Pierrot [Historia original]

Versión para adultos de Historias y Fanfics. Escribe aquí las historias que por su contenido no sean aptas para todos los públicos. Exclusivamente mayores de 18 años.

Notapor Shaka » 04 Ago 2006, 07:38

La tienda se convirtió en una procesión permanente de personas que acudían a dar el pésame a la viuda. Pasadas varias jornadas desde el sepelio, su madre no tuvo otra opción que la de recibir a los parientes lejanos y amistades vestida de riguroso negro, agradeciendo las atenciones y compartiendo con ellos la pena como correspondía a una señora de su categoría.

Piero volvió a asomarse a lo lejos desde el principio de la calle, mirando con temor la congregación humana. No había sido capaz de acercarse a él, pues jamás se había enfrentado a una situación similar. Tampoco sabía cómo iba a reaccionar Sandro tras tanto sin verle. Demasiado transcurrido en poco tiempo, demasiados secretos guardados entre los dos.

Mas necesitaba ir a su encuentro y, aunque fuera, decirle unas palabras que sin bien no iban a aplacar su dolor, cumplieran el protocolo social.

Sybilla le distinguió, acercándose sin despegar la mirada del suelo. Era una joven muy guapa, con sus ojos marrones de tupidas pestañas, y su melena negra ligeramente rizada. Piero estaba al tanto de lo que ella sabía, así que no se sorprendió al escuchar lo que tenía que decirle.

- Se marchó hace un rato. Supongo que habrá ido a los diques.

- Gracias. Lo siento mucho.

Ella esbozó una ligera sonrisa, la cuál conseguía no parecer forzada tras jornadas enteras de práctica. Él puso camino al mismo punto al que había acudido todos los días desde entonces esperando hallarle.

Al fin le vio. El Sandro de siempre, vivaz y desenfadado, increíblemente hermoso en aquel decorado de hormigón y mar.

Se sentó a su lado, y vio que entre las manos tenía las fotografías ya reveladas. Su primera reacción fue sorprenderse por el resultado, no reconociéndose a sí mismo. Pero la egocéntrica admiración de sus formas en papel pasó a un segundo plano, llevando a cabo aquello por lo que estaba allí.

- Tú no tienes la culpa.

Sandro le miró, y por primera vez desde el domingo rompió su silencio.

- Me dijo que no me fuera, que tenía un turno y no quería que ellas estuvieran solas... y no le hice caso.

Se había pasado los días recordando las palabras de su padre con un terrible sentimiento de culpabilidad. ¿Era posible que éste intuyese que algo iba a ocurrir? ¿Por eso había adoptado su rostro tan apesadumbrada expresión?

El vértigo le producía pánico. Sólo pensar que tendría que tomar las riendas del negocio le aterrorizaba. Su vida sin complicaciones hasta la fecha, en la que las semanas eran una sucesión de laborío amenizado con juergas, le pareció lejana.

Y lo peor de todo era que el único apoyo con el que contaba era el de alguien que no podía seguirle en el camino, puesto que su universo estaba destinado a permanecer igual hasta pasados unos cuantos años más. Piero no podía ponerse en su piel, ni asimilar todas las responsabilidades de él, ni darle consejo. Y el propio Piero lo sabía.

Pero también era consciente de la importancia de sus actos, puesto que era el único con la capacidad de sacarle del pozo, permitiendo que remontase el vuelo por sus medios y luchara por sobrevivir.

Le abrazó mirando al infinito, allí donde estaba la Capri a la que no volverían, rompiendo la promesa hecha en las playas y desvaneciéndose el primero de sus sueños conjuntos.

- Suéltalo – le dijo -. Llora, Sandro. Tu madre y tu hermana te necesitan, desahógate o no estarás en condiciones de afrontarlo.

Él se esforzó por obedecerle. Se escondió entre su torso y se dijo que quería llorar, que lo necesitaba, pero no lo conseguía y eso le ofuscaba. Cuando tras un largo rato las lágrimas asomaron, ya no sabía si se debían al desasosiego por la pérdida, la frustración por tan estúpido combate o al dolor físico.

Piero no le soltó en ningún momento. Peinó sus cabellos y aspiró su aroma mientras le dejaba liberarse, recibiendo un torrente salado que fue vertido a violentos espasmos, como las aguas que bravas corren tras romperse la presa que las retienen.


------------------------------------------------------------------------------------



Los primeros meses de aclimatación al trepidante ritmo del empresario no fueron nada fáciles. A base de paciencia fue consiguiendo que su madre le mostrara todas las tareas que en el pasado él no había desempeñado, pero que resultaban fundamentales para mantener a flote la tienda.

Se involucró en una compleja maraña de contactos, formas de compra y contratos de palabra en los que la confianza vitalicia tenía mayor valor que las leyes escritas. Su familia se había ganado una buena fama a lo largo de treinta años, y no era momento de romperla por un descuido o la descortesía.

Pero las mañanas de reposiciones, las tardes de recuento y las noches de arqueos produjeron un hecho que, pese a ser fácilmente predecible, configuró la línea que terminó de separarle de todo lo que hasta entonces había conocido. Agotado como quedaba tras una dura semana de trabajo, sus respuestas a las peticiones de sus amigos siempre eran iguales.

- ¿Te vienes a dar una vuelta esta noche? Vamos a ir a la nueva disco que han abierto, dicen que la sesión será una pasada.

- Gracias por invitarme, pero estoy cansado. Quizá otro día.

Poco a poco las llamadas telefónicas se fueron espaciando, y el inevitable distanciamiento se produjo. Sólo Piero se pasaba de vez en cuando por allí, y le ayudaba a distribuir las nuevas mercancías mientras conversaban en la trastienda, y simulaban que todo era igual en sus escarceos.

Pero incluso en eso notó cambios. Él ya no tenía la llama incombustible ardiendo en su interior, no le provocaba sutilmente en cuanto había oportunidad, por pequeña que fuera, de hundirse en su cuerpo y estremecerse.

En ello pensaba mientras colocaba la última entrega de conservas en las estanterías. Debían ser por lo menos las doce de la noche, y la única compañía con la que contaba era la de las velas estratégicamente prendidas para ahorrar en las facturas de electricidad. Se secó el sudor de la frente y salió por la puerta trasera que daba a un callejón, desde el cuál emprendería rumbo a casa para caer reventado sobre su cama.

Apenas hubo dado unos pasos entre las estrechas paredes cuando sintió ruidos a sus espaldas. Se giró alarmado, y distinguió a tres hombres que le miraban fijamente. Uno de ellos parecía llevar una navaja en la mano, y el que estaba más cerca le habló, refrenando el primer impulso de echarse a correr.

- ¿Lo tienes?

Sandro mantuvo la calma, respondiendo con sinceridad tras haber buscado ese rostro en su memoria y no asociarlo con ninguno de los comerciantes con los que trataba.

- ¿De qué hablas?

- ¿No eres el hijo de Galenni?

- Sí – respondió, poniéndose tenso al escuchar la mención de su difunto padre.

El tercer tipo, un engendro altísimo y orondo, lanzó una sonrisa despectiva mostrando sus dientes de oro.

- Pues entonces sabes perfectamente de qué va todo esto. Date prisa, no tenemos toda la noche.

- No tengo ni idea de lo que queréis decir – replicó, ya en un tono de voz irritado.

El cabecilla hizo una señal, y los otros dos compinches le agarraron bruscamente de los brazos, obligándole a quedar frente a frente con el desagradable sujeto.

- Tu papá cometió un error al no decírselo a nadie, pero bueno, ya eres mayorcito para saber que con la Mafia no se juega y que las deudas se heredan, ¿verdad?

Esa simple palabra, “Mafia”, hizo que el corazón de Sandro se disparase.

- Mi padre era honrado, no debía nada.

El hombre rió, tirándole del pelo para mirarle a los ojos, disfrutando con los cambios que la adrenalina formaba en su bello semblante.

- Vaya que sí las tenía... malas épocas, la crisis de los setenta, ya sabes. Doscientos cuarenta mil en la nueva moneda, pero por la inmediata disponibilidad hay que pagar más intereses que con los bancos. Cada semestre nos reuníamos aquí para desembolsar la cuota, y hoy se cumple la fecha. Veamos, teniendo en cuenta que nunca pudo entregar los pagos completos... – calculó – me temo que te ha dejado el honor de devolvernos prácticamente la mitad de la suma.

El joven se quedó pálido, saliéndole apenas un hilo de voz.

- ¿Cien mil euros? ¡Yo no tengo tanto dinero!

Su particular usurero le propinó una patada en la boca del estómago, ordenando que le soltasen para que pudiera retorcerse en el suelo.

- Pues consíguelo. Volveremos dentro de seis meses, más te vale tener para ese entonces listo un plazo, o tú también acabarás partido en dos.

Sandro elevó el rostro y les miró, repleto de odio.

- ¿Vosotros le asesinasteis?

- Menuda coincidencia, ¿verdad? – se mofó el hombre – Mira que perder la vida precisamente entre los trenes, creyendo todos que se trató de un accidente...

- ¡Hijo de pu**! – bramó, encaramándose para propinarle un puñetazo eficazmente interceptado.

El enviado mafioso apretó su nudillo con el suyo, llegando los huesos al límite de la resistencia. Le dio una última advertencia antes de desaparecer con sus dos socios por la oscuridad insondable de Nápoles.

- Seis meses, chico. No intentes escapar, la Mafia te encontrará dondequiera que vayas. Tenemos redes más poderosas que el Vaticano, contactos dentro de la Policía y los políticos. Si no cumples, primero pagará tu familia, luego tú serás el siguiente.

Ellos se marcharon, quedándose solo entre la mugre que atestaba el lugar. Se sentó, apoyando la espalda contra el muro, tratando de pensar fríamente para encontrar un escape a esa trampa que le habían tendido, y de la cuál no podía enterarse nadie, porque por encima de su propia existencia, lo que deseaba proteger con todo empeño era el honor mancillado del muerto.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Miyiji » 04 Ago 2006, 15:22

BUENA HISTORIA INTERESANTE Y MISTERIOSA :) ERES BUENO PA ESTO CHAUX XD
Avatar de Usuario
Miyiji
Fan-chan
 
Mensajes: 7
Registrado: 19 Jul 2006, 02:59
Ubicación: mexico

Notapor Shaka » 05 Ago 2006, 11:37

De haberse dado otras circunstancias, Piero se habría sentido orgulloso de su logro al conseguir que Sandro accediera a salir aquella noche. Tras haberle repetido hasta la saciedad que necesitaba un poco de distracción y evadirse, aunque fuese un par de horas tomando una copa al son de música House, él aceptó, quedando en verse en el local favorito de ambos sobre las once.

Pero no se sentía satisfecho, porque el trasfondo de la cita era bien distinto. Miró nervioso al grupo que desde la esquina contraria de la discoteca esperaba su indicación, diciéndose que lo hacía por el bien de Sandro, y que sólo estaba tratando de echarle un cable.

Al fin éste apareció. Como siempre que salía de marcha había elegido ropas sencillas pero favorecedoras, y su resplandor conseguía atraer miradas curiosas dondequiera que pasase.

Le recibió con una sonrisa, dándole un breve beso en los labios.

- ¡Qué puntual! Antes siempre me hacías esperar.

- Me he acostumbrado a llegar pronto – argumentó -. No hay mal que por bien no venga.

Se sentó a su lado en el sofá de vinilo violeta, robándole el vaso de talle alto para tomar un sorbo del cóctel alcohólico. A su alrededor la gente bailaba, y el estruendo hacía necesario elevar la voz para combatir los decibelios.

- ¿Qué tal te ha ido la semana? – quiso saber Piero.

- Lo de siempre, trabajando como un burro. Pronto habrá que pagar las cuotas de la Universidad de Syb, la he convencido para que siga estudiando, sería una lástima que dejara la carrera ahora que le queda tan poco – explicó diciendo medias verdades, puesto que ni a él había revelado la auténtica naturaleza de las descomunales deudas que arrastraba.

Él asintió, dando otro trago de la copa que estaban bebiendo a medias. Tenía la frente cubierta de sudor frío, así que decidió lanzarse cuanto antes para no tener que soportar la incertidumbre por más tiempo.

- Oye Sandro, ¿ves a aquel hombre de allí, el de la chaqueta?

El joven tendero siguió la dirección indicada, distinguiendo al susodicho. Parecía extranjero, posiblemente suizo o austriaco, y de unos cuarenta años.

- Sí. ¿Por?

- Verás... es que le gustaría conocerte y pasar un rato contigo. Dice que incluso estaría dispuesto a darte una ayuda.

Dejó la copa sobre la barra de la pared, mirándole confuso.

- ¿Una ayuda?

- Ya sabes... – insistió Piero gesticulando, rogando a su suerte para que él lo entendiera sin más señas.

Dado que Sandro no terminaba de pillarlo, tuvo que dar la explicación concreta.

- Que te dará dinero a cambio de hacerlo contigo.

- ¿Pero de qué hablas? – rió él, creyendo que se trataba de una broma.

- Los turistas suelen pagar muy bien. Piénsalo, en diez minutos podrías ganar más que en toda una tarde en la tienda.

- ¿Va en serio? – preguntó estupefacto.

Piero le tomó de la mano, apretándola con la misma intensidad que como cuando estaban íntimamente juntos.

- Sé que necesitas la pasta. Será rápido, nada que no hayas hecho antes, y te lo dará en efectivo. Sin pagar impuestos ni tener que declararlo.

- ¿Cómo es que sabes tanto del tema?

- Tengo un conocido que se dedica a eso. Fue quien me comentó que querían a alguien de tus características.

Él tomó aire, mirando sin discreción a la esquina hasta que el hombre reparó en ello. Por un lado tenía ganas de largarse, pero por otro la tentación de sacar provecho era demasiado evidente.

- No le conozco de nada... – murmuró.

- Así es mejor, nadie sabrá lo que ha pasado. No tengas miedo, ¿vale? – le dijo, tomando su cara para tranquilizarle.

Sandro venció el nudo que tenía en la garganta y asintió. Le dio un último beso y se puso en pie, caminando mientras esquivaba a los ocupantes de la frenética pista de baile. Cuando llegó hasta el interesado se esforzó por parecer natural, como si le estuviera entrando con la intención de ligar.

- Mi amigo dice que estabas mirándome. ¿Me invitas a una copa?

- Claro – respondió en un tosco italiano.

Los demás les dejaron solos, bebiendo a tragos más o menos regulares y manteniendo un diálogo no demasiado profundo. Cuando el buen tiempo que hacía pese a ser víspera de invierno se terminó como tema de conversación, el extranjero le habló al oído, siendo sutilmente directo.

- ¿Me acompañas un momento al baño?

Él asintió, y entraron en el citado recinto situado al final de la discoteca. Había bastante gente dentro, pero ello no disuadió al interesado a la hora de meterse en un cubículo individual y cerrar con pestillo una vez ambos dentro.

Se apoyó contra la puerta de madera repleta de grabados e inscripciones hechas a bolígrafo, besándole el cuello al muchacho. Le notaba algo tenso, así que decidió no ser demasiado exigente.

- Chúpamela – le pidió, separando las piernas y desabrochándose el cinto y los botones del pantalón.

Sandro se puso de rodillas, pensando en la cantidad de veces que había hecho eso mismo con Piero, posiblemente también en el mismo lugar. Evocó la forma de su miembro, así como el olor y sabor del mismo mientras se introducía en la boca el nuevo.

Recorrió con la lengua la punta circuncidada, aprisionando el tronco con los dedos mientras lo masajeaba. El hombre emitía sonidos entrecortados y no le quitaba ojo de encima. Le lamió los testículos y se lo metió todo lo profundo que pudo, llenándose con la dureza la cavidad oral.

Su primer cliente gimió algunas frases en un idioma que desconocía, acertando a darle una última indicación antes de estallar.

- Si te lo tragas, te pago el doble...

Sandro accedió incrementando la velocidad de la masturbación, separando la boca entreabierta para recibirle. El hombre ahogó un grito de placer cuando eyaculó copiosamente sobre su lengua, observando cómo cumplía el acuerdo y hacía desaparecer el semen tras ingerirlo.

Recuperó el aliento, desplomándose sobre la tapa del váter. Tenía los pantalones y ropa interior a la altura de los tobillos, y el pene le palpitaba, enrojecido y pleno tras la descarga.

- Qué bien lo haces – comentó -. Eres mucho más bueno que tu amigo. ¿Te gustaría venirte a mi hotel con mis compañeros? A ellos también les gustaría conocerte.

Se quedó de piedra, pero no por la proposición.

- Claro, me encantaría. Esperadme fuera.

Salió del servicio y fue directamente hacia donde Piero estaba esperándole. Su cordial recibimiento fue correspondido con una gélida frialdad.

- ¿Qué tal te ha ido?

- ¿Desde cuándo haces esto? – preguntó duramente Sandro.

- ¿El qué?

- ¡Follarte al primero que se te pone delante por un par de billetes!

- Yo no hago eso, ya te dije que tengo un conocido que...

- ¡No me mientas!

Piero le obligó a sentarse, hablando los dos a pleno pulmón mientras el ritmo de la música se les infiltraba en el cerebro.

- ¿No se supone que teníamos una relación liberal? – se defendió.

- ¡Dijimos que nos lo contaríamos todo!

- ¡Cómo si tú no hubieses estado con otros aparte de mí!

Sandro le clavó la mirada, visiblemente dolido.

- Yo sólo he estado contigo hasta ahora. Y lo sabes.

Piero tuvo que callarse, puesto que era cierto. Suspiró y le dio la respuesta que quería.

- Un par de años. Tenía que costearme las salidas.

- ¿Años? ¿Te has estado acostando con otros y conmigo todo este tiempo?

- No sabía que fueras tan celoso.

Él se soltó del brazo que rodeaba sus hombros, levantándose.

- ¡Podrías haberte contagiado de algo! ¿No crees que tenía derecho a saber que me estabas exponiendo a un riesgo?

- Oh vamos, Sandro, no seas así – replicó, restándole importancia.

Herida de muerte su confianza y amor propio, se dijo que ya tenía bastante con sobrellevar sus propias desgracias.

- No quiero volver a verte – concluyó, marchándose de allí con dirección a la salida de la discoteca.

Piero trató de detenerle, pero sus ruegos fueron inútiles.

- Sandro, ¡vuelve aquí! ¿Es así como quieres que terminemos? ¡Sandro!

Él no le hizo caso. Llegó a la calle y se reunió con los hombres a los cuáles iba a venderse. Empleó todo el dolor que se había acumulado en su interior y lo transformó en un velo, exagerando su extrovertismo hasta rozar la vulgaridad.

En aquella habitación de hotel dejó que tres tipos disfrutaran de su cuerpo al unísono. Se puso a cuatro patas sobre el colchón y trató de vivir esos momentos como si fuese un mal sueño, mientras uno le penetraba, otro se apoderaba de sus labios y un tercero se masturbaba a un lado esperando su turno.

Cuando se hubieron despachado a gusto pidió trescientos euros, una suma que, para su sorpresa, los hombres no dudaron en pagar, haciéndole entrever que la tarifa que había dicho al azar podía resultar ridícula en el mercado real, uno cuyas normas todavía desconocía.

Los dejó hacinados en el lecho, adormilados, y se encerró en el servicio. Se dio una larga ducha con la que borró los rastros, fundiéndose las lágrimas con el agua corriente que caía desde lo alto.

Una vez seco se miró, acercando el rostro a la superficie del espejo. Dos grandes ojeras resaltaban en la tez morena, y también su determinación por hacer de aquella vía deplorable de suplir la falta de su padre un oficio digno.

Le habían abierto las puertas a un antiguo método de ganar dinero, pero sería él quien seleccionaría la clientela, y el que impondría unas normas inamovibles.

Regresó a casa a pie, algo dolorido por la impetuosidad con la que le embistieron. Su madre dormía al igual que Sybilla, así que decidió conciliar el sueño en el sillón del salón.

Por supuesto, no lo consiguió. Encontró una lata antigua en el fondo de la despensa y ocultó el salario, escondiendo el recipiente entre el instrumental de revelado que guardaba celosamente en un armario.

Estaba solo y sentía miedo, pero tenía que hacerlo por ellas. Nada más llegar la mañana del lunes salió a una hora más temprana de lo habitual y se dirigió al hospital.

No descansó tranquilo hasta que le remitieron los resultados confidenciales del primer análisis clínico. Ese pasaría a ser, por encima de los tratos con los comerciales y los compradores de la tienda, su ritual periódico, uno con el que simplemente obtenía la seguridad de poder seguir reuniendo para pagar la deuda por unos meses más, hasta que la incertidumbre del siguiente se terminase a golpe de agujas.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 08 Ago 2006, 07:40

Piero no volvió a dirigirle la palabra tal y como había pedido. A veces, cuando ambos se dirigían con sus respectivas capturas a los lugares elegidos, se encontraban fugazmente y se ignoraban. A Sandro le resultaba más sencillo aislarse de cualquier elemento conocido durante las horas en que desarrollaba su doble vida nocturna.

Durante el día aparentaba que nada había cambiado, se dedicaba a organizar el negocio mientras su madre atendía. Precisamente una mañana la encontró eligiendo unas piezas de fruta a un hombre que ya había visto en la tienda en anteriores ocasiones.

Aunque debía ser mayor era bien parecido. Tenía el cabello, lustroso y oscuro, ribeteado por canas le que daban un aire interesante, así como unos rasgos exquisitamente sobrios y elegantes. Por la forma en la que hablaba se deducía fácilmente que no debía ser del sur, puesto que su acento y modales parecían ser el resultado de una mezcla heterogénea de distintas procedencias italianas.

Dejó unas cajas cerca del mostrador, reparando en el detalle que el hombre había tenido. Ella olfateó la flor que le acababa de regalar mientras el caballero se marchaba, portando alegremente lo adquirido.

Sandro se acercó con una sonrisa.

- Mamá, ¿tienes un admirador?

Ella le miró. Sus ojos brillaban de emoción, pero también de pesar.

- Me ha invitado a cenar, pero no he podido darle una respuesta.

- ¿Él te gusta, no?

- Ay, hijo... – exclamó – Ya estoy vieja para esas cosas.

El joven no cedió, colocando el cartel de cerrado y procediendo a relatarle su punto de vista.

- Hace ya un año que papá murió, y por mucho que queramos no va a regresar. Tú todavía eres joven, tienes derecho a ser feliz.

La mujer asentía, agobiada por el riguroso luto que era tradición llevar en la católica sociedad en la que vivían.

- Pero la gente dirá que...

- ¡Al cuerno la gente! ¡Hoy te vas a poner guapa y vas a ir a cenar! Y si va bien, pues nos lo presentas a Sybilla y a mí.

- ¿No te importa, cariño? – preguntó con temor.

- Claro que no – respondió, besándola -. Vete ya, yo terminaré todo esto.

Sandro había hablado con el corazón, puesto que quería lo mejor para su madre. Así que la animó a que se lanzase, y siguió haciéndolo en las citas posteriores, incluso hasta en la tarde en la que los convocó a cenar para presentarles formalmente a su novio.

Los dos esperaban en la cocina, ambos llevando sus mejores trajes. Sybilla resopló de brazos cruzados, mostrando su inconformidad con la relación.

- No lo entiendo. ¿Cómo ha podido olvidar a papá tan rápido?

Él se recogió el cabello, sin dar crédito a lo que acababa de oír.

- Eres una egoísta. ¿Te has parado a pensar en lo sola que debe sentirse? Si conoce a buen hombre que la haga sonreír, no somos quiénes para impedírselo.

- ¿Y si se viene a vivir aquí?

- Dale una oportunidad, Syb. No es bueno juzgar por las primeras impresiones.

Ella terminó por callar al escuchar la puerta abriéndose. Su madre y acompañante entraron a la vivienda, acudiendo sus dos hijos a recibirles. La mujer venció la tensión presentándolo con afabilidad.

- Sybilla, Sandro... os presento a Domenico.

- Mucho gusto – dijo él, dándole la mano al joven y dos besos a la muchacha -. Vuestra madre me ha hablado mucho de vosotros.

Sandro le analizó ya de cerca. Era muy atractivo, maduro y con poder adquisitivo, de esos con los que solía acostarse los fines de semana. Por un momento la idea de que les ayudase con el negocio le asaltó a la mente, descartándola. Apenas habían empezado a conocerse, no podía presuponer cómo sería el futuro cercano.

- Vamos a la mesa, el asado estará ya listo – dijo la anfitriona.

Hicieron lo pedido, y Sybilla apretó las uñas contra las palmas por debajo del mantel al ver cómo Domenico ocupaba el asiento que en su día perteneció al fallecido.

Mientras servían la carne en los platos, el hombre tomó unas bolsas de plástico que había traído consigo.

- Os he comprado unos regalos, estuve en Venecia el pasado fin de semana ultimando unos negocios – comentó.

- ¿A qué te dedicas? – quiso saber Sandro.

- Soy gestor inmobiliario. Opero con propiedades por todo el país, un trabajo interesante, pero agotador.

- ¿Y cómo es que está soltero aún, si puede saberse? – preguntó Sybilla con dureza, degustando un poco de vino.

Su madre la miró, pero Domenico procedió a responderle restándole importancia.

- No había encontrado a nadie especial, pero vuestra madre es diferente.

Dada la súbita felicidad que se dibujó en el rostro de la mencionada, sus hijos decidieron no hurgar más en la herida, aceptando los presentes con toda la amabilidad posible.

- Para las damas, unos collares de Cristal de Murano, el más fino de toda Italia – explicó, colocándoles los colgantes de vivos colores en el cuello.

Después ahondó en otra bolsa, y le tendió el último objeto al chico.

- Y para ti... una auténtica máscara veneciana. ¿Te gusta el teatro?

- No mucho – respondió, observando el rostro inerte de papel maché.

- Es Pierrot, uno de los clásicos.

Sandro asintió, repasando con la yema de los dedos el relieve de la afilada nariz de la máscara, sus labios rojos y la lágrima negra que recorría las mejillas pálidas.

- Gracias, la colgaré en la pared de mi habitación.

- A mi también me gusta mucho mi regalo – añadió Sybilla.

Cenaron tranquilamente y hablaron, descubriendo los unos datos relativos a los otros. En tres horas supieron que Domenico viajaba mucho, que deseaba fijar su residencia en Nápoles y que gustaba de restaurar viejas casonas señoriales. No tenía hijos ni parientes cercanos, le apasionaba la equitación y adoraba la comida de María.

A esa primera cena le siguieron otras tantas, y luego desayunos y comidas, puesto que él acabó pasando largas temporadas con ellos, ausentándose por otras de igual o mayor duración. A veces le daba consejos a Sandro sobre estrategias comerciales, pero lo usual era que fuese él solo a trabajar mientras su hermana pasaba los días encerrada en la biblioteca preparando exámenes.

Incluso en algunas ocasiones, cuando subía a casa a coger un libro con el que distraerse en los ratos que no tenía clientela, les oía hacer el amor en el dormitorio principal, y una punzada de celos se le incrustaba en el estómago. No era que Domenico le cayera mal, pero había algo en él que no terminaba de convencerle. Tan vez su perfecta caballerosidad, o la exactitud de cada una de sus acciones.

Salió de su habitación discretamente para no interrumpirles, mirando de refilón la máscara que presidía lo alto de su cama.

Pierrot le llamaba con sus cuencas vacías, advirtiéndole de un peligro que no era capaz de desentramar. Y en silencio lloraba por él, porque sus advertencias no conseguirían apartarle de la nueva tragedia que pronto se cerniría sobre la familia.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 24 Ago 2006, 07:42

- Capítulo 4 (segunda parte)-



Al principio se impuso como norma ejercer únicamente los fines de semana, concentrando su actividad nocturna en las frenéticas madrugadas de viernes y sábados, pero con el transcurso de los meses, Alex, el sobrenombre con el que era conocido en los bares de ambiente, tenía tanta demanda que en ocasiones no era en su propia cama donde pasaba las noches de diario.


El mercado de la prostitución estaba plagado de redes de contactos, en especial de estandartes parecidos a las relaciones públicas, los cuáles se llevaban un porcentaje a cambio de conseguir compradores.

Sandro observó pacientemente hasta haber entablado contacto con los demás profesionales, ganándose su respeto con sinceridad. No le interesaba depender de nadie, y por tanto tampoco quitarles terreno.

Si llegaba a un local y veía a otro gigoló por los alrededores, simplemente se iba. Si ya tenía los cupos cubiertos por ese turno y un cliente se le quedaba descolgado, le remitía a uno de los chicos que esperaban en la calle, o si éstos se le acercaban escasos de munición, les cedía un par de condones o lo que estuviera a su alcance.

Para bien o mal, era su forma de hacer las cosas. Resultaba duro no dejar huellas de sus acciones en casa, mas dedicaba gran parte del empeño a eso. Las luces de neón de las discotecas, las frías recepciones de los hoteles y las suites carentes de personalidad se convirtieron en parte de su universo, asimilándolos como a las alacenas de la trastienda en la que se había criado.

El botones del cinco estrellas del que estaba a punto de salir le miró agriamente. Podía leer en su cara el desprecio, también el recelo por las deducciones. Le ignoró, guardando en el interior de su chaqueta todo lo que había ganado, recibiendo la claridad mortecina de la mañana nada más pisar las aceras.

El aire olía a sal y no había nubes en el cielo violeta. Sería un brillante día de invierno, en el que el ajetreo napolitano no se detendría, indiferente a los tantos pesares de los anónimos que, como él, comenzaban a ocupar sus calles.

Había decidido dejar el cartel de cerrado en la puerta del negocio y dormir hasta el mediodía, aprovechando que su madre no se encontraba en el hogar. Era la ocasión adecuada para hacer recuento de lo recaudado y preparar el temido primer pago a la Mafia.

Dobló la manzana con las manos metidas en los bolsillos y la mirada fija en los adoquines, ajeno al acecho de figura cercana.

Al cruzar la siguiente esquina notó un toque en el hombro, demasiado sutil para no haber sido intencionado. Su primer reflejo fue voltearse y pedir disculpas por el encontronazo, mas el rostro que le escrutaba era el de alguien al que había tratado de desterrar con todas sus fuerzas de su psique. La misma mezcla de ira, decepción y tristeza le sacudió cuando los ojos de Piero buscaron los suyos.

- Te estaba buscando. Supuse que regresarías a casa por este camino.

Sandro se soltó con violencia, cambiando súbitamente su expresión ausente.

- ¿Qué quieres? Si vienes a ofrecerme a alguno de tus chulos, no me interesa.
- Sólo quiero hablar contigo.
- No hay nada de lo que hablar – afirmó, emprendiendo el paso.

Piero avanzó detrás de él a grandes zancadas, colocándose en frente.

- Por favor... – le rogó – escúchame mientras nos tomamos un café.
- ¿Y por qué debería aceptarlo?

Él suspiró, adoptando su gesto un trasfondo que nunca antes había detectado.

- Porque no puedo dejar de pensar en ti.

Sandro no dijo nada. Tenía ganas de besarle, pero ceder sería perder terreno en la defensa de sus argumentos. Mantuvo lo seco de sus movimientos al tomar ambos dirección a una coqueta cafetería en la que antaño terminaban las noches de juerga, ingiriendo algo azucarado con lo que ponerle remedio a las borracheras.

Se sentaron en la mesa del fondo y pidieron lo de siempre, centrándose Sandro en el rechinar de la cucharilla contra los bordes de la taza.

Piero templó sus nervios y trató de decir todo lo que a solas había imaginado, encontrando en el saturado color de los ojos que ante sí tenía un revulsivo por el que luchar.

- No podía decírtelo, temía que te enfadaras si lo sabías – empezó.
- ¿Y que te diera miedo era motivo para que yo no me enterara? Eres un irresponsable.
- Lo siento, ¿vale? No pensé que podrías... ya sabes – agregó, bajando el tono de voz por la aflicción.
- Estoy limpio. Me hice las pruebas al día siguiente.

El chico bebió un poco de café. Estaba cansado y sabía que él también, así que no quiso demorarse.

- Además... no quería que me dejaras.
- Yo no te dejé, Piero. Para dejar a alguien tiene que haber algo entre dos personas, y tú nunca quisiste ponerle nombre a lo nuestro.
- Pues lo hago ahora.
- ¿De qué vas? – preguntó Sandro, exasperado.
- Te estoy pidiendo que salgas conmigo.

Hizo el ademán de ponerse en pie para marcharse, mas Piero se lo impidió. Por primera vez desde que le conocía, supo que no ocultaba nada, y que su mirada brillante se aferraba desesperadamente a una petición que, si bien había anhelado durante demasiado tiempo, ahora se le antojaba descabellada.

- ¿Cómo vamos a ser novios? – dijo, cansino y deprimido - ¿En qué basaremos lo que nos une, en contarnos cómo fueron las citas del sábado noche?
- Sandro, yo...

Él negó con la cabeza, incapaz de impedir que un par de lágrimas resbalaran traicioneras por las mejillas.

- Hubo una época en la que soñaba todos los días con oír eso, pero llegas demasiado tarde. Lo siento, no puedo.
- Dame una oportunidad.

Sintió que el corazón se le rompía en añicos. Antes de que pudiera continuar y la situación se le fuese de las manos salió de allí, dejando toscamente un par de monedas sobre el mostrador donde la cajera asistía asombrada a la escena.

Ya se había alejado unos metros de la cafetería cuando le escuchó llamarle en alto, casi con un grito que se alzó por encima de los pocos coches que a esas horas circulaban, haciendo que los transeúntes se giraran en busca del origen de la declaración.

- Te quiero.

Se detuvo sin encararle, permaneciendo de espaldas con los puños cerrados. Piero se acercó hasta él, sin importarle que sus palabras hubiesen captado la morbosa curiosidad de los desconocidos.

Tomó su rostro exquisito entre las manos, surcado de pequeños ríos como en aquella tarde en los muelles. Pero esta vez era él quien los había ocasionado, y se prometió que los secaría sin dejarlos nuevamente asomar.

Sandro le respondió, pero no con más sonidos articulados, sino aferrándose a la tibieza de su cuerpo, escondiéndose en el único hombro donde podía dar rienda suelta a la expiación de la pena.

Seguía en un laberinto sin escapatoria, adentrándose en su interior oscuro y serpenteante al aceptar sin saber de qué manera lo afrontaría, ni mucho menos como iba a compatibilizarlo con los reverses de su cotidianeidad.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 26 Ago 2006, 08:46

Aquellas dos semanas significaron todo lo que siempre había querido. Se levantaba con una sonrisa facilona en la cara que no desaparecía, combatiendo la dureza de los días con la agradable sensación de estar constantemente flotando en una nebulosa.

Cuando despachaba en la tienda pensaba en él. Cuando descansaba también lo hacía, y contaba las horas que restaban para verle. Algún que otro paseo por la avenida marítima, una sesión de cine en la que lo menos que importó fue la película, e incluso la madrugada del viernes anterior, la cuál ambos pasaron en una habitación de hotel como era habitual, pero no cada uno con un cliente, sino juntos, constituyeron el bálsamo que calmó el escozor de la herida previa.

Y casi de forma natural supo que había llegado un momento del que había rehuido desde que tenía uso de razón. Al colocar el cartel de cerrado en la puerta mientras su madre barría el piso, trató de buscar las palabra adecuadas para decírselo, sabiendo que Sybilla habría aplaudido la decisión pese a lo tardío.

- ¿Vas a hacer esa cena especial mañana?
- Sí, claro — respondió ella -. ¿Por qué lo preguntas?

Sandro se quitó el delantal, respondiendo al abrir la caja registradora para contar la recaudación.

- Quería saber si habría hueco para otro plato. Me gustaría presentarte a alguien.

A ella se le abrieron los ojos de la alegría, dejando la escoba apoyada sobre el mostrador para llenarle el rostro de besos.

- ¡Ya sabía yo que pasabas tanto tiempo fuera por un buen motivo! Por supuesto que hay sitio en la mesa, estoy deseando conocer a tu novia.

Él colocó las monedas en el dispensador, tomando las manos pequeñas y algo resecas entre las suyas, confiando en que la persona que le había regalado la vida pudiera comprenderlo.

- No tengo novia, mamá... salgo con un chico, se llama Piero. Puede que hasta incluso le recuerdes, estábamos en la misma clase cuando yo dejé el instituto.

La mujer mantuvo la sonrisa, y sus ojillos brillantes sugirieron que no habían capturado el sentido de la aclaración.

- ¿Cómo que...? — murmuró confundida.

Sandro respiró profundamente, teniendo paciencia e infinita dulzura.

- Estoy enamorado de él. Quiero compartir mi felicidad contigo y con Syb, me he cansado de aparentar lo que no soy.

La viuda fue tomando conciencia de lo que su hijo decía. La sorpresa ocasionó un silencio que fue interpretado erróneamente como símbolo de consternación, así que cuando el joven intentó seguir argumentándose, se lo impidió acariciando su mejilla.

- Tranquilo, cariño. Te eduqué para que llevases como escudo la verdad, me enorgullece que ahora lo estés haciendo.
- ¿En serio no te importa que...?
- Siempre te pareciste más a mí que a tu padre, peleando por los romances más complicados... — prosiguió ella, melancólica.

Sandro esbozó una ligera sonrisa, dedicando unos segundos a la memoria del difunto.

- Le echo de menos.
- Lo sé...

Los dos regresaron a las tareas que habían dejado a medias, retomando la íntima conversación sobre sus respectivas parejas.

- ¿Cómo os va a ti y Domenico?
- Bien... — contestó en un tono que no inspiraba demasiada convicción.
- ¿De verdad?
- Cuando pasa fuera tanto tiempo me siento insegura. Le he dicho que deberíamos casarnos, una ceremonia sencilla en la parroquia del distrito, a la que puedan asistir nuestros vecinos... así podríamos ser otra vez una familia de verdad.
- ¿Y qué te dijo?
- Lo habitual. Que no ve motivos por los que no seguir así.
- No lo hagas por nosotros, mamá. Cásate de nuevo si es lo que deseas, pero no te sientas coaccionada. Yo ya le considero mi padrastro, lo que digan unos papeles me trae sin cuidado.

Ella empujó con habilidad los últimos montoncitos de tierra y polvo al recogedor, dando por concluido el trabajo diario. Tomó las llaves para cerrar a cal y canto, afirmando en voz alta lo que pensaba.

- Cuando actúas así, es como si tuvieses de golpe veinte años más.

Sandro cargó unas bolsas para subir a la casa, experimentando conciliación a lo largo del reducido trayecto.

Nada más llegar a la vivienda le llamó por teléfono, haciendo oficial la propuesta. De hecho no era la primera vez que iba a su casa; Maria le reconoció como aquel amigo que, en ocasiones, esperaba a que Sandro se cambiara para ir juntos a la playa.

Sybilla decidió aparentar que también acababa de recibir la noticia, haciendo lo posible para que el invitado se encontrara cómodo. Prepararon la mesa con lujo de detalles dentro de las posibilidades económicas, diciéndose Sandro al rozar la mano de Piero por debajo del mantel que, pese a lo que ambos ocultaban a los demás y lo que él no podía desvelar a nadie, el mundo al fin le mostraba un lado amable.

- ¿A qué te dedicas, Piero? — le preguntó la anfitriona.
- Estoy trabajando en la empresa de mi hermano — respondió -. Exporta todo tipo de mercancías a los países del norte, puede que me haga fijo el año que viene.

Sybilla se limpió la comisura de los labios con la servilleta, levantándose al escuchar que tocaban a la puerta. Los habitantes del modesto piso recibieron con alegría la llegada de la última incorporación a los Galenni.

- Te he extrañado tanto... — exclamó Maria en sus brazos tras haber dejado éste la maleta en el suelo.

Domenico la besó, saludando efusivamente a los presentes.

- Ha sido un trayecto agotador, querida. Pero el regreso siempre reconforta. Vaya, ¿a quién tengo el honor de conocer? — preguntó.

Sandro iba a presentarles, pero el gesto súbitamente rígido de Piero le puso en alerta. Cuando ellos se dieron un sobrio apretón de manos decidió no decir nada, aunque fuese completamente descortés.

Su madre, pletórica tras un acontecimiento que llevaba esperando por semanas, no se percató de ello, y Sybilla prefirió no entrar en esos terrenos, puesto que su simpatía hacia el gestor inmobiliario era deficitaria.

Comieron y bebieron en una forzada armonía. Sandro se ofreció a preparar café, y Piero le acompañó con la excusa de amontonar la vajilla en el fregadero. Ya en la intimidad de la cocina, le susurró al oído.

- ¿Qué ha pasado ahí dentro? ¿Por qué has reaccionado así?
- ¿Ese tío está con tu madre? — preguntó.
- Ya te lo he dicho. Si ella le quiere, es su decisión.

Piero suspiró, consternado.

- No sé cómo decirte esto.
- ¿El qué?
- Me lo he tirado, y varias veces. La última fue hace dos noches.

Sandro conectó la cafetera eléctrica lentamente, digiriendo un alegato que, en el fondo, no le sorprendía.

- ¿Dos noches? Pero si acaba de llegar de Turín...

Él le dio un medio abrazo por detrás, apoyando la barbilla en su cuello.

- Os está mintiendo. Ándate con ojo.

Asintió, disponiendo las tacitas por la bandeja y llenándolas. Ambos regresaron a la mesa fingiendo que seguían igual que antes. Sin embargo, no pudieron evitar dedicarle una mirada de reproche al sospechoso, gesto que fue constatado por el mismo pese a la rapidez.

Domenico intuyó que esos dos muchachos podían echárselo todo a perder, así que atacó con agresiva diplomacia.

- María me ha comentado que tú y Sandro sois pareja — dijo tomando un poco de café -. ¿Pones en práctica tu experiencia laboral con él? Debes tenerle contento.

Piero apretó los dientes, esbozando una sonrisa forzada.

- Sí, le suelo dar consejos sobre los tratos comerciales — replicó, dando una respuesta que todos pudieron descifrar según su grado de conocimiento.
- Cierra esa boca, embustero. Creo que tienes una buena forma de mantenerla ocupada.


Sybilla y Maria reaccionaron con algo de temor a la tensión que se respiraba en el ambiente. Furioso tras lo que acababa de escuchar, Sandro se puso en pie.

- Aquí el único canalla eres tú.
- ¿Le defiendes? Vaya, entonces sabes a lo que se dedica. ¿No es encantador? — se mofó.
- Déjalo — pidió Piero, consiguiendo únicamente que Sandro le tomara de la mano y le llevara hasta la puerta.

Se miraron en el marco, sabiendo que la situación no iba a mejorar.

- Vete, esto debe quedar en privado.

Él insistió, accediendo el chico finalmente por respeto. Nada más haberle cerrado Sandro volvió a la sala, en donde el otro varón le esperaba como si fuesen a enfrentarse en la defensa salvaje de un territorio.

- ¿Cómo te atreves a insultarle? Nadie te ha dado permiso para entrar en casa ajena y hacerla tuya.
- ¿Quién le ha insultado? Eres tú quién ha sacado las conclusiones.

Maria se puso entre los dos, queriendo poner fin al amago de disputa.

- No entiendo lo que estáis haciendo, pero parad, por favor.
- Te está engañando, mamá. Paga dinero por acostarse con otros hombres.
- Sandro, ¿qué dices? — exclamó Sybilla, asombrada.

La madre de ambos dejó suspensa la mirada en el infinito.

- Eso no es posible... — musitó incrédula.
- -¡Sí que lo es! ¡Y tampoco acaba de regresar de viaje!- gritó nuevamente.

Domenico le encaró con seguridad, apareciendo un deje despectivo en su atractivo semblante.

- ¿Vuelcas en mí tu frustración porque tu noviete se abre de piernas por unos euros?
- ¡Cállate, cabrón!

Sandro le propinó un puñetazo que no encontró ningún tipo de resistencia. Él se tambaleó, hinchándosele rápidamente la zona ocular debido al impacto. Maria empezó a llorar, y Sybilla tomó a su hermano por las muñecas, tirando de él en dirección a su cuarto.

Mientras los mayores se ocupaban de ponerle remedio al moratón, la estudiante le hizo sentarse en su cama, tranquilizándole como cuando era un crío demasiado propenso a involucrarse en trifulcas de barrios.

- ¿Se puede saber qué demonios te pasa? Si tan seguro estás de que miente, no tienes por qué tomarte tan a pecho lo que dice.
- Que de mí pavonee lo que quiera, pero que ni se le ocurra volver a insultarle.

Sybilla se puso de cuchillas en frente de él. Sandro respiraba ajetreadamente, y ya que le conocía a la perfección, supo que en el hiriente discurso de Domenico había parte de verdad.

- ¿Entonces Piero se...?
- No se lo digas a nadie, por favor — le pidió.

Ella desvió la mirada, asintiendo. Debía tener buenos motivos para ello, se dijo. Ya que era bastante tarde y le esperaba un examen al día siguiente, decidió que lo mejor que podían hacer era meterse cada uno en su cama y tratar de dormir.

- Te has levantado temprano, descansa y olvídate. Seguro que mañana lo podréis hablar en frío.

Su hermana se puso el camisón y apagó la luz. Le deseó buenas noches mientras se daba la vuelta, procediendo a repasar mentalmente el contenido de los temas que había estudiado.

Por su parte, Sandro se tumbó y miró al techo. Afuera se escuchaba un acalorado diálogo, convertido en un molesto murmullo por la interposición de las paredes. Observó entre la penumbra el contorno de la máscara, situada apenas un metro encima de él. Su afilada nariz de papel sobresalía de la silueta, y dos cintas de raso amarillo fluían elegantemente de sus sienes ficticias.

Cuando el ruido le resultó insoportable buscó los auriculares, conectando el discman y reproduciendo el disco que escuchaba una y otra vez cuando estaba bajo de ánimos. Björk le cantaba, invitándole a evadirse en un cúmulo de pensamientos sazonados con música electrónica.


Desde que te conocí esta pequeña ciudad no tiene habitaciones que puedan contener mis sentimientos

Violentamente feliz, porque te quiero

Violentamente feliz, pero no estás aquí




Lo repetía pulsando la tecla nada más acabar el tema, y su cuerpo se volvía ligero, como si fuese secundario y nada más que la conciencia pudiera resultar trascendente. Sólo el alma, el amor, y el ritmo alterado de los sintetizadores convertidos en los latidos de su corazón.


Violentamente feliz, acabaré por meterme en problemas

Me pondré en la orilla de cara al océano, esperando a que me ruja para rugirle yo a él

Violentamente feliz, pero no estás aquí




Supuso que el tiempo habría pasado, y que todos los habitantes de la casa ya habrían conciliado de alguna manera el sueño. Adoraba ese instante en el que las melodías le envolvían en lo oscuro de su habitación, solitariamente rodeado de personas.

Creyó que nada podría destruir su parcela de serenidad, mas se equivocó. Manteniendo el equilibrio sobre la delgada línea que aún le separaba de Morfeo, sus tímpanos invadidos por la música y el letargo le impidieron reaccionar.

El golpe en el cráneo fue demasiado rápido como para percibirlo. Únicamente el agudo dolor le devolvió a la vigilia, nublándosele la vista. Antes de que pudiera evitarlo le habían atado con fuerza de manos y piernas, inmovilizándole. Un paño de tela introducido en la boca completó la jugada, impidiéndole hablar y, por supuesto, gritar.

- ¿Qué ocurre? — preguntó Sybilla adormilada, encendiendo su lámpara.

Ver a su hermano amortajado la paralizó de puro terror, incrementándose el mismo cuando el autor de la operación se abalanzó sobre ella, derribándola en el lecho.

- ¿Te crees muy hombre, verdad? — preguntó Domenico a Sandro, mirándole fríamente -. Puedes protestar y patalear todo lo que quieras, pero seguro que no serías capaz de hacer esto. Observa y aprende, “hijo” — se mofó.

Las pupilas de Sandro se convirtieron en dos puntos minúsculos. Trató de escupir el paño y soltar las cuerdas, mas sólo consiguió revolverse inútilmente sobre la colcha.

Sybilla gritó y gritó, hasta que las bofetadas la hicieron callar y lo único que brotó de sus labios fue un sollozo iniciado mientras él le levantaba el camisón y le arrancaba la ropa interior, continuando al ser tocada bruscamente y luego penetrada sin un ápice de clemencia.

María golpeaba la puerta desde fuera, rogándole que se detuviera y que dejara a sus hijos tranquilos. Los muelles del colchón rechinaban por la vibración, y los embistes se intensificaron para hacer la tarea lo más breve posible.

Saboreó el orgasmo derramándolo dentro de ella, dejando entre las piernas de la chica un rastro coralino al mezclarse lo blanco de su esencia con la sangre virginal.

Sandro terminó por rodar hasta caer al suelo, luchando para liberarse. Logró expulsar la mordaza, bramando fuera de sí.

- ¡Te mataré! ¡Te juro por mi padre que lo haré!

Domenico se subió la cremallera, propinándole una patada en un costado.

- Primera norma: muestra siempre respeto a tus mayores. Y segunda: nunca jures sobre un muerto.

Dado que ya había conseguido de ellos todo lo que quería, abrió la puerta de la habitación y esquivó a María, la cuál cayó desplomada al contemplar el macabro espectáculo.

Le vio largarse desde la alfombra, bombardeándole el eco de sus pasos, constituyendo un castigo aún mayor que tener a su hermana humillada, y a su madre destrozada por un desengaño del que no lograría reponerse. Y si tanto le marcó fue porque sintió que no había sido capaz de proteger lo que amaba por encima de todas las cosas.

Unos minutos después procedieron a desatarle. Hubiese preferido que no lo hicieran, pues ser de nuevo dueño total de sus actos no hacía sino incrementar su furia y desesperación.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 27 Ago 2006, 22:30

No hubo denuncia. De nuevo el miedo escénico a la sociedad empujó a Maria a rogar que nada saliera de las cuatro paredes en las que vivían. Oficialmente, Domenico seguía en otro de sus viajes de negocios, y el silencio sepulcral en la tienda se extendió hacia el interior de la familia.

Su madre parecía un fantasma de sí misma. Apenas comía y no salía si no era estrictamente necesario. No tardó en dejar de atender el negocio, quedando en sus manos la completa responsabilidad. Pero la peor parte la tuvo Sybilla.

De la chica alegre y apacible de antaño no quedó ni un vago recuerdo de su belleza. Al irreversible cambio que su cuerpo experimentó involuntariamente siguieron los pésimos resultados académicos y, con ello, el hundimiento.

Sandro empezó a pasar las noches en el sofá de manera regular, pues ella se encerraba en su cuarto y no dejaba que entrase. El haberse acostumbrado a oírla llorar le parecía abominable.

Ni las conversaciones vía sms con Piero en plena madrugada conseguían apaciguarle. Trabajaba de sol a sol en la tienda, cambiándose de ropa entre las alacenas para partir a la calle en busca de compradores, encontrándose el mismo panorama siempre que anecdóticamente coincidía con ellas.

Era una ironía que por proporcionarles una salida y sustento las estuviera perdiendo. El abismo que se había abierto entre los tres era insalvable, tanto que en cualquier momento alguno acabaría por precipitarse al vacío.

Ocurrió una mañana de sábado. Acababa de llegar de su ronda de servicio, habiendo recaudado casi quinientos euros tras haberse acostado con siete personas distintas. Estaba agotado y sólo pensaba en darse una larga ducha y dormir de un tirón hasta el atardecer.

No había nadie despierto, pero para su enfado el cuarto de baño parecía ocupado. Comprobó que la puerta de su habitación estaba entreabierta, así que no fue difícil deducir quién estaba dentro.

- Syb, ¿vas a tardar mucho?

Su hermana no respondió. Espero unos segundos más por si ella se encontraba en alguna situación delicada, repitiendo la cuestión.

- ¿Syb?

El silencio le resultó espeluznante. Su pulso se disparó al advertirle que algo no iba bien. Forzó el pomo sin que éste cediera, procediendo a empujar la puerta con el hombro para vencer la resistencia.

Cuando el seguro metálico se rindió y estuvo dentro, el planeta dejó de girar. Los azulejos y sanitarios estaban cubiertos de una capa de agua, seguramente producida por el vapor en suspensión ya condensado sobre las superficies.

Frente a él estaba la bañera, repleta del líquido frío que custodiaba el cuerpo de su hermana. Uno de los brazos caía flácido por fuera, y los últimos restos de sangre se habían coagulado en torno a las venas seccionadas.

Otra vez encarando a la muerte, llevando ésta el disfraz de un ser querido. De nuevo observando las mutilaciones en los restos inertes de las personas que, no tanto tiempo atrás, eran el centro de su devoción.

Cansada ya de tragedias, su mente procesó una cadena de conceptos mecánicos.

Hospital. Funeraria. Gastos.

Maria se enteró cuando los auxiliares de ambulancia llegaron a recoger el cadáver. No dijo nada. Simplemente se sumió en un estado catatónico del que Sandro aún no sabía que nunca lograría salir.

En los pasillos de la clínica, aturdido por el olor a formol y antiséptico, amortiguó otro revés con la coraza que se había creado. De no haberse dejado llevar por una impasibilidad que le anestesiaba hasta el límite, posiblemente tampoco habría podido asimilarlo.

- Su hermana murió por desangramiento inducido – le dijo el forense -. Lo sentimos, el feto era demasiado joven, no había posibilidad alguna de reanimarlo ni mantenerlo con vida fuera del útero.

Empleó los asentimientos silenciosos con la cabeza para entablar los trámites. Los médicos no tardaron en conseguir que diese su consentimiento y así transformar la defunción en esperanza para otros gracias a los avances científicos; a él tampoco le supuso esfuerzo contarle a su madre que había pedido que la incineraran una vez vacía. La mujer permanecía impasible, sin responder a los estímulos. Era un montón de músculos y huesos que interactuaban por impulsos biológicos, sin ganas de pensar ni recordar.

Mientras una enfermera le tomaba la tensión, él miraba por la ventana, diciéndose que su escudo pronto mutaría en cientos de afiladas espinas, y entonces el dilema de los erizos podría aplicársele... cada vez que quisiera volver a amar y proteger a alguien, acabaría por dañarle y perderle.


<< Violentamente feliz
porque no estás aquí >>



El vibrador de su móvil se activó. Los píxeles formaban un montón de líneas que tardó en reconocer como los caracteres del nombre de Piero.

A él también le heriría. Acabaría por ser infeliz a su lado. Respondió la llamada, y lo que su novio tenía que decirle devolvió el color a sus mejillas, ardiendo por la incredulidad de una batalla que dio de antemano por perdida.

- ¿Estás seguro?
- Sí. Ven corriendo – respondió, angustiado.

Sandro ignoró a la sanitaria, tomando a su madre de los hombros y sacudiéndola mientras miraba a sus ojos perdidos.

- Mamá, ¿dónde están las escrituras de la casa?

La mujer no daba señales de entenderle. Sus labios se entreabrieron, manando nada de ellos.

- ¡Las escrituras del piso! – repitió él al borde del histerismo.

La enfermera llamó a los de seguridad, pero el chico obtuvo milagrosamente los datos que necesitaba mediante un susurro monótono, carente de entonación.

- Quería una señal...
- ¿Una señal de qué? – insistió, peinando sus cabellos desordenados.
- Quería una garantía... para casarnos...

Sandro apretó el puño, descargándolo contra la pared. Pidió disculpas al equipo médico y se marchó de allí, tomando el primer autobús que pasó por la parada del hospital.

Cuando llegó al barrio aún no era demasiado tarde. Pudo entablar conversación razonable con el dueño de la que legalmente ya no era su casa, enterándose por el matrimonio entrante que la operación se había cerrado hacía dos meses, y que el propietario del piso no les había dicho que tenía inquilinos.

Piero le ayudó a desalojar sus pertenencias. La trastienda se llenó de montones desperdigados de ropa, pequeños muebles, cacharros de cocina y demás objetos de poca utilidad.

La historia se había repetido. Como un huracán que arrasa cuanto deja a su paso, Domenico, si es que ese era su verdadero nombre, había entrado en sus vidas llegando a la meta, conquistando a la viuda y haciéndose con sus posesiones para venderlas a un buen postor, desapareciendo de la faz de la tierra. Un clásico entre los clásicos de la estafa, cerrándose sobre su figura sentada entre cajas y más decisiones que tomar.

- ¿Quieres estar solo un rato? Yo iré a acompañar a tu madre.
- No hace falta.
- Sandro... – le dijo, apartándole el pelo de la cara – Déjame ayudarte. Dime cómo hacerlo.

Él se llevó las manos al rostro, friccionándolo para despejarse. Trató de ser lo menos brusco posible.

- Te digo que no hace falta.

Piero reprimió las lágrimas, saliéndole un hilo de voz truncada.

- Se supone que tenemos que apoyarnos el uno en el otro, pero ya no sé cómo.
- Si de verdad me quieres, dame tiempo. Te llamaré cuando me haya aclarado.

Disgustado por dicha petición irrefutable, él salió del local dando un portazo. Cuando no hubo mayor presencia humana que la suya se tendió en las baldosas, estirando las extremidades para inhalar todo lo profundo que los pulmones le dejaban, tratando de pensar.

Si no razonaba se volvería loco, y no podía permitirse el lujo de perder la cordura. Sopesó su situación haciendo balance de las opciones que tenía, y a los pocos minutos rescató entre el caos emocional los argumentos que por mucho que quisieran no podía obviar.

No podía quedarse en Nápoles, una ciudad en donde los vecinos que le conocían desde que era un mocoso querrían preguntarle por su pobre madre, y fisgonear sobre los detalles escabrosos de su estado.

No podía seguir ganando dinero en unas noches donde los clientes empezaban a repetirse, peligrando su frágil anonimato.

Y la más evidente de todas, era que no sería capaz de seguir adelante si todo lo que le rodeaba, desde las calles a las plazas, las fachadas y los barrios, le recordaba a unos días dichosos que no regresarían.

La metodología de autodefensa que su psique empleaba era actuar deprisa, sin darse tiempo a meditar. Encontró en un montón sus pertenencias, y tras abrir una bolsa de deportes fue metiendo lo imprescindible dentro. Algo de ropa, el dinero recaudado, documentación…

Cuando la hubo llenado sus dedos rozaron la brillante rugosidad del papel maché. Apartó unos jerseys y sostuvo con ellos la máscara.

Tras echarse el equipaje a los hombros se miró en el espejo del diminuto lavabo de la trastienda, cubriéndose el rostro. Allí, dondequiera que finalmente recalase, se ocultaría como Pierrot haciendo de la identidad su mejor antifaz: se inventaría una con la que no dejar huella, partiendo a otro sitio cuando el primero se le quedara pequeño.

Tenía deudas que saldar, en especial una que estableció consigo mismo. Prometió que algún día encontraría a Domenico, y que su imperiosa necesidad de cobrarse venganza no estaría saciada hasta haberle devuelto su regalo maldito.

Echó un vistazo a la tienda antes de cerrar, rogando para que su madre no le guardara rencor por lo que a continuación iba a acontecer.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 30 Ago 2006, 07:50

El trato con la Camorra resultó provechoso dado su delicada situación. A cambio de cederles el negocio y la totalidad de los bienes materiales que contenía, le rebajaron la devolución en unos 50.000 euros. Ahora sólo le faltaba abonar la otra mitad, sumado a los costes que ocasionarían su manutención y los derivados del cuidado de su madre.

Casi 2.000 al mes; pero los jardines podados, las enfermeras amables y una habitación compartida con otra interna parecían justificar el precio de la residencia.

Firmó el contrato que la responsable de la institución le tendió y caminó hasta el final de la sala. Una decena de adultos con diversas patologías psicológicas se esparcían por la misma, algunos viendo la televisión, otros aparentando que no estaban sumidos en un trance perenne.

Maria se hallaba sentada en una silla de madera tomando el sol que se colaba por los balcones. Tenía las piernas cubiertas por un mantón de lana y la mirada ausente.

Sandro se arrodilló frente a ella. Le habían dicho que seguramente no le reconocería, que apenas se percataba de lo que ocurría a su alrededor. Pese a todo, quiso mantener la esperanza.

- Tengo que irme, mamá… voy a la capital a ganar dinero, vendré a verte siempre que pueda, ¿vale? – susurró.

Besó su cara apagada, como la de una muñeca antigua que alguien descubre en el fondo de un arcón. Se mordió los labios para evitar que le temblaran antes de salir de la clínica de internamiento, acudiendo a la cita que una hora antes había programado.

Le dio tiempo de llegar a la estación y comprar dos billetes para el próximo tren. Con los resguardos en la mano esperó debajo del reloj, entre una marabunta de gente que iba y venía.

Le avistó correr desde lo lejos, situándose a su lado recobrando el aliento. Piero se fijó en que llevaba la maleta encima; el decorado del encuentro y los accesorios no dejaban mucho espacio para imaginar cuál sería el desenlace de la escena.

- ¿Qué estás haciendo?
- Me voy de Nápoles. Necesito empezar de cero donde nadie me conozca. Vente conmigo, he comprado dos billetes a Roma.

Él se quedó inmóvil. Vio cuál era la salida estimada del tren en el ticket, comprobando por los paneles cercanos que apenas le quedaban cinco minutos para decidirse.

Cerró los ojos, escuchando la voz sensual y hastiada de Sandro.

- Los dos juntos, a nuestras anchas. Es lo que siempre quisimos.
- Mi hermano me ha prometido el puesto… - consiguió articular – Aquí está mi casa, mi familia… si me lo hubieses dicho antes…

No sintió decepción, puesto que había dado por hecho que partiría sin compañía hacia lo desconocido al entregar en ventanilla el importe de la butaca. Se colocó el asa de la bolsa y le dedicó una última sonrisa. Una que pudiese guardar en su corazón, con la que edulcorar lo amargo de la despedida.

- Sé que no es justo pretender que lo sacrifiques todo por mí… pero tenía que intentarlo.
- Puedo conseguir que te enchufen en la empresa, hay cientos de alquileres asequibles por aquí cerca…
- Sabes perfectamente que no me queda alternativa.

Piero bajó la mirada, asustado y triste.

- Dije que no volvería a perderte.
- No lo harás… - le respondió rozándole los pómulos al colocarle el flequillo -. Siempre que vayas a Capri, acuérdate de mí.

La megafonía dió el primer aviso para los viajeros a Roma. Caminaron hasta el andén, en donde los pasajeros iban encaramándose al tren de alta velocidad.

Se abrazaron con fuerza, robándole un beso en los labios que no quiso evitar. Se miraron a los ojos, venciendo Sandro al fuerte impulso de no soltarle y dejar que la máquina partiera sin él.

Una vez en el compartimiento que había reservado, colocó su equipaje debajo de las piernas y apoyó la cabeza en el cristal. El tercer y definitivo pitido electrónico sonó, iniciándose el desplazamiento. Las vías de la estación comenzaron a pasar de largo, mas no miró hacia atrás, sólo al horizonte.

Casi tres años de altibajos quedarían guardados en su interior a modo de imágenes estáticas, transformándose en algo semejante a la vieja cámara de fotos que consigo llevaba. Piero permanecería en un rincón de su cerebro, llegando el momento en el que sus rasgos serían sustituidos por los recuerdos que a él había asociado: la fina arena de la playa, el sabor del mar en su piel, los juramentos de juventud que a nada llegaron.

Se recostó en los dos asientos, abandonándose a un descanso del todo merecido. Y mientras ganaba en kilómetros hacia el norte soñó con la celebración de su dieciocho cumpleaños a la luz de las estrellas, fundido en su cuerpo al compás del oleaje, encontrando en lo onírico el consuelo que nadie podía otorgarle.


Vimos pasar el comenta
tumbados sobre la arena,
hablando de cosas
que suenan trascendentes,
haciendo promesas
que tú y yo sabemos que no hay que cumplir.
Vimos hundirse la noche
en la distancia más corta,
robando los sueños a la madrugada,
soñando despiertos
con que es más fácil lograr así un final feliz…
Y ahora me arrepiento
de no haber sabido aprovechar el momento,
y siento haber oído mi voz
diciendo que no importa nada,
que son cosas de la vida,
que algún día lo olvidaríamos los dos…
Me odio cuando miento.






(*) Fangoria, “Me odio cuando miento” // Björk, “Violenty happy”
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Capítulo 4 (tercera parte)

Notapor Shaka » 04 Oct 2006, 22:00

Tercera parte


Roma era como la había imaginado. Un bellísimo museo al aire libre para el visitante que disfrutaba de sus monumentos con una estancia previamente pactada, mas para los que tenían el deber de buscarse un espacio entre sus millones de almas, resultó ser una ciudad sin corazón ni mar. El gris frío de las mañanas del Mediterráneo fue sustituido por el hollín de las motocicletas, y su sonido conciliador por un tráfico espantoso, aclimatado a las limitaciones del transporte subterráneo.

Nada más llegar a la estación de trenes invirtió parte del efectivo que poseía en un nuevo teléfono móvil. Pidió al dependiente que destruyera la anterior tarjeta, caminando por las aceras sin rumbo, incapaz de despegar la mirada de la diminuta agenda en blanco. Sin contactos ni registros previos, un potente instrumento de filtraje de clientela.

Sus dos primeras noches en la capital las pasó resguardado en una pensión, ojeando las secciones de contactos de cuantos diarios encontró tirados en el metro. Por el día acudía a las oficinas de las editoriales y publicaba sus propios reclamos, pagando las tarifas según el formato y fecha de salida. El celular no tardó en sonar, iniciándose un procedimiento que acabaría siendo una rutina en su ocupación.

Establecía hora y lugar de la cita, destacando una prenda por la que identificarse, llegando siempre unos quince minutos antes para observar al supuesto comprador. Aunque las apariencias solían engañar, se volvió selectivo, acudiendo hasta el cliente sólo si éste le inspiraba una mínima confianza.

Pronto descubrió que al contrario del ajetreado mercado de los locales de marcha, el sexo encargado telefónicamente tenía un perfil de demanda bastante dispar. Le llamaban hombres a cualquier hora del día, algunos residentes, otros en viaje de negocios. Le citaban en sus propios apartamentos o en hoteles de congresos, oficinas y edificios públicos, teniendo un referente en común: la discreción.

Durante las buenas rachas trataba de ahorrar lo máximo posible; en las malas, al contrario, solía ingeniárselas para conseguir que el último de la madrugada se quedara dormido, recuperando algunas horas de sueño en buena cama ajena y desapareciendo al amanecer con tal de no tener que costearse hospedaje.

Precisamente se le había presentado una modalidad de este recurso un tanto desesperado de supervivencia. Thomas, un agradable corredor de bolsa que estaba asistiendo a un curso intensivo en Italia, le había propuesto que pasara el tiempo que quisiera en su suite a cambio de hacerle un descuento sustancioso en la factura. Se dijo que valía la pena un par de revolcones gratis con tal de campar a sus anchas en aquel palacio en miniatura.

Así que Sandro, envuelto en un mullido albornoz tras haber salido del baño más lujoso que recordaba, dio unos bocados al tentempié encargado al servicio de habitaciones mientras encendía el ordenador portátil de su cliente.

Aún quedaba un buen rato para que éste llegara y reclamase su sesión intensiva anti-estress, por lo que en un intento de rememorar días pasados en los que los cybercafés eran la gran novedad entre la juventud napolitana, entró en uno de los tantos chats que se ofrecía desde una famoso portal de internet.

Los vínculos que había visitado estaban sombreados en violeta, buscando entre ellos aquél en el que deseaba repetir. Sintió algo cercano a la alegría al distinguir un nick entre la amplia relación de figurantes del canal.

Pocos segundos después, la persona con la que había dialogado cibernéticamente en los últimos días le abrió un privado.

#Katja! Spielt mit mir:/ sabía que te vería de nuevo por aquí : -)

Él sonrió, bebiendo un poco de zumo y tecleando con la mano libre.

#Venus as a boy:/ x q estabas tan segura?
#Katja! Spielt mit mir:/ tuve un presentimiento. Ayer te fuiste de repente
#Venus as a boy:/ tenia que irme a trabajar
#Katja! Spielt mit mir:/ ah

Sandro observaba el cursor intermitente del portátil, preguntándose por qué un montón de palabras y símbolos le procuraban tanta simpatía. Su primera quedada con un chico la había concertado a través de la red, resultando un fracaso estrepitoso. Por su experiencia y las que le habían contado algunos amigos de la pandilla, sabía que detrás de un ordenador cualquiera podía jugar a ser quién le apeteciese. Sin embargo, esa persona que aguardaba su respuesta parecía diferente.

#Venus as a boy:/ te ocurre algo? no pareces tan animada como de costumbre.

El hueco del privado permaneció en blanco unos minutos, denotando quizás la necesidad de inventarse una excusa, o bien estar meditando.

#Katja! Spielt mit mir:/ hay algo de lo que quisiera hablar con alguien, pero no puedo.
#Venus as a boy:/ seguro que no es tan grave. quieres contarmelo?
#Katja! Spielt mit mir:/
#Venus as a boy:/ si me cuentas tu secreto, te digo uno mio.

El elegante reloj de péndulo marcó las ocho en punto, iniciándose la conversación que cambiaría radicalmente la vida de ambos.

#Katja! Spielt mit mir:/ lo he dejado con mi novia. en casa no dejan de preguntarme por que me paso el dia encerrada, estoy harta
#Venus as a boy:/ no deberian hacerlo. es normal que te deprimas
#Katja! Spielt mit mir:/ es que no lo saben. mis padres me matarian
#Venus as a boy:/ independizate. no ganabas bastante en la floristeria?
#Katja! Spielt mit mir:/ tampoco quiero seguir. al principio crei que era el curro perfecto, pero me aburre, no puedo hacer lo que me gusta

Él rememoró melancólicamente las jornadas en la tienda, desempeñando mil y una funciones cuando lo que le apetecía era irse por ahí con los demás.

#Venus as a boy:/ entonces lo que necesitas es un cambio de aires
#Katja! Spielt mit mir:/ me abruma tu inteligencia ¬__¬
#Venus as a boy:/ solo estaba sugiriendo una idea
#Katja! Spielt mit mir:/ perdona. me pongo borde cuando estoy triste
#Venus as a boy:/ tranquila, no pasa nada ; -) sabes que? Si yo fuera tu y no tuviese nada que me retuviera, haria una maleta y me marcharia de alli. empezaria completamente de cero
#Katja! Spielt mit mir:/ y a donde voy a ir?
#Venus as a boy:/ vente a roma conmigo
#Katja! Spielt mit mir:/ …… que parte de “soy lesbiana” no has entendido? Y yo que creia que no eras de esos tios...
#Venus as a boy:/ no tengo ninguna intencion de ligarte
#Katja! Spielt mit mir:/ ¿?
#Venus as a boy:/ xq tengo otro secreto 0: -)
#Katja! Spielt mit mir:/ eres gay?
#Venus as a boy:/ tal vez… je je
#Katja! Spielt mit mir:/ que casualidad! y eres de roma?
#Venus as a boy:/ no, llegué hace poco aquí. tambien lo dejé con mi novio
#Katja! Spielt mit mir:/ debes estar vacilandome
#Venus as a boy:/ bueno, cree lo que quieras. oye, me empieza el turno, he de irme. no se cuando me conectare de nuevo
#Katja! Spielt mit mir:/ que pena, ahora que se ponia interesante :[
#Venus as a boy:/ todos los jueves me tomo el dia libre y me pongo a leer en las gradas de la Fontana di Trevi, en el primer escalon por la derecha
#Katja! Spielt mit mir:/ a que viene eso?

Sandro iba a contestar, pero escuchó el ruido de las llaves en la puerta. Desconectó el portátil lo más rápido que pudo, cerrándolo y tirándose sobre la cama para recibir al anfitrión de la forma en que a éste le gustaba, representando el papel por el que le pagaba una considerable cantidad de dinero.

- ¿Has tenido un día duro, cariño? – le preguntó, desvistiendo lentamente sus hombros – Ven y deja que te consuele.

El hombre dejó la cartera de piel repleta de documentos en el suelo, dispuesto a disfrutar ahora que estaba lejos de su familia, y nadie sabía que satisfacía en el extranjero sus preferencias con un muchacho que debía tener la misma edad que sus hijos.

Aquella noche, mientras su cliente gemía al penetrarle, Sandro miraba hacia el techo esperando a que acabase, dándole mil vueltas a lo sucedido en el chat. Se dijo que no tardaría demasiado en olvidarse de ello, tal vez menos de lo que le costó al hombre desplomarse sudoroso sobre su cuerpo y empezar a roncar contra la almohada.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 07 Oct 2006, 10:33

Katja se supo en paz consigo misma cuando el letrero de la estación de Erfurt desapareció de su vista. La ventana de la cabina se convirtió en un panel hacia la libertad, en el que los paisajes frondosos de Alemania transcurrían veloces; una sinfonía de verdes combinados con casitas pintorescas y acentos que iban cambiando a medida que deshacían kilómetros con destino al sur.

Además de un inglés algo rudo hablaba su lengua nativa, así que su arribo a Italia podía denominarse propiamente de aventura. Sólo ella, una mochila y esa loca idea de encontrar como fuese la fuente de la que un contacto internauta le había hablado.

A base de preguntar llegó a la Piazza Navonna, y desde allí siguió algunos paneles que indicaban la ubicación del dichoso lugar. Roma estaba llena de turistas como era costumbre, así que pasó completamente desapercibida en su andar hacia la confluencia de las tres vías.

Al fin estuvo ante la prodigiosa fachada de aquel edificio erigido sobre un manantial. Las estatuas clásicas eran retratadas por los que cumplían el rito de tirar una moneda a las heladas aguas de la Fontana, y los nativos charlaban entre sí haciendo gala de la famosa calma patria.

Bajó los escalones y le vio. Sentado en un hueco del primer peldaño hacia el borde derecho, había un chico de cabello castaño y ropa desenfadada sumido en un libro. Únicamente había una manera de salir airosa en la comprobación de su identidad sin caer en el ridículo. Se sentó junto a él y, como si se dedicara a admirar la exquisita arquitectura barroca, se puso a canturrear el estribillo de una canción de Björk.

- He believes in beauty... he’s Venus as a boy…

Sandro apartó la mirada de la lectura, topándose con un rostro pecoso de ojos azules. Ella gesticuló, expresándose en la lengua sajona por la que se habían comunicado hasta entonces.

- ¡Sí que eres tú!
- ¿Hablas conmigo?
- ¡Eres Venus, el del chat! ¿No me reconoces? Soy Katja.

Él se quedó pasmado, experimentando un súbito asombro mezclado con estupor.

- ¿Katja? ¿En serio?
- Hice caso de lo que me dijiste — afirmó, orgullosa -. Les dejé una nota diciendo que me iba. Sin ataduras, ¡es genial!
- Sí, claro... — respondió él, guardando el libro en la bandolera -. ¿Y has pensado cómo te las vas a ingeniar? De algo tendrás que comer.
- Ya habrá tiempo para pensar en eso, quiero saber qué se siente siendo libre.

Levemente conmocionado por algo con lo que no contaba, decidió al menos pasar una buena tarde con ella antes de marcharse por su camino.

- ¿Quieres tomar un café? Por aquí hay un sitio estupendo.
- Me encantaría.

Se incorporaron, sorteando a los que paseaban por el centro romano. Al llegar al acogedor local se sentaron en una mesita de la terraza, pidiendo a recomendación de él dos capuchinos con canela. Katja saboreó el suyo, suspirando de gusto.

- ¿Por qué rompiste con ella? — quiso saber el italiano.
- Era demasiado posesiva. La quería muchísimo, pero estaba llegando a un nivel extremista... — contestó, disimulando lo afligida que aún estaba -. ¿Y tú?
- Problemas míos. Me temo que él se pasaba de bueno.
- Vaya...

La chica se le quedó mirando, y sus mejillas se tiñeron de un gracioso rubor producido por la curiosidad.

- No te he preguntado cómo te llamas.
- Sandro Galenni. De Nápoles.
- ¿Y a qué te dedicas?
- Soy fotógrafo — se apresuró a decir -. No se gana mucho, pero es un gran ejercicio de creatividad.
- Entonces supongo que los dos somos como las violetas... se nos tiene que regar al revés, por la base del tiesto — rió ella, amante de la floricultura.
- Nunca me habían comparado con una planta — replicó él de igual manera.

Casi sin darse cuenta las horas se les fueron volando. La noche cubrió la ciudad con su manto, salpicado de estrellas y luces doradas provenientes de coches y vecindarios.

Caminaron un par de manzanas, hasta que llegaron a la esquina por la que Sandro debía torcer para atender la llamada que acababa de recibir, cerca de donde estaba malviviendo.

- Me ha surgido un encargo de última hora, no me queda más remedio que aceptarlo, tengo que pagar la habitación hasta que me den el estudio.
- No te preocupes. Me lo he pasado muy bien, gracias por el café.
- De nada.

Se sonrieron, y Katja tomó su equipaje con ambas manos, empezando a andar cuesta abajo. Sandro sintió un peso en el pecho. Se le caía el alma a los pies al verla así, tan frágil y a la vez con tanta fuerza, como la mejor de las aves rapaces antes de aprender a volar.

- Katja, espera... toma, es la llave del motel. Puedes quedarte esta noche conmigo, no sé cuándo llegaré, pero trata de descansar.
- ¿De veras? — dijo ella, conmovida -. ¿Cómo entrarás tú?
- Insistiré tocando en la puerta.

Se guardó la llave en el puño, apretándolo contra el pecho.

- Gracias...
- ¡Hasta luego!

La germana le siguió con la mirada hasta que desapareció cruzando el paso de peatones. Una vez en la modesta habitación buscó algo de ropa cómoda que ponerse, y se tendió en la cama tratando de conciliar el sueño. Aunque se había mostrado simpática y extrovertida, como en realidad era, estaba muerta de miedo, lejos de todo lo cotidiano y a expensas de una persona a la que apenas conocía.

Mas quería confiar en su nuevo amigo, no le quedaba otro remedio. Dormitó inquieta desvelándose con frecuencia, hasta que unos nudillos en la madera la despertaron del todo. Se levantó y fue descalza a abrirle.

Él entró despacio, caminando hacia el interior a oscuras. Cuando Katja hizo el ademán de encender la luz de la lamparilla trató de impedirlo, saliéndole las palabras demasiado tarde.

La alemana se quedó muda de la impresión. Tenía un moretón en la cara y parte del labio hinchado, con rastros de sangre reseca. Se sentó en el lecho tomándole de las manos, preocupada.

- Sandro, ¿qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto?
- No es nada.
- ¿Cómo que no es nada? Estás herido — insistió, secándole la herida de la boca con el pico de la camiseta.

Al intentar esbozar una sonrisa para disuadirla, él también se vio obligado a confiar en ella.

- Perdóname, te he mentido.
- ¿Qué quieres decir?
- No soy fotógrafo... sino gigoló — musitó -. El tío con el que vengo de acostarme se pasó de la raya, tuve que defenderme.

Le acarició la cabeza, hablándole con voz suave.

- ¿Te ha hecho algo más? Deberías denunciarlo a la policía.
- Sólo me daría problemas. Podrían detenerme.

Katja se quedó callada, estrangulándole el nudo que tenía en la garganta. Cuando consiguió recobrar el habla lo hizo secándose las lágrimas con el puño, rabiosa.

- Me gustaría ponerle las manos encima y romperle todos los huesos.
- Ya será menos... son cosas del oficio. ¿No te pinchas tú con las rosas a veces?
- Nadie se merece que le peguen, y menos tú.

Él se rió, escociéndole la herida de la boca.

- ¿Por qué dices eso?
- Tienes un aura especial. Mi “feeling” nunca falla, me siento realmente bien a tu lado.
- Estás loca — afirmó.
- Es posible, pero por muy pirada que esté te vendrá bien que encuentre un trabajo y comparta piso contigo. ¿Hace el trato? — propuso poniéndose de rodillas sobre el colchón y tendiéndole la mano con rapidez, contrastando su energía con el cerco del llanto.

Dado que era a priori un buen acuerdo, y que también sentía ese inexplicable vínculo de afinidad hacia su persona, se la estrechó, agitándola ambos con generosos movimientos verticales.

Restándole atención a las magulladuras y el abuso sufrido, se pasaron la madrugada sentados en la cama hablando sin parar. Ella le contó que era hija única, y que había descubierto su atracción hacia otras chicas a edad muy temprana. Se describía como una mujer enamoradiza y temperamental, soñadora, algo ingenua a la hora de esperar quizá demasiado de los demás.

Sandro, por su parte, relató el cambio drástico que había sufrido: la muerte de su padre y hermana, la ruptura y necesidad de encontrar a alguien con quien poder ser él mismo, y no un guión improvisado por tramos.

- Entonces ese alguien debo ser yo, ¿no?
- Me temo que sí — respondió él.

Katja se cubrió las piernas con la manta, abordando una pregunta que, pese a delicada, consideró necesaria.

- ¿Por qué te vendes? Dudo que lo hagas por voluntad propia.
- Mi madre está enferma. No tenemos a nadie que pueda ocuparse de las facturas, la clínica es demasiado cara. Y yo no tengo estudios, así que... — explicó resignado.
- ¿Qué hay de ti? Hablas como si no te incluyeras en tus motivos para vivir.
- Las cosas pueden ser más complicadas de lo que aparentan, sobre todo en este país. Lo irás comprobando por ti misma.
- A mí me gusta la sencillez. ¿Qué tiene de malo la simpleza?

Sandro suspiró. Estaba cansado y apenas faltaban unas horas para abandonar el motel.

- A ver si te gusta este “plan simple”. Nos dormidos, luego vamos a desayunar por ahí y empezamos a buscar piso. Por el trabajo ni te preocupes, eres muy mona, seguro que en cualquier cafetería del centro te cogen.
- ¡Gracias por el cumplido! — afirmó — Hablo inglés y alemán, aunque no entiendo nada de italiano.
- De eso me encargo yo — respondió, apagando la luz -. Bonna sera.

Se acomodaron cada uno en una parte de la estrecha cama, peleando entre bromas por hacerse con la mayor superficie de la almohada. Cuando el despertador del móvil dio el toque de aviso y abandonaron la habitación, se dispusieron a compartir el que sería el primero de los tantos días que acabarían por convertirles en uña y carne.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 19 Oct 2006, 19:21

Gracias al acelerado curso básico recibido, en tres semanas Katja era capaz de expresarse lo justo para desempeñar su puesto en una heladería. Se había aprendido de memoria los nombres de los sabores y dónde estaba cada uno, recurriendo a la simpatía en caso de cometer algún error. Solía pasarse un buen rato todas las mañanas encerrada en el baño gesticulando ante el espejo, tratando de mejorar la pronunciación e imitar el acento.

- Stracciat...
- Straciatella! – gritó él al otro lado de la puerta.
- ¡Qué cotilla eres! – respondió abriéndola, salpicándole con el agua que empapaba sus manos tras prepararse el pelo para la espuma.

Finalmente habían conseguido alquilar un apartamento lo suficientemente grande. No era lo que se decía amplio, pero tenía unas cristaleras que lo hacían luminoso, y estaba apenas a tres paradas de metro del centro histórico de la ciudad. En cuanto a ella le entregaran su primer sueldo, podrían abonar las facturas holgadamente.

- Oye Sandro, ¿trabajas esta noche?
- Tengo una cita a las diez, y si no se raja ninguno estaré ocupado hasta las 4. ¿Por?
- Es que igual tengo compañía... –comentó sin ocultar su entusiasmo.
- ¿Se lo has dicho? – exclamó, en referencia a la responsable de distribución de la que Katja llevaba días enumerando cualidades.
- Si llego a saber que sería tan fácil me hubiese lanzado antes.
- Trataré de llegar más tarde. ¡Me meteré directamente en mi habitación, vosotras a lo vuestro!

Se alegraba mucho por ella, una inyección de autoestima era justo lo que necesitaba. Terminaron cada uno de arreglarse, dándole la afortunada un beso en la mejilla antes de tomar su bolso y salir corriendo para llegar a trabajar.

Una vez se hubo quedado a solas en el apartamento, Sandro tomó el teléfono y marcó los dígitos que en mayor número de ocasiones había apuntado o recitado. Pese a que sabía perfectamente que ocurriría, se sintió extraño cuando la voz que le atendió desde la antigua ubicación de la tienda no era la de su padre.

- ¿Quién es?
- Galenni. Hoy es el día, tengo preparada la entrega.
- Qué eficiente – murmuró el cabecilla mafioso -. A la hora y lugar de siempre entonces.
- Imposible. Me encuentro en Roma.
- Moveré algunos hilos. Recibirás una llamada durante la noche, ellos te dirán dónde tienes que ir.

Tras eso colgó. Gracias a lo espaciado de dichos contactos, mantener a Katja al margen resultaba sencillo. A ella se lo había contado prácticamente todo, menos lo que por orgullo y seguridad debía guardarse.

Consultó en el planning de tareas que le tocaba pasar la aspiradora, así que tomó prestado de la habitación contigua el reproductor de MP3 y cumplió con su deber, movido por el ritmo ecléctico del dance que tanto le gustaba a la dueña. Y dado que para cuando el piso estuvo decentemente recogido aún quedaba mañana por delante, decidió tomarse un descanso y disfrutar de su afición preferida.

Sin quitarse los auriculares de los oídos fue creando al compás de Daft Punk un pequeño laboratorio fotográfico. En una tienda de artículos de segunda mano había pillado el instrumental a buen precio, decidiendo el día anterior darse el capricho comprando los líquidos.

Pese al calor húmedo, la falta de luminosidad y el olor penetrante del revelador, fue sonsacando los secretos de los carretes acumulados en el fondo de su cajonera. Manchas claroscuras adoptaban formas concretas bajo la bombilla roja, animándole a perseguir otra de sus ambiciones, posiblemente la mayor.

¿Por qué le había pedido disculpas a Katja al contarle que no era fotógrafo? “Claro que lo soy”, se dijo. Lo que hasta entonces había tenido como un mero hobby se le antojó la profesión perfecta, una en la que podía explorar cuantas facetas humanas se le antojara, y mostrar al mundo su valía a través de una lente, y no por medio de técnicas sexuales asimiladas a base de repetición.

Ya que era incapaz de refrenar sus impulsos, selló herméticamente los útiles y revisó las fotografías obtenidas, seleccionando veinte. Fue a su cuarto en busca de la chaqueta y la banderola, dejándole a Katja sobre su cómoda el retrato que le había sacado hacía dos noches junto al balcón.

Nos vemos mañana, princesa’ , escribió en una nota adjunta.

Relajado y confiando en sus posibilidades inició la jornada, encadenando la exhaustiva búsqueda de agencias de prensa con la reunión con la Mafia, y posteriormente la atención de las citas contratadas.

Cuando regresó a casa eran algo más de las cinco de la madrugada. Vio una rendija de luz asomando por debajo de la puerta de su compañera, oyendo risas femeninas provenientes del interior. Sonrió y se metió en su habitación tal y como había prometido. Abrió la banderola vaciándola sobre la colcha: ya no estaba el dinero ni los preservativos, pero allí seguían las fotos.

Era muy pronto para desanimarse, no iba a dejar que el primer obstáculo le disuadiera. La cabezonería y constancia que le habían mantenido vivo hasta ese momento propiciaron que en los tres años siguientes, cuando la misma escena se repitió por diversas ciudades de la geografía italiana, no tirara la toalla.


************************************************************

Para dos personas sin pretensión de establecerse de forma perpetua en un mismo sitio, cuyo avatar correspondía más bien a una veleta que a un ancla, abandonar un puerto y partir a otro no constituía mayor problema.

A los 9 meses de conocerse en persona, Sandro y Katja decidieron probar otras posibilidades. Ella dejó su empleo, rescindieron el arrendamiento del piso y compraron billetes rumbo a Milán.

En la ciudad emblema de la elegancia pusieron en marcha el motor por el que seguirían moviéndose a partir de entonces. Ya que no podían pasar mucho tiempo juntos por la incompatibilidad de horarios, Katja decidió buscarse otro un empleo nocturno, sirviendo copas en los bares y discotecas más populares.

Los desfiles de Moda de la Pasarela Internacional atraían a miles de personas, hirviendo el mercado de la prostitución. En dos semanas él era capaz de ganar una auténtica fortuna sin tener que someterse a un ritmo despiadado. Tan célebres eran algunos de los hombres con los que había compartido cama que había firmado sendos acuerdos de silencio a cambio de una abultada propina.

Después de Milán fue Verona, y tras ella Génova. Turín, Florencia y Padua complementaron la hoja de ruta, recalando por último en la enigmática Venecia, la cuál les pareció muy bonita, aunque vulgar de continente hacia adentro. Nada que destacar; las mismas casas, oficinas, restaurantes y bares que en cualquier otro sitio. Idóneo para meter la maleta en el fondo de un armario y olvidarla en una buena temporada.

De nuevo el destino quiso llevarles hasta una disco en las afueras, donde se celebraba un certamen fotográfico inspirado en las actuaciones de las prestigiosas Drag Queens residentes.

Drag Gabriela, alias con el que era conocido Paolo, el más veterano de los reputados artistas, entregaba el cetro honorífico al ganador pidiendo el aplauso del público, lloviendo desde la estructura metálica del techo una lluvia de purpurina. Después se abrió la pista de baile, y tanto Sandro como Katja se sentaron a disfrutar tranquilamente de una copa.

- Qué bien te sienta la corona – rió ella, señalando la diadema de brillantes que le habían colocado en el pelo.
- A mí todo me favorece – replicó con sorna, cruzando las piernas y bebiendo un poco del cóctel.

La impresión de tener las despampanantes plataformas de lentejuelas a su lado y luego la considerable envergadura de Gabriela desplomándose junto a ellos le hizo atragantarse con el alcohol. Se limpió los labios, sonriendo a la glamurosa estrella nocturna.

- Tus fotos son divinas – aseguró el Drag -. En cuanto tenga algo ahorrado te encargo un book.
- Claro, cuenta con ello.
- ¿Sois nuevos? Nunca os había visto por aquí.
- Llegamos el martes – explicó Katja -. No nos apetecía estar en el hostal, así que salimos a dar una vuelta y vimos el anuncio.

Los maquillados ojos del travesti se abrieron, captando su oportunidad de oro. Llevaba semanas reclutando candidatos a compañero de piso, y por intentarlo con el simpático dúo no perdía nada.

- ¿Estáis de paso?
- No, tenemos intención de quedarnos un tiempo.
- ¡Yo estoy buscando con quién compartir casa! Es un piso enorme y necesito aligerar gastos. ¿Os interesa?

Ellos se miraron, intercambiando esa sonrisa astuta que el riesgo del imprevisto les producía.

- ¿Habitaciones individuales?
- ¡Claro! Un baño, cocina, terraza... la luz, agua y teléfono aparte, claro. ¿Sois fumadores?
- No – respondieron.
- ¿Pareja?

Se rieron, negándolo también.

- Sexualmente opuestos, sentimentalmente complementarios – comentó el gigoló.

- Ay, es perfecto – suspiró Gabriela -. Espero no dejarme llevar por el impulso, ¡no me decepcionéis!

- ¿Nos aceptas? Podemos pagarte ahora mismo si quieres.

- Hagamos lo siguiente: tomaos otra copa, voy a ver si me dejan salir un par de horas antes. Nos marchamos, cogéis vuestras cosas y vamos para allá.

Antes de que pudiera arrepentirse, la extravagante belleza colorista se incorporó y fue a lo suyo. Los amigos brindaron por otra maniobra sorpresiva, compartiendo el presentimiento de haber dado un buen paso.

Lo que en principio iba a ser una estancia de unos meses se convirtió en estabilidad, hallando en Venecia una sensación de abrigo que hasta entonces desconocían.

No tardaron en conectar con Paolo. Los tres pasaban horas y horas hablando, debatiendo, contándose sus penas y alegrías, las rupturas con los novios y novias que iban surgiendo, o los piques con compañeros de trabajo. Muchos fines de semana, cuando tanto la alemana como el Drag llegaban al piso tras terminar sus respectivos horarios, trasnochaban hasta que Sandro hacía acto de presencia, recurriendo a todo tipo de chismes y bromas para animarle.

A ninguno de los dos le pasaba por alto que él estaba atravesando una mala racha. Recibía a menudo llamadas de un mismo número, las cuáles atendía diciendo que eran “del centro hospitalario”, además de facturas por gastos médicos y esos dichosos informes periódicos de ETS. Ya por último apenas estaba en el piso, y cuando lo hacía se pasaba las horas encerrado en su cuarto, durmiendo o fingiendo que lo hacía.

Preocupada por él, aquella mañana Katja se adentró en la habitación a oscuras y se tendió a su lado en la cama. Le abrazó por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro para hablarle al oído.

- ¿Qué te pasa? Tengo la sensación de que me evitas.
- ¿Puedo preguntarte algo? – respondió él con voz seria.
- Claro.

Sandro miraba al frente, lanzándose a pedirle consejo sobre el asunto que no le dejaba descansar.

- Si tuvieses la oportunidad de conseguir lo que has deseado con toda tu alma durante demasiado tiempo, pero por ello tuvieses que romper una regla inviolable, ¿aún así lo harías?
- ¿Hasta que punto lo quieres?
- Es el aire que respiro.
- Entonces no deberías tener dudas.

Se giró, sumergiéndose en sus ojos celestes.

- No podré morirme en paz si lo dejo ir.
- Pues quítatelo ya de encima, que me tienes preocupada.
- Qué tonta eres... – susurró abrazándola.

Fue cuanto necesitó para decidirse. A la noche siguiente acudió al lugar donde la Mafia romana le había citado para darles una respuesta. La oferta recibida era atractiva, quizás por su peligro o lo que para él significaba.

Ajenos al trágico vínculo que le unía al objetivo, los enviados simplemente le hicieron llegar negocios de parte de sus superiores. Era sencillo: quedaría libre de la deuda si ejecutaba limpiamente a alguien para ellos.

Inicialmente Sandro se había negado, aludiendo que sería incapaz de semejante atrocidad. Pero cuando le mostraron la fotografía del sujeto en cuestión sus ojos se tornaron fríos y su gesto excesivamente calculador.

- Opera con el tráfico de inmuebles. Ha llegado demasiado lejos, nos está quitando terreno y al Jefe eso no le gusta – le habían dicho.

Así que totalmente convencido, se plantó ante los matones y declaró sin emotividad que aceptaba ser el verdugo de Domenico Ribeltta.

- ¿Sabes disparar un arma?
- Todavía no.

Aprendió a cargar el automática en una nave industrial abandonada. Le indicaron la distancia letal a la que ninguna persona era capaz de sobrevivir, e idearon un plan en el que los detalles no podía obviarse si querían resolver el asunto con éxito.

Dado que a ambas partes les interesaba que así fuera, se esforzaron por hacer de la colaboración un trance lo menos decoroso posible. La noche elegida fue el baile de máscaras que el empresario había organizado en el selecto círculo de la clase alta, a la que cuatro enviados acudirían haciéndose pasar por miembros del discreto servicio de restauración.

Sandro pidió que le dejaran actuar sin interferencias. Le hicieron llegar los objetos reclamados, y tal como quiso una vez hubieron llegado los cinco al viejo palacete disfrazados de camareros, él se encerró en la que parecía ser la alcoba principal custodiado por dos de los matones, los cuáles vigilaban que nadie se entrometiera.

Preparó la cama con esmero. Dispuso hermosos cojines de vivos colores sobre la colcha, escondiendo bajo los mismos las piezas de su guillotina: una pistola a la que retiró el seguro, y una cinta de raso rojo, de esas con las que satisfacía las fantasías de tantos clientes.

Sacó de la bolsa su atuendo, preparándose para la fiesta. Quedó desnudo ante un espejo de cuerpo entero, el cuál por su aspecto debía ser creación de la antiquísima escuela veneciana, e hizo que su piel adquiriese un lujurioso tono ayudado por aceite. Luego se enfundó en una malla de lycra, tan negra como las bambalinas de punta redonda y los guantes.

Por último se recogió el cabello en una coleta que disimuló con orquillas y añadió el decisivo toque final, atando alrededor de su rostro la tez pálida de Pierrot.

No podía parecer uno más de los presentes. Tenía que ser el más vistoso, el que se llevara de cabeza al Ragazzo con un mero gesto. Y si había algo que sabía hacer con lograda efectividad, era seducir.

El pecho le ardía al descender por las escaleras bajo la atenta mirada de los impostores. La sala estaba atestada de gente y música retro. Plumas, encaje y perfume robaban sobriedad al evento, el más alabado por los aristócratas de poca monta.

No tuvo que esperar demasiado. El murmullo de la muchedumbre se enfocó hacia un único punto, y al desviar la mirada le vio. Su cara estaba cubierta por el consabido antifaz, pero reconocía ese mentón robusto, los labios sensuales y las sienes vetadas en canas. Su porte mágico, con el que encandilaba a quien se le antojase; el hombre al que iba a dar un castigo demasiado dulce para las atrocidades que había causado.

Le echó un maleficio con movimientos silenciosos, sacándole partido a sus formas felinas envueltas en insinuante envoltorio. Le hipnotizó con sus ojos enmarcados en el papel maché, dejando que oliera su perfume, uno que aturdía los sentidos al prometer puro y llano sexo.

Cuando le tuvo a su merced sobre el lecho se sintió decepcionado, pues había sido demasiado fácil. La rapidez con la que Domenico había aceptado unos minutos de lujuria anónima le hicieron odiarle más de lo que ya hacía.

Le ató las muñecas con fuerza, excitándole, y bajó lentamente la cremallera de su traje, revelando su fisonomía sin nada que la censurara. Lo mismo hizo con él, indefenso, esperando ser devorado y engullido.

Enredó las piernas en sus caderas y se penetró con el vigoroso miembro que anteriormente había poseído a las personas a las que estimaba. Apoyó las manos en su pecho y se dejó caer hasta que los huesos de ambas pelvis chocaron. Se movió con una rapidez endiablada, evocando el recuerdo de aquellos a los que había perdido, mancillados como él en esos momentos.

Su madre, su hermana, su primer amor.

Y con cada gemido que el homenajeado soltaba, sus ansias por verle transformado en un montón de carne inservible se incrementaron. Le cabalgó con furia, hasta que el gesto se curvó en pleno éxtasis y sintió la descarga seminal deslizándose por su interior.

Podría haberle fulminado, dejando que su último aliento estuviese teñido de la plenitud post orgásmica, pero al fin el azar decidió jugar a su favor, acogiendo la orden que recibió como la más dulce que en hora de servicio había obedecido.

- Quítatela y déjame ver tu rostro.

Deshizo el nudo de la cinta, soltándose igualmente el cabello, y le miró ya sin escudo, mostrándose pletóricamente gélido, convirtiéndose en un arcángel que disfrutaba de su sangrienta venganza.

- Como gustes… ragazzo.

Domenico se quedó helado. Sus músculos, adormecidos tras todo el placer recibido, no contestaron, y la única reacción física que tuvo fue seguir con la mirada la trayectoria del joven cuando éste se arrimó hacia la cabecera de la cama, extrayendo de los almohadones un objeto que le era demasiado familiar.

Su último pensamiento fue más bien un recuerdo. Le vio casi cuatro años atrás atado en el suelo de su habitación, gritándole desencajado de dolor una maldición que estaba a punto de convertirse en realidad.

“Te juro por mi padre que te mataré”.

La bala salió limpia del cañón, perforando la capa amortiguadora de plumas, impactando contra el cráneo y atravesando la masa encefálica. Las extremidades del cadáver se sacudieron unos milisegundos antes de caer laxas, y una densa mancha negra comenzó a extenderse por los tejidos.

Sandro observó su obra como si estuviese orando frente a un altar sagrado. Ojo por ojo, murmuró. Un crimen por el que jamás sentiría remordimientos, puesto que aunque podría considerarse a sí mismo como un ser abominable, nunca llegaría a estar a su altura.

Agarró por la base el pene aún rígido y se lo sacó. Las últimas gotas de la viscosa sustancia resbalaron, y confió en que la Mafia se hiciese imposibilitando el acceso de la policía científica a las evidentes muestras delatoras.

Se vistió sin prisas, tocando en la puerta para que uno de los vigilantes entrara en el dormitorio. Le entregó la mochila, señalando con la cabeza el cuerpo impúdicamente expuesto.

- Ahí lo tenéis. He cumplido mi parte, espero que hagáis lo mismo.
- Lárgate – le dijo -. Nadie se enterará al menos hasta dentro de una hora. Escóndete hasta que salga el sol y no hables con nadie, o te rebanaremos el cuello.
- ¿Qué hay de la deuda?
- Saldada. Vamos, ¡fuera de aquí!

Sandro no insistió. Abrió la ventana y mantuvo el equilibrio por la cornisa, avanzando hasta que pudo saltar al edificio vecino, centro de la operación.

Allí esperó hasta el amanecer. Cuando la ciudad despertó al nuevo día tomó la primera góndola hacia el puente más cercano, deshaciendo el resto del camino a pie hasta el tronchetto.

No había nadie en casa, habían salido de compras según ponía el panel de la nevera. Se tiró sobre el sofá, tapándose los ojos con el hueco del antebrazo.

Aquella mañana, por vez primera desde que partiera de Nápoles, pudo dormir de un tirón. Y en sus sueños vio a su familia al completo como si nada hubiese ocurrido, pasando una tarde de verano pescando en los diques; inconscientemente supo que ellos se habían marchado, finiquitado lo único que aún les retenía a la tierra.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 07 Nov 2006, 00:38

- Capítulo 5-



Luca contemplaba la línea roja del horizonte desde la ventana. El final del relato coincidió con el nacimiento del nuevo día, hallándoles a ambos al refugio de las paredes de cal; uno de pie apoyado en la cristalera, el otro sentado sobre la cama.


Sandro se secó las lágrimas, habiendo hecho esfuerzos titánicos para que éstas no le interrumpieran en su alegato. Seguía desnudo, con las rodillas flexionadas y los brazos apoyados en las mismas. Desvió la mirada hacia Luca, el cuál no había pronunciado palabra en las últimas cuatro horas.

Reunió fuerzas para transformar el monólogo en un intercambio de frases, expresándose con voz rota.

- Te lo he contado bajo mi punto de vista. Aunque resulte difícil de creer, es cierto.
- Lo sé – respondió él -. Tus ojos no mienten, de eso estoy seguro.

El gigoló buscó sus prendas esparcidas, incorporándose abatidamente.

- Por todas las coincidencias que hay entre nosotros, espero que me des algo de ventaja. ¿Retrasarás la llamada a la Policía? Me las ingeniaré para salir del país y no volverás a verme, te lo prometo.

Luca regresó a la cama junto al confesor. Podía leer en su rostro el profundo miedo a la represalia, pero sobre todo el temor a decepcionarle.

- ¿Soy el único que conoce lo ocurrido?
- Sí. Ni siquiera Katja lo sabe.
- ¿Por qué me lo has contado precisamente a mí?

Sandro suspiró. En efecto, la mera idea de que Luca le repudiase le atormentaba.

- Tenías derecho a conocer los motivos de la muerte.
- Me otorgas ese privilegio sólo porque me acostaba con él.
- Tú le amabas. ¿Puede haber otra razón de mayor peso que esa?

El antiguo amante de Domenico apoyó la cabeza en el respaldo de hierro forjado. Al notar que el chico tenía pretensión de vestirse, se lo impidió tomándole de la muñeca.

- No voy a denunciarte.

Sandro no dio crédito. ¿Tal vez el único resquicio de conciencia que albergaba por su crimen esperaba que él le ajusticiara? ¿O había idealizado tanto el amor de Luca que dio por hecho el castigo?

- Le maté. Le asesiné a quemarropa y continué mi vida como si nada hubiese ocurrido.
- Luchaste por tu honor y el de los tuyos – puntualizó él -,y me abriste los ojos a mí. Ahora todo encaja.

Se colocó la melena, tratando de centrarse.

- No comprendo a qué te refieres.
- Mi padre y él eran socios. Nunca presté demasiada atención a lo que se traían entre manos, pero tengo constancia de los tratos que firmaron con la Mafia. Es imposible tener poder sin mezclarse con ellos – le contó Luca-. Esa fue una de las causas por las que rechacé la sucesión. Y todas sus promesas, los escarceos, los rumores... Sabía que Domenico engañaba a su mujer con otros, ya que lo hacía conmigo, pero... santo Dios, es terrible. Pensar que posiblemente tu familia no ha sido la única...
- Los demás me dan lo mismo – recalcó -. Lo hice únicamente por nosotros, aunque con un tiro no fuese a conseguir que regresaran.
- ¿ Mi opinión sí te importa?

Sandro esbozó una triste sonrisa.

- No quiero que me odies.
- No lo hago. Sólo estoy un poco dolido.


Luca meditó. En su corazón se arremolinaban los sentimientos que la historia escuchada le habían producido: asombro, indignación, pena, e incluso admiración por la fortaleza demostrada.

No resultaba nada sencillo que alguien a quien empezaba a conocer enumerase detalles escabrosos acerca de un pilar fundamental en su existencia, sobre todo cuando dichas puntualizaciones dotaban de realismo el aura de perfección que el alejamiento tiende a crear en los recuerdos. Había comenzado a digerir que aquél al que tanto estimaba poseía una faceta oscura que eclipsaba las virtudes de las que se enamoró.

Mas eso era parte del pasado, y el presente era bien distinto. Estaba en su viejo refugio, y era otro hombre el que compartía su cama. Uno cuya vida estaba entretejida con la suya de una manera demasiado compleja como para ser fruto de la probabilidad.

- Has dicho que la Mafia te liberó de la deuda.
- Sí. No he vuelto a saber de ellos.
- Entonces... ¿por qué sigues haciendo la calle?

Sandro le sostuvo la mirada, reflejando sus iris los destellos naranja que emitía el océano.

- Quiero dejarlo, pero las facturas no se pagan solas. ¿Cómo voy a costear la residencia de mi madre y el piso con un trabajo corriente? – se lamentó.
- ¿Lo has intentado?
- El mundo no es un cuento de hadas, Luca.

El millonario calló unos segundos, embelesándose con la bella expresión de su rostro.

- Pues para no serlo se parece bastante a una fábula... ¡si hasta nuestros ex se llaman igual! – exclamó, queriendo restarle dramatismo a la situación, aludiendo al profesor con el que había salido, y al napolitano.

Sandro rió suavemente. Ahora que lo había soltado todo, se sentía bien. Demasiado para ser consciente de que lo que deseaba era imposible. Los palos acumulados le alejaban por inercia de las ilusiones, a semejanza de las nubes que impiden ver el cielo por más que se quiera.

- ¿Qué vamos a hacer? – preguntó, rompiendo el paréntesis.
- Ya que propuse que pasásemos unas jornadas de retiro, podríamos estar unos días juntos sin mencionar el tema, y cuando regresemos a Italia que cada uno siga por su lado.
- ¿Con un pacto de silencio?
- Claro. Dudo que la Policía vuelva a investigarme. La Mafia les debe haber sobornado, ahora me explico por qué me dejaron salir del país tan rápido pese a los interrogatorios.

Él terminó por aceptar, aunque no sin mostrar cierta desconfianza.

- Me cuesta creer que te lo hayas tomado tan bien.
- Si el que te grite, te saque de mi casa a rastras y te abandone en medio del desierto va a hacer que te sientas mejor, pídemelo – bromeó poniéndose serio.
- Lo cierto es que prefiero que no lo hagas.

Él se anudó el cabello a la altura de la nuca, recapitulando con su deje conciliador.

- No podemos cambiar lo ocurrido, tan sólo afrontar que los dos hemos cometido errores. El mío fue no ver más allá de mis obsesiones, y el tuyo fue creer que jugando a ser Dios encontrarías paz. Tengamos que pagar o no por eso, me temo que sólo podemos sacar algo en claro.
- ¿El qué?

Luca sonrió. Se levantó con dirección al armario y empezó a elegir la indumentaria entre sus ropas de lino, todas ellas confeccionadas en colores claros.

- Debido a nuestros pecados estamos ahora aquí, en la misma intersección. Así que si no tienes otra sugerencia, vistámonos. Conozco un sitio maravilloso para desayunar.

Sandro se limitó a observarle mientras se enfundaba en un favorecedor conjunto blanco, el cuál le daba ese toque bohemio que tanto le atraía. Sintió ganas de echarse de nuevo a llorar, pero esta vez por un motivo bien distinto.

- Gracias por escucharme – susurró.
- Gracias a ti por hacerme parte de ello – respondió con encantadora sencillez.

Así pues pactaron no volver a tocar el escabroso pasado, dedicando los días restantes a conocerse para luego convertirse en sendos espejismos.

Sandro sacó de su maleta lo que creyó adecuado para el sofocante calor tunecino. Eligió unos pantalones de estilo militar por encima de las rodillas, holgados y llenos de bolsillos en los que guardar carretes y demás instrumental, así como una camisa de tirantes verde. Dio con las gafas de Gabriela, colocándoselas sobre el pelo como si fuese una bandana.

- No te recomiendo que las lleves, hay escorpiones por las zonas arenosas – comentó Luca en referencia a las sandalias.
- Vaya, pues no he traído otra cosa...
- Tranquilo, en el zoco encontraremos algo de tu gusto. ¡Vamos! No te olvides la cámara.

Se echó al hombro el maletín semirígido donde guardaba el aparato y los dinares que había cambiado en el aeródromo. Salieron a la todavía fresca mañana, exclamando el invitado de pura admiración por el cielo fucsia que límpido se expandía sobre ellos.

- No hay ninguna prisa, adelante – expuso Luca, intuyendo cuáles eran sus intenciones.

Sandro no pudo contenerse, estrenando la película fotográfica ahí mismo. Colocó el polarizador y trató de captar la inmensidad de ese paisaje inhóspitamente bello, encuadrando la casita a pies del acantilado como si fuese una mota en medio de la descomunal naturaleza.

El amanecer se consumaba, cambiando la luz a cada segundo. Presionó el disparador, captando la esencia de la transformación a semejanza de los impresionistas, hablando a través de sus cuadros de cómo podía variar la percepción de un mismo lugar únicamente por los influjos solares.

Luca se sintió profundamente emocionado por ver que los entornos que amaba también le influían. Un entusiasmo feroz se apoderó de su persona, decidiendo que le iba a enseñar cada rincón descubierto en sus numerosos escarceos por esas tierras, viajes solitarios en los que se dejaba enamorar por la esencia auténtica de la mezcla de tradiciones.

Subieron al jeep y el conductor tomó una ruta pedregosa que conducía a una pequeña ciudad costera. La masa turista apenas la incluía en sus itinerarios, por lo que ardía en deseos de mostrarle la parte menos adulterada del país.

- ¿Cómo te las arreglas con el idioma?
- Aprendí francés en la Universidad – dijo Luca al volante, desviando la vista protegida por lentes de la carretera para mirarle -, y hablo un poco de árabe. Tengo bastante facilidad para las lenguas, es cuestión de tener buen oído y ningún sentido del ridículo.
- ¿No has pensado en dedicarte profesionalmente a esto? No sé, algo habrá que estudiar.
- Durante una época quise ser arqueólogo, pero me apasionan las culturas vivas. Conocer el legado debería servirnos únicamente para comprender lo actual, así que dudo que tenga vocación para vivir entre ruinas.

Sandro asintió, regando la necesidad aprender de él. Quería conocer de sus labios toda leyenda y mito de aquel lugar, pues tanto énfasis ponía Luca que era como si las palabras destilasen parte de su alma.

Si pudiese plasmar en imágenes todo lo que le contaba y mostraba...

- Mi hermana cursaba filología latina. Quería ser profesora de literatura.
- Yo no podría ser docente – afirmó -. Investigador, tal vez, pero no me considero capaz de puntuar el grado de conocimiento. El aprendizaje ha de venir de uno mismo, es algo demasiado subjetivo como para juzgarlo por una nota en el expediente.

Al poco llegaron al inicio de la población. Aparcaron frente a lo que parecía ser un edificio oficial de estilo europeo, posiblemente construido por la colonia francesa para atender asuntos de gobierno. El trazado de las calles se mezclaba con los alrededores netamente autóctonos, repletos de laberintos en los que resultaba fácil perderse, formados por casas de cal y necesarias sombras.

- ¿Te apetece comer algo?
- Sí.
- Estupendo. Hosam hace los mejores hojaldres de piñones a este lado del Mediterráneo.

Luca iba deteniéndose a lo largo del camino para mostrarle pequeños detalles en las fachadas de las casas. Sandro asentía a sus indicaciones, mirando de refilón a los nativos que les observaban, pues no estaban acostumbrados a la presencia de extranjeros. Los hombres se dirigían a la mezquita envueltos en chilabas azules, algunos niños caminaban en grupos detrás de ellos ofreciéndose a hacerles de guía por un par de monedas, y las mujeres de enigmáticos ojos azabaches se ocupaban de sus quehaceres resguardadas bajo los velos.

Sandro notó que un chiquillo le tiraba del pantalón, a lo que Luca replicó diciéndole unas palabras en su idioma. Cuando estuvieron en la puerta del bazar, los críos se detuvieron expectantes en el marco de la puerta, consiguiendo el veneciano atraer la atención de su viejo conocido.

El hombre reconoció al foráneo de ojos verdes y agradable conversación, mostrándose feliz por tenerle de nuevo en su modesto local tras un largo periodo de ausencia.

Sandro permaneció a una distancia respetuosa, contemplando las mesitas de madera con incrustaciones geométricas, las enormes pipas de agua y los sillones de cuero dispuestos por el suelo. Un delicioso aroma a menta invadía el lugar, terminando de despertarle el apetito.

El veterano viajero hizo un encargo al dueño, y mientras ellos dos se sentaban en un rincón tranquilo, los niños se arremolinaban en torno al plato de hojaldres que el italiano les había pedido.

- ¿Cómo se dice “hola”? – quiso saber Sandro.
- As-salam alaykum.

Tras ello tomó la cámara y se acercó al grupo de chiquillos. Les saludó con una sonrisa, pronunciando torpemente la consabida palabra, despertando risas infantiles a su alrededor. Tras ganarse la confianza de manera espontánea, consiguió hacerles algunas fotos en el pintoresco entorno.

Antes de que se le subieran encima atraídos por el color de su cabello, de un tono que nunca antes habían visto en una persona, el dueño los espantó, corriendo éstos por las callejas predicando acerca del regalo que el otro hombre raro les había hecho.

Regresó junto a Luca mientras se servía el té. La bebida, de un penetrante olor a hierbabuena, caía dorada en vasos de cristal.

- Se toma muy caliente, ayuda a combatir el calor.
- A tu salud.

Se sorprendió por el sabor de la infusión y su dulzura. Tampoco puso demasiada resistencia cuando Luca le sugirió que probase la repostería, la mejor del mundo en su opinión. El contraste de las especias y los frutos secos laminados le pareció magnífica.

- ¿Te gusta?
- Delicioso – afirmó -. Debería llevarme unos cuantos, seguro que a mis amigos les volvería locos.

Bebieron hasta vaciar la tetera, no dejando en el plato ni una sola migaja. Al local fue llegando gente que buscaba lo mismo, formándose grupos de hombres mayores que se sentaban en torno a las pipas para fumar mientras debatían sobre asuntos cotidianos.

En la mirada de Sandro se adivinaba un brillo emotivo, pues su mente recogía toda aquella información visual y la desglosaba en posibles resultados plásticos. Le pidió a Luca que hablase con esos hombres y les solicitara su aprobación para ser retratados.

Con algo de esfuerzo por su parte lo consiguió. Esa fue la tónica general del día: dondequiera que el paseo les llevase, Sandro se detenía para atender los requerimientos de su cámara. Los metros de película fotográfica se fueron llenando de imágenes latentes de señores que soltaban humo mostrando los huecos en sus dentaduras, jóvenes que le miraban por la rendija de piel abierta entre telajes, o centenares de anécdotas condensadas en torno al epicentro de la actividad comercial de la región.

Se adentraron en el bazar, avanzando por los estrechos pasillos conformados entre los puestos. Dondequiera que mirase, los colores saturados de la cayena, la pimienta y la canela amontonada, el olor rancio del cuero en maceración y el tabaco picado formaban una atmósfera de ensueño.

- ¿Quieres echarle un vistazo a los zapatos?
- Claro. Vaya, qué curiosas... – comentó, tomando un par de babuchas de piel.

Llevaban a modo de adorno un bordado en color rojo. El material parecía flexible y resistente, adecuado para caminar por esos parajes.

- Ayúdame a elegirle unas a Katja.
- ¿Qué tal estas? – propuso Luca, sosteniendo las de punta redonda y pedrería.
- Estupendo – afirmó, buscando los billetes en su cartera.

Se atrevió incluso a regatear con el comprador siguiendo consejo, recurriendo a los dedos de la mano para expresar cantidades. Su acompañante sonreía satisfecho con los progresos, pensando durante unos segundos que nunca antes había podido compartir un día por Túnez con otra persona.

Domenico se había negado diplomáticamente en las pocas ocasiones en la que se lo había pedido. Que Sandro pareciera disfrutar le hizo ser consciente de la desilusión que había estado guardándose durante años. Se dijo entonces que la libertad con la que había bautizado lo solitario de sus desplazamientos era una simple mentira piadosa auto impuesta.

- ¿Qué tal te quedan? – le preguntó, tratando de disimular sus cavilaciones.
- Son más cómodas de lo que creía – comentó el gigoló, guardando las sandalias de plástico en la bolsa de la cámara.
- No entiendo por qué la gente se empeña en desconfiar de los productos locales... ¿quién mejor que un nativo va a saber lo que hace falta allá donde vayas?
- Hablas como un viejo erudito – rió.

Luca rió también, parando en otro puesto de objetos de latón esmaltado.

- Supongo que por eso no he tenido lo que se dice demasiados pretendientes. En cuanto me oyen hablar huyen despavoridos.
- Pues a mí me gusta – afirmó Sandro sin pensarlo -. Eres el primero que no me ha tratado como a un muñeco en mucho tiempo.

Luca echó una ojeada a un candelero grabado, restándole importancia a lo que acababa de escuchar.

- Prejuzgar por la manera en que te ganas la vida no sería correcto.
- Lo dices porque tu profesión también resulta dura.
- ¿Te refieres mis padres? – preguntó, pagándole al vendedor el precio de la lamparita.
- Al menos tú tuviste el valor de decirles abiertamente a lo que querías dedicarte. Yo no hubiese soportado que mi familia supiera lo mío.

Luca le tomó del brazo, mirándole intensamente. Sandro sintió que el corazón palpitaba con fuerza, y que los sentidos le producían escalofríos al sentir su calor y fragancia embriagándole.

- No te infravalores tanto – le dijo -. Tienes talento y valentía, pero te falta confiar en ti mismo. Cuando lo hayas conseguido, triunfarás con esa vieja cámara de fotos. ¿Sabes por qué?

Él negó con la cabeza.

- Porque has depositado en ella más de lo que crees. Te escondes detrás persiguiendo el mundo que en realidad desearías tener. Pero no te lo tomes a mal, supongo que en el fondo todos portamos una cámara con la que evadirnos.
- ¿Y cuál es la tuya?

Luca se limitó a sonreír levemente, indicándole con un gesto que reanudaran el camino.

- Esa es una pregunta a la que todavía no he sido capaz de responder.

Dejaron atrás el zoco, abandonando las principales arterias de la población e introduciéndose en caminos serpenteantes. Las escaleras irregulares trazaban sendas entre frescas paredes, recreando un mosaico de sombra caprichosas sobre lo resplandeciente de las casas.

A diferencia del bullicioso mercado, allí no se oía nada. De vez en cuando alguien se asomaba por una esquina o cerraba las ventanas para conservar la humedad, rompiendo el sonido quedo de sus pasos. Ascendieron por lo que parecía ser una colina, atravesando más y más viviendas unidas por una ruta endiabladamente empinada.

- Fatiga, pero vale la pena, te lo aseguro – afirmó Luca secándose el sudor de la frente.

Sandro le siguió sin rechistar. Los músculos de las piernas se resentían por el esfuerzo, mas al llegar a lo alto y contemplar la vista se olvidó del cansancio físico.

Ante ellos se extendía la ladera blanca de la ciudad, con el mar resplandeciente de fondo. El agua reflejaba cientos de destellos y, a lo lejos, en donde la percepción se perdía hacia la derecha, los lindes del desierto pintaban el paisaje con brochazos de arenisca.

- ¿No es lo más hermoso que has visto nunca? – preguntó soñador.

Sandro no respondió para no llevarle la contraria. En efecto era un entorno digno de elogiar, pero no tanto como el perfil que ante sí posaba sin pretender.

Se prendó de la manera en que él se apoyaba en la balaustrada oxidada, con los hombros ligeramente echados hacia delante, la sonrisa enigmática en su rostro, las pupilas contraídas y algunos mechones oscuros enmarcando las facciones.

Luca salió de su ensimismamiento al escuchar el ruido del obturador. Se giró un poco, resaltándose los principios de las patas de gallo que delataban su edad.

- No me lo puedo creer...
- Tengo que retratarte – dijo, convencido.

Él no pareció disgustado por la afirmación, dado que al fin había conseguido que expresara sus voluntades sin retraimiento.

- Nunca he posado antes. Dime qué tengo que hacer.
- Limítate a seguir enseñándome tus escondites. Quiero sacar lo mejor de ti – contestó sin dejar de enfocarle.

Luca sonrió. La brisa marina soplaba, levantando algo de polvo en la senda abandonada. Se alejaron de allí hasta llegar a un muro cuyas piedras empezaban a desmoronarse. Ascendió por ellas, alentando a Sandro para que le siguiera.

Bajo un sol implacable se internaron algunos metros en los límites del Sáhara, ahí donde la cruel masa desértica no suponía un peligro evidente, sin perder por ello su encanto. Una procesión de dunas se erigía hasta el infinito, cambiando de formas según lo que los vientos dictaban. Las partículas de cuarzo brillaban intermitentemente y el cuero de las babuchas se reblandecía, aislando los pies de la quemazón.

- Me gusta venir aquí y pasarme las horas viendo la migración de las arenas – le contó Luca, sentándose -. Percibir cómo el desierto se transforma hace pensar que no somos nada frente a esta inmensidad.

Sandro escuchaba y observaba, rescatando del anonimato todas los pequeños detalles que a su entender le convertían en una criatura única. Se colocó de rodillas para conseguir una buena perspectiva, sin dejar que el agobiante calor y el sudor estropearan el momento.

- Pues sí que estás acostumbrado a este horno...
- Una vez registré 58 grados. Creo que tuve alucinaciones el resto del día – comentó él, rememorando la susodicha visita a Argelia.

Justo cuando creía haber conseguido el ángulo perfecto, Sandro maldijo. Al iniciarse el rebobinado automático fue evidente que no podría obtener más de la película.

- Me he quedado sin carretes.
- ¿Cuántos has hecho?
- Nueve. Tendría que haber traído más... – se lamentó.
- Hay una droguería en el pueblo. Puede que allí tengan.

Se quedaron en silencio unos segundos. Disgustado por el contratiempo, el napolitano se mantuvo absorto contemplando el paisaje, hasta que reparó en que los ojos próximos estaban fijos en él.

No supo si fue producto del sofoco, mas sintió que levitaba cuando Luca depositó la mano detrás de su cuello para repasar los contornos de su cara con el pulgar, deteniéndose en los labios.

Fijó la mirada en los suyos, entreabiertos y algo resecos por la acción del sol. Sus dedos buscaron hacer lo mismo, sentir el tacto de su piel. Notó el rasposo nacimiento de la barba, y las cosquillas de sus pestañas al aproximarse los rostros por inercia.

Le besó como había hecho en la cala. Con movimientos firmes, aunque no por ello ansiosos. Se fundió en las formas que adoptaba su boca, sellando con la lengua una unión que aumentaba la ya de por sí temeraria temperatura.

Dejó la cámara en su compartimiento guiándose por la intuición. Las manos de ambos seguían palpando, reforzando las sensaciones, permitiendo que se les escaparan leves gemidos.

Cuando la frontera del deseo estuvo cercana, Sandro apoyó la frente sobre la suya, separándole con suavidad.

- Deberíamos regresar, no creo que aguante mucho más a la intemperie.
- Claro. Busquemos algún sitio tranquilo y luego pasamos por esa tienda que te dije.

Se incorporó, tomándole de la mano para ayudarle a levantarse. El joven se sintió mareado por la mezcla de excitación y aturdimiento. Luca insistió para que descargase parte de su peso sobre él, deshaciendo los tramos sostenido en sus hombros.

Durante las tres horas siguientes, en las que descansaron a la sombra bebiendo té mentolado, no mencionaron que la llama interna se había avivado en las entrañas del desierto, y que su calor amenazaba con hacerles arder en una apasionada combustión espontánea.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 11 Nov 2006, 12:38

La tarde empezaba a marchitarse cuando llegaron a la casa. Las olas batían contra el acantilado, llenando la brisa de diminutas partículas saladas. La humedad caía traicionera precediendo a la noche, distinguiéndose en el violeta degradado del firmamento las primeras estrellas.

A sugerencia de Luca llenaron la bañera de mampostería con agua templada, introduciéndose juntos para continuar la interminable conversación. Acompañados por la luz de una vela encerrada en el candelero de lata bebieron vino de caña, intercambiando pequeños detalles irrelevantes pese a ser enriquecedores, tales como sus respectivos signos del zodiaco, o el lugar más extraño en el que habían mantenido alguna relación erótica.

- Debajo del mostrador de la tienda– afirmó Sandro entre risas, ayudado por la alta graduación del licor.

- Sin clientela, imagino.

- Qué va... le tocaba a mi padre atender esa tarde, ni se dio cuenta.

- ¡Me pones el listón demasiado alto! Mis logros son más modestos.

- Alguna locura habrás hecho – aseguró, dejando la copa en el borde de azulejos.

- Si tres veces seguidas te parece una locura...

Él siguió riendo, sumergiendo la cabeza para refrescare. Se escurrió el cabello dejándolo caer libre, haciendo una última sugerencia.

- Quisiera revelar las fotografías. ¿Me ayudas?

- Me encantaría.

Luca se terminó su copa sin dejar de mirarle. Sandro salió de la bañera, secando su cuerpo sabiéndose perfectamente vigilado. Fue a preparar los materiales necesarios, eligiendo la cocina por la disponibilidad de agua corriente. Dispuso las piletas y enchufó la destartalada máquina de exposición que habían adquirido por una cantidad ridícula en el bazar.

Para cuando había vertido los líquidos y envuelto la bombilla del techo en papel celofán rojo, su cliente cerró la puerta del departamento, aproximándose a él desde atrás. Ambos seguían desnudos, sintiendo el calor de sus pieles al rozarse.

- ¿Cómo es el proceso? Es una de las tantas cosas que me quedan por aprender.

- Por una vez que puedo ser yo quien enseña, no lo voy a desaprovechar – susurró Sandro, tomándole de las manos para que fuese él quien realizara los pasos.

Sentía la respiración de Luca en su oído, el pecho acoplado a su espalda, la cuidada suavidad de sus dedos siendo guiados. Ajustó el dispositivo y cortó una tira de papel fotosensible para hacer las pruebas de exposición, calculando los tiempos.

- Ve moviéndola cuando se proyecte la luz – indicó, incrementándose la tesitura sensualmente grave de su voz.

El aparato emitió flashes por los segundos programados, haciendo Luca lo pedido. Cuando el revelador dictaminó que cinco serían óptimos, el veneciano se abrazó a su torso sin perderse detalle de cómo surgía la imagen.

Sandro tomó la fotografía a tamaño cuartilla con unas pinzas, sosteniéndola hasta que el exceso de líquido resbaló, permitiendo su maleabilidad. Se la mostró, dibujándose en la tez morena del espectador un gesto de asombro. Era su pequeña casa perdida en la costa, minúscula ante la tierra y el espacio infinito que mar y cielo formaban por un efecto óptico. Justo el esbozo mental que había tenido cuando dio con el enclave y decidió mandarla a construir.

- Me he quedado sin palabras... – dijo con emoción.

- Hay cuarenta láminas. Tendrás que seleccionar los negativos que más te gusten, no podremos revelar todas las fotos.

- ¿Seleccionarlas?

- Quiero que te las quedes – susurró, volviéndose para quedar frente a frente -. Es mi manera de agradecerte todo lo que has hecho por mí.

Él dejó la foto sobre el mármol de la cocina, depositando las manos alrededor de sus caderas. Era apenas unos centímetros más alto que Sandro, por lo que podía mirar al fondo de sus ojos ambarinos, inexplorados como el desierto anteriormente visitado.

- Elígelas tú por mí – le pidió, apartándole los bucles húmedos de la cara.

Hizo un gesto afirmativo. En lo último que le apetecía pensar era en líquidos fijadores, pese a que el característico olor de los químicos invadía por completo el ambiente.

Recuperados del agotamiento físico causado por las condiciones climáticas, casi sin darse cuenta reanudaron lo que dejaron a medias horas antes. Sus labios se encontraron tras vencer la nimia distancia que los separaba, llenándose la cocina del sonido que producían los besos encadenados. Las manos, privadas de tener que eliminar ropas inexistentes, se dedicaron a su labor principal, recorriendo el uno la anatomía del otro.

Sandro le acarició siguiendo la columna, decantándose Luca por trazar el camino que iba desde sus rodillas hasta la cintura. Besó su cuello, elevando él la barbilla con los ojos cerrados.

El creador de máscaras le sujetó una pierna, haciendo que la elevase para rodearse con ella la pelvis. Sandro aprovechó para inclinarse hacia atrás y que Luca le colocara sobre la encimera, aprisionándole con los muslos mientras recorría con la lengua los pectorales e insinuaba intenciones de atender en breve su erección, rozándole el vello púbico.

- ¿Vamos a la cama? – preguntó el veneciano.

Él sonrió con malicia, sacando del cajón de la cubertería lo que necesitaban para no moverse del sitio.

- Soy bastante previsor – le dijo al oído, mordisqueándole el lóbulo de la oreja.

Luca jadeó cuando comenzó a prepararle. Se dejó hacer aferrándose a su cuerpo, hasta que Sandro se colocó en la postura más cómoda posible. Le penetró despacio, deslizándose en su interior como si hubiese nacido estrictamente para ello. Le miró con el rostro encendido de placer, buscando sus labios en la penumbra.

Sandro volvió a asirse a sus caderas, enredando los dedos en la melena oscura. A medida que el movimiento se incrementaba, el roce de su miembro contra el abdomen de Luca terminaba de robarle el sentido, deleitándose por una sensación que distaba del sexo vacío que ofrecía profesionalmente.

Le pidió que le poseyera de pie, su posición favorita, disfrutando como hacía años que no hacía. Luca apoyó el peso de ambos contra la pared, gimiendo con el rostro enterrado en su pecho. Cuando llegó al clímax le apretó con fuera los glúteos, respirando ajetreadamente tras la descarga.

Comprobó que Sandro no había alcanzado el orgasmo, siendo ello perfecto para el deseo que esperaba que cumpliese.

- Entra en mí... quiero sentirte – rogó entre más besos.

Él no tardó en satisfacer sus anhelos. Dispuso nueva protección y se lubricó, situándose detrás de su eventual amante, el cuál apoyó las manos en la mesa. Le dilató con cuidado, besó y acarició su espalda antes de separarle las piernas y empezar a introducirse, disfrutando del estrecho conducto que Luca le ofrecía.

Se aferró a la cintura para hacer la intromisión más intensa, intercalando distintas cadencias con las que robarle la cordura. El chocar de los testículos de ambos en cada embestida le llevaba al límite de su resistencia, anunciando tras unos pocos minutos que estaba a punto de eyacular.

Entrelazó los dedos con los de Luca y ahogó un grito, estremeciéndose cada partícula de su ser. Una vez se hubo acabado la tensión sexual se desplomó sobre él en un relax próximo al adormecimiento, acompasando juntos la respiración.

Finalmente se retiró, apartando el preservativo anudado lejos de los enseres de fotografía. Se miraron con intensidad compartiendo un último abrazo, resultando quizás más íntimo que el acto que primitivamente acababan de consumar.


***********************************************************



Los rayos del sol adentrándose a través de la ventana le despertaron, impactando de lleno en sus párpados blindados.

Luca suspiró, reconociendo las sábanas en las que estaba envuelto. Las cortinas azules ondeaban por el poco viento que entraba desde la terraza, y aunque la almohada vacía que había a su lado desprendía el perfume del cabello de Sandro, no había rastro de él por ninguna parte.

Se incorporó en el lecho, recordando poco a poco trazos de la madrugada. Habían hecho el amor por toda la casa, siendo la última de las veces en esa misma cama, cayendo finalmente dormido.

Un ligero olor a café provenía de la cocina. Decidió levantarse y buscar a su acompañante por las restantes dependencias, aunque sin demasiado éxito. Justo cuando se dirigía al exterior escuchó el timbre de su teléfono móvil, procediendo a atender la llamada. No reconocía el número, pero sí la voz al otro lado de la línea.

- ¿Señor Gregorutti?

- Hola, Michael – contestó aliviado, saludando a su piloto particular -. ¿Algún contratiempo?

- Me temo que sí. Hay una pequeña avería, he podido subsanarla con la pieza de recambio, pero debido a las circunstancias me gustaría sugerirle que regresáramos a Venecia mientras haya luz.

- ¿Te refieres a salir hoy mismo por la tarde?

- Sólo si a usted le parece bien. Volar en plena noche sin recambios es arriesgado.

- Claro, lo comprendo – respondió él, algo desilusionado por tener que poner fin al idilio -. Estaremos en el aeródromo a las cuatro en punto.

- Gracias, señor.

- A ti.

Tras ello colgó, apagando el diminuto móvil no sin cierto dramatismo.

Por algún motivo que desconocía no deseaba regresar. Había planeado pasar unas últimas vacaciones en Túnez junto a ese chico, relajarse y enfrentarse de nuevo al día a día, pero demasiadas cosas habían ocurrido, transportándole hacia un terreno incierto.

Se dijo que su apatía se debía al conocimiento de lo que en Venecia le esperaba: su vida sencilla, monótona, de la que Sandro no formaría parte por común acuerdo.

Un mundo idóneo construido por él mismo que ahora parecía gris y sombrío, aterrorizante. Una perspectiva que sólo desde Túnez podía contemplar tal y como quería, llenándola de las ilusiones y sentimientos que en esos instantes de reflexión le invadían.

Tal vez había dado con la respuesta, y su propia cámara fotográfica, a través de la cuál dotaba de sentido al universo, eran las cuatro paredes en las que en cuarenta y ocho horas había reconstruido sus cimientos.

El miedo repentino a que Sandro se hubiese marchado mientras dormía le hizo buscar sus pertenencias, hallando su maleta en un rincón del salón. Aliviado, vio que sobre la mesita del sofá había toda una colección de láminas fotográficas aguardándole.

Las visionó una por una, llenándosele los ojos de lágrimas con esos recuerdos que él había inmortalizado para luego regalárselos. Eran unas fotos magníficas, dignas de ser mostradas a cualquiera que quisiera contemplarlas y extraer un mensaje, ya fuese en una exposición o en un libro conceptual.

Se secó las mejillas al llegar a la última, echando de menos cierta tirada. Sus ojos volvieron a encontrarse con el equipaje del gigoló, constatando que algo asomaba por uno de los amplios bolsillos de tela.

Aún sabiendo que no debía entrometerse en pertenencias ajenas, extrajo del compartimiento diez láminas más.

El corazón se le encogió al verse en las instantáneas, retratado de una manera que jamás hubiese imaginado. Era obvio que Sandro pretendía llevárselas, conservarlas para siempre como las memorias particulares de una historia fallida.

Se llevó las manos a los labios, como si le doliese cada área de su fisonomía por la que él había pasado. ¿Significaba eso que también sentía algo más que ese “agradecimiento” hacia su persona?

Era demasiado tarde para meditar. Olvidarlo era lo correcto, y lo correcto no siempre era lo más fácil. Debía vender esa casa cuanto antes, consiguiendo que lo que había asociado a ella se evaporara hasta no quedar rastro.

De las heridas del alma se encargaría el tiempo. Y con respecto al incierto futuro, no quedaba otro remedio que afrontarlo contra corriente.

Ordenó el salón y se vistió con la ropa del viaje. Dedujo que debían ser las once a juzgar por la posición del astro en el cielo, teniendo el margen necesario para acondicionar la salida y partir en jeep hacia la capital.

Se asomó desde la terraza y le vio en la cala. La marea estaba baja, por lo que Sandro aprovechó para tener un poco de privacidad junto a aquél que le había visto crecer, compartiendo las desdichas que cada amor fallido le deportaba.

Tras haber dejado a Luca durmiendo, se encerró en la cocina y positivó las fotografías, acudiendo hacía apenas veinte minutos al encuentro de su adorado mar.

El océano le entendía, pues era inmenso y silencioso, salado como la pena, y nunca revelaría que se había enamorado de alguien al que no podría volver a ver.

Se sostuvo entre el oleaje manteniendo la vista al frente, demasiado cansado como para luchar contra lo establecido, y demasiado harto como para desahogarse con más lágrimas que de nada servirían.

Era lo mejor. Aunque no consiguiera olvidarse de Luca, se llevaría una parte de él con esas fotos que había guardado celosamente en su maleta, sintiéndose en parte ladrón por robarle una milésima de su esencia.

Le oyó llamarle desde lo alto, esforzándose por dibujar una sonrisa convincente.

- Tenemos que irnos, han adelantado el vuelo.

- Enseguida subo – respondió, alzando la voz.

Cuando Luca regresó a la casa se encaramó a las escalinatas talladas en piedra, revestidas con resbaladizas poblaciones de líquenes. Contempló el Mediterráneo a solas antes de entrar educadamente a la vivienda para darse una ducha rápida con la que eliminar el salitre.

Como si hubiesen firmado otro acuerdo silencioso, apenas hablaron durante el camino, limitándose a meter el equipaje en el jeep y recorrer los kilómetros que les separaban de la ciudad. El ruido del motor les envolvió a lo largo de la carretera, sumándose al de los otros coches de la capital que convertían el edén tunecino en un pequeño infierno.

Arreglaron trámites burocráticos y controles de aduana, reuniéndose con Fields en la sala de espera para viajeros preferentes. El británico les atendió con sus exquisitos modales, pidiéndoles que aguardasen a que la revisión mecánica hubiese concluido.

Sentados cada uno en su respectivo asiento, Luca rompió la densa tensión que se había formado.

- ¿Lo has pasado bien?

- Ha sido estupendo. Creo que en el fondo te envidio, me gustaría tanto poder seguir viajando y todo eso...

- Tienes un don para la fotografía – le aseguró -. No puedes rendirte, tienes que seguir intentándolo hasta que alguien te valore. Entonces podrás ir a donde quieras y explotar tu talento.

- Lo haré.

- ¿Me lo prometes?

- Sí – respondió con sinceridad, poniendo en ello más de lo que seguramente él creía.

Las tres horas de vuelo resultaron eternas. Sandro las mató recurriendo a su móvil cuando la falta de turbulencias no lo impedía. Intercambió con Katja cerca de veinte mensajes de texto, en los que le contó, entre otras cosas, que esperaba llegar al piso sobre las ocho o nueve de la noche.

Luca miraba por la ventanilla sin echar el freno al velocísimo procesar de su cabeza. No podía dejar de ahondar en su propio pasado, el de Sandro, y las vivencias conjuntas experimentadas.

Cuando aterrizaron en el aeropuerto privado de Venecia y se dirigieron hacia los aparcamientos tomo la decisión, estableciendo de antemano que sólo la llevaría a cabo si veía una señal concisa antes de marcharse. Sacó las llaves del bolsillo desactivando la alarma, quedándose Sandro quieto junto a la puerta del copiloto.

- ¿Podrías dejarme por las afueras? Cogeré el autobús.

- Te llevaré casa. No me queda demasiado lejos – respondió mintiendo, puesto que el embarcadero donde su lancha estaba atracada quedaba en el extremo opuesto de la ciudad.

Había anochecido en el norte de Italia. Los insectos de los pantanos cantaban, los habitantes regresaban a sus hogares tras un día de obligaciones, y en el tercer piso de un bloque de apartamentos, Paolo y Katja esperaban asomados a la ventana la aparición de un espectacular descapotable.

- ¡Cuánto tarda! Me está poniendo de los nervios – exclamó él, ansioso por verle.

- Me mandó el mensaje hace media hora, debe estar a punto de llegar.

El ronroneo del coche invadió la calle, aparcando el conductor en un hueco libre justo delante del portal. Luca lo apagó dejando las llaves en el contacto, procediendo a ayudarle a sacar la maleta y las bolsas extra con todos los regalos que había comprado.

- Gracias por alcanzarme – le dijo, sin saber demasiado bien cómo camuflar la despedida.

- Es lo menos que podía hacer – respondió Luca, apoyado en la puerta del vehículo.

Él tomó el equipaje, iniciando el corto recorrido hacia el edificio. Ni se había percatado de lo que ocurría unos metros más arriba. En lo único que podía pensar era que cuando escuchara el coche irse a lo lejos, se habría acabado.

- Cuídate – concluyó, luchando para que no se le notara la voz truncada.

Luca apretó los puños, reuniendo el coraje necesario para lanzarse.

- Sandro, espera...

Él se volvió, expectante.

- No me has dicho cuánto te debo, ni a dónde hago la transferencia.

El gigoló esbozó una sonrisa, puesto que tampoco había reparado en ello.

- Déjalo. No podría aceptarlo – contestó con los ojos brillantes.

Fue todo cuanto Luca necesitó, pues sabía que esa era la señal que estaba buscando. Se acercó a él hasta quedar casi unidos, quemándose.

- Entonces, espero que al menos me permitas que te invite mañana a cenar. Pero nada de trabajo de por medio.

Sandro se quedó anonadado por su propuesta de tener una cita. Sintió que las manos le temblaban, desviando la mirada instintivamente hacia las sombras que proyectaban las farolas de la acera contigua.

- No podemos salir juntos – respondió, visiblemente afectado -. ¿Qué hay de lo ocurrido? He causado un daño terrible en tu familia, y también a ti. Además, sabes a lo que me dedico, yo no...

- ¿Y qué? – preguntó él, evidenciando que no le importaba.

- Ya mantuve una relación mientras me prostituía, Luca. No podría soportar mirarte a la cara después de haber estado con otros.

Él sostuvo su rostro, dedicándole unas palabras que surgían de lo más profundo de su corazón.

- Sé que no será fácil, y que no puedo pretender que cambies tu estilo de vida radicalmente, pero no dejo de decirme que si te pierdo ahora, me arrepentiré eternamente. No lo pienses, tan sólo dime si quieres verme mañana, o prefieres que me vaya. Sea cuál sea tu respuesta, lo entenderé.

Una lágrima resbaló por el pómulo de Sandro. Claro que tenía una respuesta que darle; la maldita conciencia le perseguía, estando tentado de hacer por una vez lo que quería y no lo que le parecía sensato, como en los lejanos días de su adolescencia, sin temor a que la elección desembocara en otra desgracia.

La diferencia era que si en esta ocasión la mala suerte se empeñaba en seguir acompañándole, no tendría que enfrentarse a ella solo.

- Con todos los peces que hay en el mar, pescas el más conflictivo – le dijo, vislumbrándose en su expresión un atisbo de alegría -. Podrías seguir buscando en otros lares.

- ¿Y perderme al mejor chef de la ciudad? – replicó, parafraseando lo que le había dicho en el restaurante al que le llevó la noche en que se conocieron.

Sandro rió, resbalando más lágrimas por la contracción del rostro. Respiró profundamente, algo más sereno, dando al fin contestación.

- Recógeme a las ocho. Pero sólo aceptaré si pagamos a medias.

- Trato hecho.

Él posó los labios sobre el cerco que el llanto había dejado, secándolo. Sandro cerró los ojos, buscando un beso con el que poner fin a la oscuridad en la que llevaba tanto tiempo sumido.

Desde la ventana del piso de alquiler donde vivía, su mejor amiga y el compañero de ambos no se perdían detalle, tratando de contener su entusiasmo para no gritarles a pleno pulmón que subieran.

Aunque lo hubiesen hecho, de nada habría servido. Ellos estaban demasiado ocupados en establecer un punto de partida en el que sería su ruta conjunta, regocijándose en la extraña euforia de saber que si el destino les era favorable, habrían millares de kilómetros que recorrer en una senda que habían dado por muerta, y que los ecos de las macabras coincidencias que les unían conseguirían hacerles más fuertes o destruirles.

Lo que de ello surgiera todavía era una incógnita. Y el resultado del experimento, la más apasionante de las ecuaciones habidas en el complicado lenguaje aritmético del amor.

Déjame durmiendo en la cama,

te veré mañana aquí mismo para la siguiente ronda.

Graba en tu memoria esta escena

mientras mis moratones se disuelven

y mis heridas cicatrizan,

Si alguna vez vuelves a pasarte

por los suburbios de esta ciudad

no dejes de venir a verme.

Estaré evadiéndome de la tristeza

con una mueca pintada en la cara,

como Pierrot el payaso...

como Pierrot el payaso.

Placebo, “Pierrot the clown”.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 18 Nov 2006, 21:11

Capítulo 6


Paolo hizo desaparecer el último de los pastelitos tunecinos que restaba en la bandeja, tentado de recoger con los dedos las migajas desprendidas. Se había dado un buen atracón junto a Katja mientras ambos interrogaban a un Sandro que, nervioso, se preparaba para la cita.

- ¿Y cuántos años dices que tiene?
- Cumple treinta a principios de septiembre – respondió el chico desde el cuarto de baño.

La germana recogió la mesita del salón y se dirigió a la cocina para lavar las piezas de la vajilla, pensando en voz alta.

- Un virgo y un cáncer... ¿a ti que te parece?
- No suele ser buena combinación, pero quién sabe – contestó Gabriela, entusiasmado.

Sandro terminó de decidirse ante el espejo. Se había recortado las patillas, dejándolas finas y alargadas, consiguiendo domar las ondas de su cabello trabajándolo a base de espuma. Ahora le faltaba escoger ropa.

- ¿Qué tal? – preguntó, desnudo de cintura para arriba y con una toalla recogiendo la humedad sobre los hombros.

Ellos le miraron. Su aspecto externo era lo de menos, lo que realmente les emocionaba era el brillo que despedían sus ojos. En tantos meses de convivencia, Paolo nunca le había visto así.

- Te dije que mis gafas de darían suerte – afirmó -. Ponte la camisa morada, te irá divina con ese moreno que has traído.
- No se me había ocurrido – exclamó él, partiendo hacia su habitación para sacar del armario la consabida prenda.

Estaban tan tranquilos en el salón cuando llamaron al portero automático. El napolitano pensó que se le salía el corazón del pecho, comprobando por el reloj que aún faltaban diez minutos.

- Tú tranquilo, ya nos encargamos nosotras – le dijo Katja, cerrándole la puerta para que se tomara su tiempo.

Cuando se asomó a la ventana, Gabriela ya había comprobado que el pretendiente debía encontrarse en el portal, pues el deportivo descapotable estaba aparcado abajo.

- Hola, ¿eres Luca? – preguntó la chica por el telefonillo.
- Sí, buenas noches. ¿Está listo Sandro? – respondió él educadamente.
- Sube, que le queda un poco – pidió.

Antes de que pudiera refutar la proposición presionó el botón de apertura, aguardando su altísimo y estrambótico compañero en el umbral del piso, escuchando los pasos del invitado al ascender los escalones.

Desplegó la mejor de sus sonrisas cuando le abrió, constatando que el hombre del que tanto habían conversado era, en efecto, guapísimo.

- Gabriela, ¿verdad? – preguntó, dándole dos besos en las mejillas.
- Adelante, estás en tu casa.

Luca entró en el apartamento mientras él pensaba, cerrando la puerta, que además de apuesto era un encanto.

El artesano vio entonces a la joven que tanta importancia había tenido en el relato que había cambiado para siempre su vida. Era de complexión delicada, no demasiado alta, con un rostro típicamente norteño y un fuerte acento que aplicado a su italiano resultaba muy personal.

- Soy Katja – se presentó, tendiéndole la mano.
- Me han hablado mucho de ti – contestó él, estrechándosela.
- Siéntate y tómate algo. ¿Quieres un café?– ofreció Gabriela.
- Un vaso de agua, si no es molestia.

Ellos se fueron juntos a servirle, cuchicheando sin demasiada discreción. Luca cruzó las piernas y observó a su alrededor, haciéndose una pequeña panorámica del ambiente donde Sandro residía.

Se notaba que el inmueble lo ocupaba gente creativa. Los muebles parecían haber sido forjados por algún diseñador local; los colores eran desenfadados, al igual que los murales que adornaban las paredes. Había carteles de los certámenes que Gabriela había ganado, así como recreaciones pictóricas de cuadros de Klimt.

Su atención se centró en un pequeño panel blanco que, a juzgar por las letras negras que lo cubrían, debía ser un tablero para anotaciones. Leyó la frase que alguien había inmortalizado con un marcador rojo, rodeándolo con un círculo.

Lo primero que haré cuando tenga pareja estable será dejarme crecer el vello púbico. Sandro

Luca elevó las cejas, gesto que no pasó desapercibido para las anfitrionas.

- Tonterías que se dicen en plena fiesta – explicó Katja.
- Nos gustó tanto que la dejamos ahí, de recordatorio – añadió Gabriela, tendiéndole el vaso.

Él lo agradeció, bebiendo lentamente. Aunque acababa de conocerles se sentía bien, parecían personas agradables y simpáticas.

- ¿Os entregaron los souvenirs? – quiso saber, pues había constatado que Katja llevaba puestas las babuchas de pedrería.
- Esos pasteles deberían estar prohibidos – exclamó la drag -. ¡Son un auténtico vicio!
- Qué envidia, tendría que haberme metido en la maleta – rió ella, prolongando el buen ambiente que se respiraba.
- Puede que en una próxima ocasión – replicó con una sonrisa.

Siguieron hablando acerca de los pormenores del viaje, del clima que habían tenido y demás, hasta que al fin Sandro salió de su habitación, llevando una chaqueta vaquera en la mano por si refrescaba.

- ¿Llevas mucho esperando?
- Oh, no – contestó él -. Les estaba contando que habías hecho unas fotos preciosas.

Luca se puso en pie, contemplándole. Estaba tan radiante que podría haberse pasado un par de horas sin hacer otra cosa que admirar cada centímetro de su cuerpo, dejándose embriagar por el frescor del perfume que le envolvía.

- ¡Daos prisa, vais a llegar tarde! – insistió Katja, arreglándole las solapas de la camisa.
- ¿Estaréis después por aquí o me llevo las llaves?
- Le he cambiado el turno a Fiora, estaré currando.
- Y yo me voy a pasar la noche con Mark – añadió Paolo, nombrando a su novio.
- Vale, te cojo las tuyas entonces. ¡Nos vemos!

Ellos les acompañaron hasta el rellano, despidiéndose de Luca con más besos y deseando que esa no fuese la última vez en que se dejaba caer por ahí.

- ¡Pasadlo bien!
- Gracias – concluyó el gigoló, guiñándoles un ojo.

Ambos salieron a la calle y se montaron en el coche, aprovechando Sandro que al fin estaban solos para mirarle mientras maniobraba.

- Me resulta raro verte así – comentó, pues desde que le conocía había estado a su lado mayoritariamente con ropas de lino o sin nada.
- ¿Me sienta mal?
- Yo no he dicho eso...- replicó nuevamente con una sonrisa de doble sentido.

Tras esquivar un par de motocicletas, Luca pudo cambiar de marcha y emprender rumbo al centro de la zona continental. Sin desviar la vista de la carretera le hizo saber cuáles eran los planes.

- Reservé mesa en un tailandés, pero no sé si te gusta.
- Sí, he ido con unos amigos – respondió -. El curry está genial.
- Menos mal que he acertado, llevo toda la tarde dándole vueltas – rió.

Dejaron el coche en un parking de pago y se dispusieron a caminar por las impersonales calles de la ciudad, parecidas a las que cualquier otro conglomerado urbano podía poseer. Aunque careciesen del encanto artístico de las islas, la arquitectura era lo que menos les importaba; anduvieron cerca el uno del otro a paso moderado, para resguardarse lo antes posible de la humedad primaveral.

- Es por aquí. Está un poco escondido, pero así es más especial.

Él corroboró que llevaba razón. Debía tener capacidad para veinte personas a lo sumo. Las paredes estaban pintadas en naranjas y amarillos, decoradas con esculturas de Buda, y una suave música chill out invitaba a tener una sesión intimista.

Un camarero de rasgos orientales les llevó hasta la ubicación elegida, tomando ellos asiento tras darle los abrigos. Sandro sonrió, bajando la mirada levemente cuando ésta se cruzó con la verde de Luca. Iba a decirle algo cuando el joven les tomó nota de las bebidas, pidiendo ambos una tónica.

- Hoy no debo probar el alcohol, ya sabes... – comentó el veneciano, haciendo gestos como si estuviera al volante.
- ¿Qué quieres pedir? – preguntó tomando la carta, consultando cuáles eran las especialidades del restaurante.

Tras deliberarlo, se decantaron por un menú de degustación con varios platos, de los cuáles el primero, una colorista ensalada de frutas talladas en forma de rosas, no se hizo esperar.

Mientras empezaban a servirse, Luca sacó el tema que él parecía haber retrasado.

- ¿Cómo estás?
- ¿A qué te refieres?
- Ya sabes... tras haber pensado en frío lo ocurrido.

Sandro se limpió los labios con la servilleta, dejando que su mano se posara lentamente sobre la suya.

- No me arrepiento de nada, aunque me sigo sintiendo como en un sueño... tengo la incómoda sensación de estar a punto de despertar en cualquier instante.

Luca le miró a los ojos, rozando con los dedos el contorno de su rostro.

- Tienes que confiar en mí. No pretendo chantajearte, ni exigir que te acuestes conmigo a cambio de no descubrirte. Lo que dije anoche fue de corazón.
- Creo en ti – replicó, apretando la mano entre la suya -, pero sabiendo cómo ha sido mi historial, espero que comprendas que no me fío demasiado de las primeras impresiones. Si acepté y estoy aquí contigo, es porque eres distinto.
- No sé cómo no se han fijado todos los demás en lo maravilloso que eres.

Sandro frunció el ceño levemente, disgustado por los cumplidos.

- No me adules. Tú más que nadie sabes que no soy precisamente un modelo a seguir.
- Quizás sea eso lo que me atrae de ti.

El gigoló suspiró, tomando la copa e instándole a que hiciera lo mismo, proponiendo un brindis.

- Me gustas mucho – confesó -, no quiero estropearlo. Ya me he olvidado de lo que es tener una relación seria, si es que es eso lo que buscas.
- Por supuesto.
- Entonces, vayamos despacio – pidió Sandro -. Si la vuelvo a fastidiar, me moriré de pena.
- Podríamos empezar quitándote esa manía de infravalorarte. Por ejemplo, recordándote que yo también hace años que no sé lo que es tener pareja.

Sandro rió, maravillándose su acompañante con los hoyuelos y líneas de expresión que se le formaban cuando lo hacía.

- Por un inicio equitativo – propuso.
- Y por el amor, al que debemos este cúmulo de casualidades – concluyó Luca.

Bebieron un trago, preparándose para la sucesión de vistosos y picantes platos. Entre especias y exóticos sabores, se dedicaron a hablar de sus realidades y cómo iban a compaginarlas.

- ¿Qué haces mañana?
- Tengo que volver a abrir la tienda, lleva demasiados días inactiva. Y debería empezar a bocetear los nuevos diseños, la temporada alta está a punto de comenzar.
- ¿Viene mucha clientela en verano?
- Sí, sobre todo japoneses, españoles, alemanes... suelo pasarme noches enteras en el taller para tenerlo todo a punto. Por eso compré el piso en el casco antiguo, para evitarme tanto ajetreo.
- ¿Dónde vives realmente?

Luca se sirvió un poco más de marisco, respondiendo con su modulación pausada.

- En una de las islas limítrofes. Ya te la enseñaré, es una casa con historia, perteneció a mi bisabuelo. La restauré cuando decidí instalarme aquí.
- Quieres decir, cuando rompiste con...
- Exacto – respondió, sin querer decir nombres.

Sandro prefirió tomar un poco más de las verduras con guindilla, hablando con espontaneidad y sin medirse.

- Yo también debería volver al trabajo. Le dije a Kat que tenía la cuota para el piso, pero ando un poco justo de dinero.

Luca dejó los cubiertos sobre el plato, y se formó un denso silencio. Finalmente, el propio Sandro se encargó de romperlo.

- Lo sabía.
- ¿El qué?
- Me dijiste que te daba igual mi profesión, pero no es verdad.
- Obviamente, no me entusiasma saber que tengo que compartirte con otros, pero lo respeto. No tengo voz ni voto.
- Se trata de mi cuerpo, sólo eso – le aseguró -. Nunca había sentido lo que siento por ti. Lo que ofrezco a los demás es sexo vacío.
- En el fondo, es admirable... yo no sería capaz de hacerlo.
- Por eso soy profesional, no todo el mundo puede separarlo. Te propongo algo: yo me esforzaré por mejorar mi autoestima, y tú en asimilar que es meramente laboral.

Luca esbozó una tenue sonrisa.

- Espero que si llegas a verte en un apuro económico me lo digas, aunque seas perfectamente capaz de salir del pozo.
- Por ahora puedo pagar mi parte en esta cena. Lo demás se irá viendo – aseguró de buen humor, sin querer que el espinoso tema enturbiase la noche.

Emplearon cerca de hora y media en concluir la cena. Pidieron la cuenta y la dividieron en dos partes exactas, tal y como habían acordado.

Dieron un paseo por los alrededores y, cuando la medianoche estuvo cercana, decidieron regresar en busca del coche atravesando una plaza. Otras parejas reían cogidas del brazo, mirando escaparates o charlando. Curiosamente para ellos, que ya habían conocido el lado más privado de cualquier relación, esos detalles les resultaban aparatosos, posiblemente por haber empezado al revés que muchos de los jóvenes que deambulaban por la ciudad.

- Piero no me dejaba cogerle de la mano por la calle – recordó Sandro, al ver cómo lo hacía una chica a lo lejos.
- Piensa que al menos se lo pudiste presentar a tu familia. Yo llegué a cansarme de inventarme excusas por las que mi novia imaginaria nunca podía asistir a las cenas a las que mis padres nos invitaban.
- Deberías “salir del armario” de una vez. Así sólo conseguirás asfixiarte.
- Es cuestión de tiempo – le explicó -, hay varias cuestiones de fondo que debo meditar antes de dar el paso.

Sandro no añadió nada. Era algo en lo que sólo podía esperar y darle su apoyo cuando fuera oportuno.
Justo cuando estaban a pocos metros del parking escucharon un claxon que sonaba insistentemente. Sandro reconoció a los ocupantes del coche, y el brevísimo cambio que se produjo en su rostro antes de acercarse hasta ellos bastó para que Luca comprendiera a qué se debía el gesto conciliador con el que se topó a la vuelta.

- Viven cerca de mí, dicen que me pueden llevar. Vete tú, y así no tienes que dar un rodeo por la circunvalación.
- No me importa conducir un poco más.
- Ya es tarde, debes estar cansado – insistió, hablándole suavemente.

Él aceptó, resignado. En lugar de lamentar que la cita había llegado a término, invirtió sus esfuerzos en encontrar huecos libres en medio de la ajetreada semana.

- El viernes se estrena un ciclo dedicado a Ken Loach en la filmoteca. ¿Te apetecería ir?
- Claro. ¿A qué hora quedamos?
- ¿Te viene bien sobre las 9, en la entrada?
- Sí, ahí estaré.

Los conductores insistieron para que se diera prisa y no tardara una eternidad en despedirse. Combatiendo la presión del exterior, Sandro se lo tomó con filosofía.

- Nos vemos pasado mañana entonces.
- Te llamaré.

Se miraron unos segundos, los necesarios para que sus labios se acercaran lentamente hasta unirse, poniéndole el broche a la sencilla y apacible velada.

Luca se quedó en el mismo sitio hasta que el automóvil se alejó de allí. Mientras emprendía el regreso al hogar, se supo lo más dichoso e ilusionado que jamás había recordado estar, al igual que contrariado por los escabrosos secretos que configuraban la historia en la que ambos se habían metido.

En cuanto a Sandro, apoyó la frente en el cristal del asiento trasero, evadiéndose en la voz dulce y refinada que seguía resonando en su cabeza. La de los tipos con los que viajaba, vulgar y sin matices, le sacó del ensueño.

- ¿Quién era ese, Alex? ¿Un nuevo amigo? – se mofaron.

Él dibujó una sonrisa falsa, respondiendo al apelativo por el que seguía haciéndose conocer aleatoriamente. En efecto, ambos jóvenes no sólo eran vecinos suyos, sino que había estado en su piso un considerable número de veces.

- Nadie que os incumba – respondió, cambiando de registro para interpretar su papel -. Espero que tengáis ganas de marcha, estoy escaso de fondos.

Y mientras los chicos exclamaban obscenamente que llevaban varias semanas ahorrando para la ocasión, sintió que pese a que él parecía haberlo aceptado sin miramientos, estaba traicionándole.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

Notapor Shaka » 24 Nov 2006, 11:31

A Katja y Gabriela no les costó demasiado esfuerzo acostumbrarse a tener una nueva presencia entre ellos. Desde que Luca y Sandro comenzaran a salir, era habitual que aquél pasara alguna que otra noche en el piso siguiendo la permisividad reinante, por la cuál sus inquilinos eran libres de llevar a sus respectivas camas la compañía que prefirieran.

Y no era que los ligues esporádicos del pasado les supusiera reparo alguno, pero constatar que lo que había entre ambos iba en serio les complacía. Precisamente ella estaba en el salón ojeando una revista, pues acababa de regresar de trabajar y quería esperar a Sandro para desayunar antes de irse a dormir.

Escuchó cómo se abría la puerta de su dormitorio, subiendo el volumen de la música en el reproductor portátil para darles algo de privacidad.

El joven le acompañó hasta la salida, abrazándole por la cintura y hablando a susurros para no molestar a tan tempranas horas de la mañana.

- Te daré un toque en cuanto salga para allá.

Luca asintió, estrechándole tras apoyarse en el marco de la cancela. Katja, divertida, les espió ocultándose detrás del monográfico semanal, aguardando hasta que el intenso beso de despedida que se estaban dando concluyera. Cuando su inseparable compañero de aventuras se sentó a su lado con cara de estar flotando en una nube, apagó el Ipod pellizcándole para que espabilara.

- ¿A qué se debe esa carita, señor enamorado?

Rió, haciéndole cosquillas para devolverle la artimaña.

- Hoy hacemos dos semanas. Me quedaré esta noche en su casa.
- ¿Ya? Los días se van volando...

Él se incorporó, tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse e ir a la cocina.

- ¿Me preparas un café? – pidió, recogiendo los platos y vasos que se habían quedado en el escurridor tras ser fregados.
- Claro, princesa.

Mientras ella imponía algo de orden en las alacenas, Sandro calculó las medidas y puso en marcha la maquina de expresos. Al abrir el grifo reparó en un detalle importante.

- ¿Ha llamado el fontanero?
- No. Tendré que volver a insistir, estoy harta de ducharme con agua fría.
- A ver cuánto nos van a clavar por la reparación. Dudo que el casero quiera hacerse cargo de la factura.

Dijo eso último con algo de fastidio, pues implicaba un gasto que ninguno de los tres había previsto.

- Anoche tu móvil estuvo sonando.
- Lo sé. Eran unos clientes, lo pospuse para hoy.

Katja se sentó, partiendo en varios trozos una rosquilla reseca que había encontrado en la despensa. Cuando estuvieron en torno a las humeantes tazas de café, la chica le preguntó lo que había estado cuestionándose desde el principio de la relación.

- ¿Cómo lleva Luca que te veas con otros?
- Bien – respondió, agregando una cucharada de azúcar a la bebida -. Preferimos no hablar demasiado del tema. Sabe lo que hago y lo que gano, y cuando estoy con él lo que menos me apetece es recordar mi jornada, como cualquier otra persona, supongo.

La alemana le arrugó la punta de la nariz con un dedo, gesto que repetía siempre que quería llegar al fondo de una cuestión delicada.

- ¿Y cómo lo llevas tú?

Le sostuvo la mirada largo y tendido, acabando Sandro por desviarla. Katja supo entonces que sus suposiciones eran ciertas.

- Últimamente me cuesta ponerme en situación. Algunos de mis habituales ya no me llaman, creo que no les satisfago como antes.
- Eres imbécil.

Los ojos pardos del chico se abrieron, enojado por el insulto gratuito que acababa de recibir.

- ¿A qué ha venido eso?
- Estas colado por él hasta la médula. ¿En serio crees que serás capaz de seguir follando por dinero?
- Es mi trabajo. Muchos de los que han elegido esta profesión establecen la barrera emocional sin dificultad.

Ella agitó la cucharilla en el aire, con la intención de darle un golpecito avizor.

- Tú mismo lo has dicho: elegir. Nunca escogiste por propia voluntad, no te quedó otro remedio. Lo que estás haciendo es darte excusas.

Sandro, enfadado, dejó el desayuno a medias e hizo ademán de marcharse.

- No te metas en mis asuntos – le advirtió.

Katia se encogió de hombros. Conocía su carácter, y que cuando estaba de malas era mejor esperar a que se le bajaran los humos. Siguió a lo suyo y se encerró en su dormitorio para descansar mientras él se introducía bajo el agua helada, tratando de poner en orden sus pensamientos.

Tenía cinco clientes a los que atender, y luego se olvidaría de ello en brazos de Luca. Se secó y vistió con rapidez, saliendo a la calle aunque aún faltaba para el encuentro.

Se dedicó a caminar observando a la gente como si fuese una enorme cámara fotográfica, captando la esencia de los que iban y venían.
De vez en cuando pasaba uno de los tantos señores que habían contratado sus servicios, los cuáles le reconocían y fingían hablar por el móvil para ignorarle, muchos de ellos de camino a sus puestos de trabajo, incluso en compañía de sus esposas.

La hipocresía se camuflaba de discreción, alentándole a acogerse al acuerdo tácito de evitarse. De pronto se mareó al pensar en la escandalosa cifra de amantes que había coleccionado, convertidos en un montón de manchas borrosas que ahora le abofeteaban, torturándole.

Hay hombres que se mueven, hay hombres que se agitan,
hay hombres que no existen, hay hombres que no gritan.
Hay hombres que respiran, hay hombres que se ahogan,
hay hombres que ocultan la verdad, hay hombres que roban.


El tiempo pasó lento en aquella esquina donde, ataviado con gafas de sol, aguardó la señal de un comerciante de alfombras que siempre le citaba en un destartalado ático de su propiedad.

Esperó cinco minutos para tocar en el panel electrónico, facilitándole la entrada. Cada vez que el agudo sonido del ascensor marcaba la cuenta atrás, el recuerdo del calor de Luca le escocía, recordando cómo habían hecho el amor esa misma madrugada en su lecho.

Hay quién apuesta fuerte y decide quererte,
sabiendo lo fácil que resulta perderte…
Sabes que siempre estaré cerca de ti.


El tosco roce de los labios del interesado mordisqueándole el cuello le dio margen suficiente para cerrar la puerta de una patada y empezar a desvestirse. Su cuerpo respondió al acto mecánico de repetir los pasos en su correcto orden, arrodillándose primero para hacerle aullar, sometiéndose luego a una lujuria en la que daba lo mismo con quién se sofocaba. Cerró los ojos, tratando de no hacer caso a los embistes y las uñas que en sus piernas se clavaban, ni al desagradable chirrido de los muelles de aquel desvencijado colchón tirado en el suelo.

Hay hombres que te compran, hay hombres que se venden.
Hay hombres que recuerdan, hay hombres que mienten,
hay hombres que prefieren no hablar, hay hombres que no entienden.


Cuando el pakistaní, sudoroso y arisco, dejó caer un par de billetes y le metió prisa para que se largara, ni se inmutó. Recogió sus cosas, se camufló detrás de los cristales de las gafas de Gabriela y acudió al siguiente. Y luego al otro. Y al otro.

El último de ellos, el que mejor le había tratado, rogó que se quedara un par de horas más, engatusándole con llevarle de compras y permitirle elegir lo que más le gustara de la galería de lujo que había en el hotel.

Hay quién no tiene suerte y prefiere engañarte,
sabiendo lo fácil que resulta ganarte.


Sandro percibió la vibración de su móvil dentro de la banderola, reclamándole en la cercana mesita de noche. Al tomarlo comprobó que se le iba a hacer tarde; iba a excusarse cuando el texto del sms que había recibido hizo que todos sus planes se fueran a pique.

- Mierda… - exclamó por lo bajo.

Se esforzó en disimular que se le había formado un nudo en la garganta, incorporándose lentamente.

- ¿Te importa si voy un momento al servicio? Vuelvo enseguida.

El cuarentón aceptó encantado. Se encerró en el cuarto de baño y releyó el mensaje, sentándose en el borde de la bañera para tranquilizarse y hacer la inevitable llamada telefónica.

Sabes que nunca me iré lejos de ti.

La sincera emotividad con la que fue atendido hizo que se sintiera miserable.

- ¿Ya estás de camino?
- Luca, me ha surgido un imprevisto…
- ¿Qué ha ocurrido? – preguntó él, a punto de descorchar una botella con la que acompañar todo lo que había preparado para la celebración.

Sandro se llevó la mano libre a la cara, masajeándose las sienes.

- Katja me acaba de decir que el casero nos echará si no arreglamos el escape antes de la semana que viene. Nos va a salir a casi 600 euros por cabeza, hay que romper todo el suelo hasta dar con la avería, cambiar las piezas…
- Bueno, seguro que se p…
- Estoy con un cliente – interrumpió -. Es de los que pagan bien, me ha pedido que me quede unas horas más.

No obtuvo respuesta al otro lado de la línea. Antes de que le resultara imposible articular palabra, le prometió que aunque tardase no le fallaría.

- En cuanto me haya librado de él iré a tu casa, te lo prometo.
- Sandro, si lo que te preocupa es el dinero, puedo dejártelo.
- No quiero que me prestes dinero, maldita sea – replicó con dureza -, ni ser un mantenido.
- Disculpa. No era mi intención ofenderte.

Él suspiró. Era el momento más inoportuno para compadecerse. Si tan profesional se había empeñado en ser, tenía que regresar a la cama y cumplir su parte del acuerdo.

- Espérame, por favor.

Tras ello colgó, mirando la pantalla del móvil al ser apagado. Se refrescó, proponiéndose ser todo lo complaciente posible para que le permitieran darse una ducha cuando se hubiese cansado de él.

Lo último que deseaba era celebrar el conato de aniversario impregnado en el rancio aroma de la avaricia.


(*) Las frases en cursiva pertenecen a la canción de Fangoria “Hombres”.
Avatar de Usuario
Shaka
Otaku-san
 
Mensajes: 51
Registrado: 11 Jun 2006, 20:30
Ubicación: Gran Canaria, España

AnteriorSiguiente

Volver a Historias y Fanfics +18

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 1 invitado