Mi madre murió anoche, no pudieron llamarme hasta ahora porque extraviaron los expedientes y no encontraban mi nuevo número.

Luca sintió que el aplomo caía sobre sus hombros. Katja, en cambio, fue la primera en reaccionar, abrazándole.

- Lo siento mucho.

- No pasa nada – replicó él -. Puede que sea lo mejor, ya no sufrirá más.

Su mirada se encontró con la que, preocupada, le escrutaba. Tratando de suplir la tristeza siendo práctico, expresó en alta voz su intención inmediata.

- Tengo que marcharme a Nápoles. Si cojo el siguiente tren llegaré de madrugada.

- Voy contigo – afirmó Luca -. Llamaré a Michael para que prepare el avión de inmediato.

Sandro se soltó con suavidad de los brazos de su amiga, queriendo disuadirle.

- No hace falta que me acompañes. ¿Quién se quedará vigilando la tienda si nos vamos los dos?

- No seas idiota – exclamó Kat -. Largaos ahora mismo, yo me haré cargo del mostrador. Llamaré a Gabriela para que venga, hoy tiene día libre.

Luca se apresuró a darle las correspondientes llaves, no dejándole oportunidad de intervenir para tratar de convencerles. Antes de que pudiera darse cuenta, Sandro se encontraba andando en dirección al tronchetto con el brazo derecho del veneciano rodeándole. Mientras deshacían el camino, éste hizo los preparativos vía telefónica.

- Sí, a Nápoles. Estupendo, iremos de inmediato hacia allí. Te lo agradezco, Michael. Hasta luego.

Durante la hora y media que les llevó acudir a sus respectivas casas para tomar el equipaje imprescindible y emprender rumbo al aeródromo, prefirieron no hablar. Tenían demasiadas cosas sobre las que meditar, especialmente el significado que aquella muerte cobraría en la etapa que se encontraban atravesando.
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Shaka
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Notapor Shaka » 19 Dic 2006, 10:58

Desde que abandonase Nápoles hacía casi un lustro, Sandro había tratado de cumplir su promesa con alguna que otra visita relámpago a la residencia, encontrándose como de costumbre el mismo panorama

Tras un vuelo sin contrariedades, constató que su ciudad seguía siendo un hervidero de gente, calles laberínticas, vespas y jovialidad provocada por el grato clima marino, pero tal y como esperaba la monotonía se rompió en el centro residencial.

Ya no volvería a encontrarla al final del pasillo, con la mirada perdida en un horizonte inexistente y su gesto impasible ante las palabras de la única persona que le quedaba. Tampoco la sobria enfermera jefe le comentaría que el cuadro clínico seguía sin ofrecer demasiadas esperanzas de que saliera con éxito del shock.

En lugar de ello, una auxiliar de modales pausados le comunicó que su madre había fallecido sin previo aviso mientras dormía, siguiendo los responsables las instrucciones que el propio Sandro había dejado por escrito el día en que la ingresó. Tras la verificación forense de la defunción, se iniciaron los procedimientos para que el cuerpo fuese incinerado.

Debido a la eficiencia técnica de los empleados, los incómodos trámites no duraron demasiado. Un buen montón de documentos que firmar, el abono de las tasas pertinentes y algunas llamadas propiciaron que llegaran al caótico cementerio de las afueras cuando el sol había comenzado a ponerse.

Agradeció el hacer del sacerdote cuando éste abrió la compuerta de uno de los dos nichos. Una vez el anciano se hubo retirado, Sandro depositó la urna de las cenizas junto a la que contenía los restos de su hermana, a fin de permitir que las dos estuviesen juntas en el último viaje.

Luca contemplaba la escena guardando un respetuoso silencio. La luz anaranjada confería un hermoso colorido a las lápidas de las tumbas; reparó en el nicho que había junto al de ellas, en el cuál figuraba el nombre del padre de Sandro. Ahí estaban de nuevo los cuatro reunidos, en unas circunstancias diametralmente opuestas a las del pasado.

- Hacía más de un año que no venía a verla – dijo él, sintiéndose culpable por no haber podido despedirse.

- No te atormentes – le consoló, admirando su entereza -. Lo habrías hecho de haber sido otra tu situación.

Sandro asintió. Quería marcharse de allí. No le gustaba la quietud del lugar, ni sus siniestros pasillos de lozas de mármol, ramos marchitos y visitantes ataviados de negro.

Ahora que Luca había visto de forma tangible parte de lo que le había relatado, sentía que no tenía motivos para regresar, puesto que visitar lo que quedaba de sus cuerpos no era nada comparado a los recuerdos que se alojaban en su corazón.

Anduvieron lentamente hasta la salida, tomándole Luca de la mano mientras intentaba divisar la silueta de algún taxi.

- ¿Quieres que nos vayamos ya al hotel?

- No. Me gustaría enseñarte dónde estaba mi casa. Nos llevará un buen rato a pie, pero me apetece caminar.

Él no puso objeción. Había estado anteriormente en la urbe napolitana por estudios, analizando la gama de estilos artísticos que la invadían, mas ello no sería comparable a recorrerla en la intimidad de la noche, los dos solos, compartiendo uno la carga de rememorar, abriéndose el otro para sentir a flor de piel cómo era el mundo del que provenía.

Dada la ubicación del cementerio católico, anduvieron por la avenida costera hasta que un sinfín de pequeñas luces relucieron en la penumbra. Los edificios, comercios y farolas conformaban una masa dorada en medio de la oscura silueta del Vesubio, creando un paisaje impresionante; arcaico y visceral como todo en aquella zona del país, y por ello terriblemente acogedor.

Sandro no le soltó en ningún momento mientras serpenteaban por las callejas tras alcanzar la plaza principal. Cuantiosos grupos de jóvenes se arremolinaban en las puertas de los bares, disfrutando del buen clima propio del mes de junio.

Le contó que él mismo solía frecuentar esas zonas mientras subían los peldaños de piedra con los que se accedía a los barrios de las colinas, en los que se asentaban las clases obreras. Los edificios mostraban un aspecto sucio, aunque no deteriorado, y la vida cotidiana se expandía por todas partes. Luca miraba a lo alto, donde las liñas colgaban entre balcones por acuerdo tácito de las vecinas; decenas de camisas blancas ondeaban para secarse, sin temer a la humedad que la brisa arrastraba del mar. El aroma de las cocinas escapaba por los ventanales, y algún que otro grupo rezagado de chiquillos corría, esquivándoles, para no llegar tarde a casa y llevarse una reprimenda.

Lo más curioso de todo es que no le resultó difícil imaginarse a Sandro ahí, creciendo entre recovecos ideales para jugar al escondite. Era como si su personalidad encajase perfectamente con ese entorno hasta la fecha inédito para él.

Luca salió de su ensimismamiento cuando se detuvieron ante la fachada de un edificio. Era estrecho, con un sencillo portal cuyos cristales habían sufrido un par de pedradas, estando cubiertos los agujeros con varias capas de cinta adhesiva de embalaje. Las luces del piso de la tercera planta estaban encendidas.

- Es ése – comentó con un deje de añoranza -. Supongo que el que la compró seguirá ocupándola. Ni me he molestado en comprobarlo.

- ¿Y la tienda? – quiso saber.

- En el lado opuesto de la manzana. Aunque dudo que esté reconocible – afirmó reanudando el paso.

Se metieron por un callejón cuya salida daba a lo que actualmente era una tienda de muebles, o una tapadera, como ambos bien sabían. Trataron de ver lo que había más allá del escaparate, sacando en claro que habían tirado los tabiques, llenando los espacios con sofás pasados de moda. Tras haber invertido un par de minutos en lamentar lo que había sido del antiguo negocio, Luca decidió que era suficiente.

- Debes estar cansado – dijo, puesto que al agotamiento emocional había que sumarle la caminata -. ¿Quieres visitar algún otro sitio?

Negó con la cabeza. Que le hubiese acompañado en ese recorrido significaba tanto para él que sólo conocía una manera de expresarlo. Buscó su boca, besándole con parsimonia.

Centrada en la apacible unión, la pareja no advirtió que alguien se aproximaba. Sandro separó los labios de los suyos cuando comprobó que dicho extraño se había detenido. Incómodo por ser ambos el centro de atención, iba a buscar nuevamente la mano de Luca para iniciar el último tramo hasta el hotel cuando se quedó sin habla, al igual que el chico que, asombrado, no tardó en reconocerle pese a los cambios físicos experimentados.

- Piero... – logró articular.

Su ex, demasiado impactado por encontrarle allí tanto tiempo después y en compañía, correspondió al abrazo que le estaba dando antes de depositar las manos sobre su cara para convencerse de que era cierto.

- ¿De verdad que eres tú? No me lo puedo creer... ¡Sandro Galenni ha vuelto al hogar! – rió alegremente.

Sandro sonrió, contagiado por su espontáneo y característico entusiasmo. Sin perder la afabilidad con la que había asimilado el encuentro, miró al que era su actual compañero, procediendo a presentarles.

- Él es Luca.

- Encantado – se apresuró a decir, tendiéndole la mano y estrechándola con vigor -. Yo soy Piero.

- Me han hablado mucho de ti.

- ¿Ah sí? – replicó el joven, sorprendido.

Tras la introducción se formó un breve silencio. Abrumado por haber hallado respuesta a la eterna pregunta de qué habría sido de él, Piero reclamó la información que parecía más lógica.

- ¿Qué haces en Nápoles? Creía que no volverías a vivir aquí.

- De hecho ahora resido en Venecia – explicó -. Mi madre murió ayer, vinimos a hacernos cargo de la ceremonia.

- Cuanto lo siento... ¿seguía ingresada en la residencia? He estado a punto ir a visitarla muchas veces, pero no me decidía.

- Mejor no hablemos de eso. ¿Qué hay de ti? Estás estupendo.

Luca les observaba. Parecían los clásicos amigos que habían pasado toda la vida juntos, unidos por un sinfín de experiencias que, en este caso concreto, desembocaron en un amor desafortunado. Sí, eso era exactamente lo que eran. Reconoció en los gestos de Piero y la familiaridad con la que se trataban una faceta de Sandro que desconocía, descubriéndose a sí mismo sintiendo algo parecido a la angustia.

- ¿Tenéis prisa?

- No, para nada – contestó Luca, sin querer interponerse.

- Si queréis podemos tomar algo en mi casa y hablamos tranquilamente.

- ¿En dónde vives ahora?

Piero se encogió de hombros, excusándose.

- En realidad sigo con mis padres, pero ellos están de viaje. Todavía te acuerdas de donde está, ¿no?

- ¡Claro! ¿Cómo iba a olvidarme?

Caminaron hasta la consabida vivienda, tan antigua y pintoresca como lo podría haber sido cualquier otra de las inmediaciones. La conversación continuó una vez estuvieron sentados en la mesa, sirviendo el anfitrión sendas tazas de café recién hecho.

- ¿A qué te dedicas?

- Mi hermano me hizo fijo en su empresa. Ahora estoy de comercial por la zona, seguramente en los próximos meses dé el salto y vaya a captar clientela a otras ciudades – le contó, satisfecho.

Luca asentía sin decir nada, puesto que poco podía aportar. Su posición ventajosa, derivada de conocer todos y cada uno de los detalles de la relación que entre ellos dos había existido, le hacía sentir incómodo. Mantuvo una sonrisa neutra, siendo el primero en terminarse el café. Al agotársele la cordialidad, decidió refrescarse y dejarles un momento a solas.

- ¿Podrías decirme dónde está el servicio?

- Claro, es la segunda puerta a la derecha – indicó.

Cuando estuvo en la única compañía del hombre al que pese a todo no había olvidado, Piero bajó el tono de voz, mirándole a los ojos mientras procedía.

- ¿Aún sigues ejerciendo?

- Lo dejé hace poco - expuso tajantemente.

- ¿Quieres decir que...?

- Sí, me he estado vendiendo durante estos años.

Piero desvió la mirada, evidenciando la contradicción que semejante respuesta le había ocasionado.

- Entonces, ¿tú y él...?

- Estamos juntos – dijo -. Le quiero, y creo que él también a mí. ¿No sales tú con nadie?

- He tenido algunos líos, ya sabes... de hecho tengo uno ahora que quizás acabe en algo más, pero...

Sandro esperó a que terminase; dado que no lo hacía, le incitó a que se atreviera a decirle lo que había dejado en la recámara.

- ¿Pero...?

- No ha habido día en que no me haya arrepentido de haberte dejado marchar en aquel tren.

Suspiró. Era justo lo que no deseaba oír.

- Arrepentirse de lo que uno no ha hecho no sirve de nada. Tuviste la oportunidad de elegir y lo hiciste. Fin del asunto.

- Fui un imbécil, tendría que habértelo demostrado.

- ¿El qué?

- Que te quería. Era eso lo que pretendías averiguar, ¿no?

Sandro se puso tenso.

- Si crees que lo hice sólo para que te fugaras conmigo, estás muy equivocado. No tenía otra salida, me limité a ofrecerte una posibilidad de cambiar de aires.

- ¿Y no pensaste que me haría daño el que me dejaras aquí?

- Por lo que más quieras, Piero... eras mi novio, ¿qué iba a hacer? ¿Largarme sin despedirme y mandarte un mensaje al móvil cuando hubiese llegado a Roma? – exclamó.

- Podrías haberte quedado conmigo. Nunca fui una prioridad para ti.

Luca salió del cuarto de baño en el momento preciso para escuchar la última parte de la conversación. Sus modales le indicaban que espiar era un acto del todo incorrecto, pero por un impulso que no podía controlar permaneció oculto, atendiendo al giro que el diálogo había tomado.

Ajeno a ello, Sandro procedió a ser sincero. Tenía con él confianza suficiente como para no callarse, aunque pudiera herirle.

- ¿Sabes por qué lo nuestro no funcionó? Porque nunca llegué a pensar que podía confiar plenamente en ti.

- ¿Qué insinúas, que me ocultabas cosas?

- Sí.

Piero rió, no sin cierta amargura.

- ¿Y a él también?

- Luca es el único al que se lo he contado todo. Conocerle ha sido lo mejor que me ha pasado.

- Vaya, qué conmovedor... – resopló.

- Es gratificante comprobar cuánto te alegras por mí – respondió con ironía.

Luca notó que le aumentaban las pulsaciones, seguramente por la insensatez de lo que estaba haciendo, pero sobre todo por lo que acababa de escuchar. ¿Tan despreciable era que se sintiera vencedor sobre aquel chaval cuya única culpa consistía en no haberle olvidado?

- Lo siento, no pretendía decir eso – continuó Piero.

- Apenas has cambiado. Siempre metiendo la pata y pidiendo disculpas... – añadió Sandro tratando de ser conciliador, pues no quería llevarse otro disgusto.

Acarició lentamente su mejilla, reflejando en un gesto el gran cariño que hacia él conservaba.

- A mí también me hubiese gustado que las cosas entre nosotros fuesen distintas, pero no hay vuelta atrás. Deberías cambiar de parecer con ese “rollo” que tienes y darle una oportunidad.

- Me asusta bastante lo de sentar la cabeza.

- Lo sé – respondió Sandro, procediendo a dejarle claro que su corazón ya tenía dueño -. Pase lo que pase, no olvides que siempre seremos amigos. Para mí simbolizas todo lo bueno que aquí me queda.

- Tendré que interpretarlo como un halago – añadió él, advirtiendo que Luca se unía a ellos.

Él aparentó incorporarse a la reunión sin tener constancia de lo ocurrido. Antes de que pudiera tomar asiento, Sandro se levantó de su silla.

- Es tarde y mañana supongo que tienes que madrugar, ¿no?

- Sí. Podríamos quedar para tomar algo. ¿Cuándo os vais?

- Partiremos a primera hora – expuso el mayor del trío -. Nos espera un montón de trabajo.

Piero pareció decepcionado por la imposibilidad de llevar a cabo los planes sugeridos.

- Es que regentamos un taller de máscaras en el casco histórico – explicó Sandro, haciéndose palpable la complicidad existente -. Apunta mi móvil, por si algún día te pasas por Venecia.

Piero tomo nota, intercambiándose en el marco de la puerta las ultimas reseñas antes de despedirse, recibiendo amables rechazos de sus propuestas para que se quedaran un poco más. Lo cierto es que el tal Luca no parecía ser mal tipo, así que se tragó el orgullo y volvió a estrecharle la mano.

En cuanto a Sandro, el abrazo con el que le obsequió fue más pausado que el compartido en la calle; menos angustioso que el dado en la estación de trenes, pero igual de cálido.

- Llámame algún día.

- Lo haré – respondió, viéndoles marchar por la escalinata.

Cuando se hallaron recorriendo las aceras, Luca comentó que quizás habían puesto un final algo abrupto a la reunión.

- Podríamos habernos quedado.

- No, es mejor dejarlo así. Le aprecio mucho, pero no me apetece entrar de nuevo en su juego.

Él respetó su voluntad, aunque debía reconocer que le alegraba haber salido del piso. Sandro le observó, deteniéndose en medio de la avenida en la que acababan de desembocar ahogando una carcajada.

- ¡Estás celoso!

- ¿Yo? – preguntó Luca, disimulando.

- Tienes las aletas de la nariz contraídas, y te has sonrojado.

Ya que no mostró intención alguna de rebatir el veredicto, confirmó que estaba en lo cierto. Se divirtió sanamente por ello hasta que llegaron al hotel, situado en plena línea de costa junto a los muelles deportivos. Era uno de esos hospedajes de construcción reciente y arquitectura minimalista, en la que habían reservado una doble con vistas al paseo marítimo.

Sandro encendió la luz del baño, despojándose del jersey y quedando con el torso al descubierto.

- Voy a darme una ducha. ¿Te apuntas?

- Sí, pero antes elige de la carta – le pidió, descolgando el teléfono de su base para llamar al servicio de habitaciones.

- No tengo hambre – se excusó, terminando de desnudarse en la otra dependencia.

- Tienes que comer algo – insistió -, no has probado bocado en todo el día.

Ya que iba a hacer el pedido por mucho que protestase, dejó que ordenase a cocina en su nombre. Le escuchaba hablar con su exquisita modulación mientras se metía en la mampara, accionando la llave del agua caliente. Cerró los ojos, centrándose en la sensación del líquido recorriendo su anatomía.

Luca no tardó en seguirle, sintiendo su cuerpo rodeando sutilmente el suyo. Al girarse contempló los perfiles sensuales de su rostro, los cuáles le conferían un maduro atractivo en su todavía juvenil apariencia.

- Habernos encontrado con Piero me ha servido para algo importante – comentó Sandro.

- ¿El qué?

- Mientras estábamos hablando me ha invadido la misma sensación que antes me producía estar a su lado. Al principio me gustó, era como si me inspirara seguridad, pero después... fue como si hubiese retrocedido y estuviese en el mismo punto que cuando tenía dieciocho años.

Él trató de comprender lo que quería decir, apoyándose ambos sobre la superficie de los azulejos.

- Si me hubiese quedado aquí, nos habríamos estancado. Puede que para él la estabilidad se reduzca a permanecer en la misma posición todo lo posible, pero eso ya no me es suficiente.

Admiró el brillo de su melena negra, ahora completamente lacia por el peso del agua, fijos sus iris de ensueño en los suyos.

- Así que deja de agobiarte por tonterías. ¿No es contigo con quien voy a pasar la noche?

- Conseguirás que me sienta como un idiota por ese ataque posesivo de antes... - murmuró Luca.

- En realidad me encanta que los hombres se peleen por mí – contestó, a escasos centímetros de sus labios.

Ya que el botones llamaría a la puerta en cualquier momento, no se entretuvieron bajo el grifo. Se sentaron en la cama cubiertos por los albornoces bordados con el logotipo del hotel, ingiriendo la cena ligera que cargaron a la cuenta.

Había sido una jornada frenética y ambos estaban cansados, pero no lo suficiente como para hacer caso omiso de las mensajes que inconscientemente se lanzaban.

Luca se tumbó en el lecho, dejando encendida la lamparilla que colgaba de su lado de la cama. Sabía que Sandro lo estaba pasando mal aunque aparentase lo contrario y, sin embargo, unas ganas tremendas de hacerle el amor le invadieron. Quería fundirse con su cuerpo, y borrar el dolor a golpe de caricias.

Él leyó las intenciones en el fondo de sus pupilas. Se recostó a su lado, no siendo por vez primera el que tomaba la iniciativa de seguir el impulso inicial. Permitió que su boca se acoplara con la ajena, recibiendo la firmeza de los dedos de Luca al deslizarse éstos por el grueso tejido que le cubría. Suspiró cuando le abrió el albornoz, besándole el pecho y las clavículas, descendiendo hacia el abdomen a medida que recorría sus piernas con las yemas de los dedos.

Sandro notó que la sangre le bullía. Antes de que la pasión les llevara a cometer una temeridad, sostuvo el rostro de Luca, hablándole de cerca.

- ¿Los trajiste?

Él asintió, levantándose para buscar en un bolsillo de la maleta. Había adaptado el ritual de los preservativos a su vida sexual sin demasiadas esfuerzos, dejando el consabido envase en el extremo de la almohada junto a un pequeño tubo de gel incoloro.

Continuaron por donde lo habían dejado antes del breve paréntesis. Luca se tendió sobre sus formas, siendo desvestido con relativa rapidez. Él acarició su espalda, mordisqueando su cuello a la par que sentía la erección ya formada clavarse en su ingle, rogando ser atendida.

Cuando sus deseos fueron concedidos, Sandro le sugirió que parase, pues le apetecía probar algo distinto. Movido por la incombustible necesidad de aprender trucos para llevar sus encuentros a otro nivel, Luca se dejó embadurnar el índice y anular derechos en el lubricante.

- ¿Quieres que lo busque? – preguntó, con el rostro ardiendo.

- Sí. Hazlo despacio, te iré guiando...

Él volvió a besarle mientras se introducía poco a poco, venciendo la resistencia hasta que pudo alojar en su interior ambos dedos. Sandro movía levemente las caderas, acomodándose a una intromisión gradualmente perfecta.

- Ve tanteando... – le susurró al oído con los ojos cerrados, sintiendo su hacer en las sensibles paredes rectales.

Dio un respingo, movido por una sensación que, si bien electrizante, resultaba violentamente placentera.

- ¿Aquí? – le preguntó, sorprendido por la rapidez con la que había localizado la región.

- Sí, pero no aprietes, o no podré controlarme – rió, sin querer que la diversión se fulminase.

Luca se retiró despacio, encendiéndose aún más sus mejillas ante la proposición que se antojó hacerle.

- Podríamos probar penetrando de verdad.

Él se mostró conforme, complacido por ver que estaba dando muestras de superar el miedo escénico al rol que en relaciones anteriores le había sido vetado. Se puso de rodillas, y Luca se preparó cubriendo su miembro con ambas capas sintéticas, colocándose detrás de él para introducirse todo lo profundo que la postura permitía.

Le besó la nuca una vez se hubo deslizado hasta el límite, entrelazando los dedos con los suyos sobre el muslo de Sandro, sintiendo que le apretaba la mano cada vez que el movimiento se acercaba a su objetivo.

- Inclínate un poco – le pidió, llevándole la otra mano hacia la entrepierna para que le masturbase.

Luca apoyó la frente en su espalda, captando las sugerentes variaciones en sus jadeos. Trabajaba su rigidez imprimiendo una velocidad creciente, notando cómo palpitaba.

- Estás excitado – le dijo.

- Lo haces muy bien, aunque no te lo creas – replicó entre dientes, luchando contra las reacciones fisiológicas.

Mantuvo la cadencia un par de minutos, hasta que en un arrebato Sandro le pidió que le embistiera más fuerte, llenándosele los dedos de la cálida consistencia del semen. Pletórico por haber consumado la hazaña, decidió desfogarse moviendo la pelvis, dejándose caer cuando se estremeció por completo en un final repentino e intenso.

Permanecieron un rato así, acompasando los latidos resguardados en el calor que manaba de sus cuerpos, saliendo de su interior antes de que el cansancio llamara a la flacidez. Estuvo a punto de dejarse arrastrar por el sopor aferrado a su espalda, mas la voz de Sandro, el cuál miraba el condón anudado sobre la mesita, rompió la quietud.

- Tenemos que seguir teniendo cuidado hasta que me haga la última prueba del VIH... – musitó.

Él depositó el mentón sobre su cuello, acercando los labios a su oído.

- ¿Cuánto tiempo tienes que esperar?

- Hasta diciembre. Hay que dejar pasar seis meses para que los resultados sean fiables.

Luca le besó, haciendo que se diera la vuelta para poder mirarle a la cara.

- Iré contigo y también me las haré. Así estaremos completamente seguros.

A él se le formó un nudo en la garganta. Tras la vertiginosa combinación de sensaciones que acababa de experimentar, aquella declaración terminó de romper el escudo con el que se había protegido en las últimas horas, incluyendo el recurso desesperado del sexo.

- A mi madre le hubiese encantado conocerte.

Su confidente percibió que había sobrepasado el límite de la resistencia. Le habló con una dulzura que, pese a los buenos momentos compartidos, aún no había podido emplear.

- No hace falta que sigas conteniéndote. Sé que has estado todo el día fingiendo, empiezo a conocer tus reacciones.

Sandro esbozó una tenue sonrisa.

- Vas a pensar que no hago más que llorar...

Él no añadió nada. Le estrechó contra su torso para que pudiera desahogarse a conciencia, mirando a la pared contigua mientras peinaba los cortos cabellos húmedos.

¿Cómo podía reprocharle que llorase la muerte de su madre? Si realmente había alguien en aquella habitación que debía ser tachado de culpable, era él mismo. Y es que por mucho que lo intentó, Luca no pudo conciliar el sueño. No hacía sino repetirse que era un cobarde, y que su actitud era de todo menos condescendiente. En el momento en que se hallaba ante las tumbas de los seres a los que no podría llegar a conocer, sus padres seguían creyendo en una mentira que empezaba a desquebrajarse tras una década de existencia.

Cuando estuvieron a bordo del jet privado de vuelta a Venecia, decidió que tenía que hacer algo al respecto. No sería sencillo, ni mucho menos cómodo, y posiblemente le acarrearía más problemas de los que había tenido a lo largo de su privilegiada vida, mas después de lo ocurrido en el caluroso perímetro napolitano, era la muestra de amor más justa que podía entregarle a Sandro a cambio de su ciega confianza.
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Shaka
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