Relatos ....

Versión para adultos de Historias y Fanfics. Escribe aquí las historias que por su contenido no sean aptas para todos los públicos. Exclusivamente mayores de 18 años.

Relatos ....

Notapor Nabiki » 05 Mar 2008, 03:06

Bien... ando con ganas de escribir bobadas. Así que acá va...


EL VOYEUR

Habían pasado dos horas desde el almuerzo; Daniel manejaba con cuidado por los caminos de tierra que lo llevarían a la casa de Maximiliano. Rondaba los 32 años, cabello oscuro indomable, piel tostada por el sol. Sus ojos oscuros de largas y gruesas pestañas, enmarcados por cejas pobladas, le conferían a su rostro un aspecto misterioso y gitano. Carrillos anchos, barba incipiente, labios gruesos. Absorto en sus pensamientos cruzó la tranquera de “Cañada Honda” y se dirigió hacia la edificación de color salmón que se encontraba en medio de un gran parque.
La Chevrolet Heavy Duty estacionó en las piedras blancas, junto con los coches de los otros invitados que ya habían llegado. Desde el salón estar, las mujeres observaban por el amplio ventanal cómo este hombre enorme y atractivo se bajaba de ese vehículo tan imponente como él. Maxi observó cómo todas ellas contenían el aliento cuando Daniel irrumpió en la habitación, con su amplia y blanca sonrisa, él siempre tuvo ese efecto en las mujeres.

-¡Maxi! Querido amigo.- El brazo enorme de Daniel casi lo asfixia.
-¿Y Ceci? – Maxi y Daniel se conocían gracias a la novia de éste, quien había sido compañera del dueño de casa en la Universidad.
-Viene a caballo. Quiere que Fuoco salte el campo de obstáculos.- Hablaban del alazán de la joven.
-Entonces seguro esa nube de tierra es ella… ¡Qué locura! Galopar a esa velocidad en estos caminos tan irregulares.

Tal como lo predijo Maxi, Cecilia entraba al trote rápido sobre un caballo negro de porte elegante que relinchaba y movía la cabeza belicosamente. La figura menuda de la joven se movía con comodidad en la casa quinta de Maxi, ya acostumbrada a pasar mucho tiempo allí. Llevó a Fuoco hacia un algarrobo frondoso y desmontó de un ágil salto. Acariciando los flancos del animal, hablándole con susurros cariñosos, le aflojó la cincha y le dio una palmada en las ancas.

-Deja, Teo… que ande un poco con la montura puesta – Le dijo con una sonrisa al peón que se acercaba para llevar a Fuoco a las caballerizas.- Más tarde seguramente lo llevo a saltar un par de vallas.
-Como quiera, doña Cecilia.- La muchacha se soltó la trenza y su largo cabello brilló al sol. Vestía ropa de montar, con altas botas hasta media pierna y bombachas de gaucho de color té con leche. Su figura esbelta y redondeada se le adivinaba bajo la camisola. Si antes las mujeres se habían impresionado con Daniel, ahora los hombres paseaban la vista deleitados por las curvas de su novia. Eran una pareja perfecta. Ambos de sonrisas amplias y francas, de belleza y frescura sin igual. Ella tenía 21 años pero su cara más bien redondeada parecía la de una niña. Ojos grandes, pestañas largas, nariz pequeña y boca seductora. Embelesaba a todos aquellos a los que saludaba, con gestos cariñosos y sencillos.

Maximiliano Bregas era una personalidad muy conocida en Córdoba. Hombre influyente y de mucho dinero, había organizado esa tertulia sobre todo para que varias de sus amistades se conocieran entre sí, ya que estaba seguro de que de dichos contactos nacerían nuevos y provechosos negocios. Como las viejas fiestas, los huéspedes se quedaban a dormir cuanto quisieran y traían sus valijas con la ropa necesaria. Las mujeres estaban invitadas sobre todo para amenizar la reunión, ya que la mayoría eran señoras y señoritas frívolas y superficiales pero muy graciosas. Cecilia se destacaba entre ellas; con sus ropas tan sencillas como sus modos, no pretendía demostrar nada a nadie.

Mientras los invitados iban llegando el bullicio iba en aumento. Las mujeres charlaban todas juntas en un rincón y grupos de hombres discutían sobre temas varios. La figura de Daniel se movió con destreza por entre las damas y se acercó a su novia. Cerró los ojos mientras respiraba sobre su cabello sintiendo ese aroma tan suyo que lo volvía loco.

-Con algunos de los invitados nos vamos a cabalgar. ¿Vienes a probar los obstáculos? – La sonrisa de la joven le respondió sin necesidad de palabras. Giró la cabeza para dirigirse a las otras damas, que lo miraban con hambre- Ustedes también están invitadas, señoritas. Nos vamos a andar a caballo mientras se prepara la merienda.- Varias asintieron y comenzó el movimiento de gente hacia los jardines.

En tanto Daniel cinchaba a Fuoco, Cecilia iba a las caballerizas para las otras monturas. Cuando todos estuvieron sobre los animales, algunos más inseguros que otros, emprendieron una andada lenta hacia la zona del corral y los obstáculos. Cecilia, por cortesía, frenaba a Fuoco con las rodillas ya que tanto el animal como ella, se morían por correr un poco y probar los saltos, pero las señoritas iban muy despacio, algunas casi espantadas por la altura a la que estaban.
Unos silbidos la hicieron levantar la vista hacia los caballos de Daniel, Maxi y otros caballeros, quienes iban galopando alegres a la zona de saltos.


-¡Galieen!!! – Daniel se dio vuelta y la llamó con una sonrisa, erguido sobre Montaraz, uno de los caballos más briosos de la estancia “Cañada Honda”. Era su forma cariñosa y privada de llamarse entre sí.
-Vaya, doña Cecilia, yo acompaño a las damas- dijo Teo, mirando la expresión de ansiedad de la joven.- La expresión de agradecimiento de ella fue suficiente para alegrar al peón el resto de la cabalgata.

Azuzó a Fuoco y corrió con el grupo. Su pelo flotaba al aire de la tarde desprendiendo reflejos rojizos en su oscuro cabello bajo el sol. Después de saltar un par de veces, Daniel se le acercó y puso a Montaraz emparejado con su montura. Los caballos sintieron la tensión de la carrera antes de que él despegara los labios.

-Vamos a ver si Fuoco se aprendió bien los obstáculos- la sonrisa pícara de él le hizo gracia.
-De acuerdo, déjame atarme el pelo.- Pero Daniel no esperó, y con los talones obligó a su montura a salir disparada. Cecilia tuvo que hacer un esfuerzo para no caer cuando Fuoco salió sin previo aviso detrás de él; se agarró con fuerza con las rodillas y tomó las riendas. Se agachó hacia delante, cerca de las orejas de Fuoco para susurrarle palabras de aliento que enloquecieron al animal. Daniel iba inevitablemente adelante aunque Fuoco estaba cada vez más cerca. Cuando Montaraz cruzó la última valla, siguió corriendo, prolongando la carrera. Cecilia sonrió, allí sí lo alcanzaría. Pero a los pocos metros Daniel cruzó su caballo frente al de ella, provocando una brusca frenada que la dejó sin equilibrio. Las manos fuertes de su novio la tomaron por la cintura y la elevaron por encima de su montura y la sentaron sobre las piernas de él. Cerró los ojos y suspiró cuando sus labios se tocaron en un beso apurado que pronto se hizo profundo cuando, con la lengua, él le obligó a abrir la boca y recibirlo dentro. Una mano de él le tomaba la nuca y le revolvía el cabello suelto, mientras la otra le ceñía el talle cada vez con más ansias. Lo sintió bajo su trasero cuando la erección de él se hizo evidente y gimió despacio. Daniel gruñó y frunció el ceño, tenía que controlarse. Con lentitud la soltó y tomó las riendas. Ella se recostó sobre su pecho y él se retiró un poco hacia atrás en la montura para que ella estuviese más cómoda. Llegaron al paso a la casa con Fuoco detrás; el resto de los invitados bajaba de los caballos ayudados por los peones. Desensillaron despacio, ella se deslizó sobre la montura y alcanzó un estribo, con una graciosa voltereta terminó en el suelo mirando hacia Daniel, quien bajó y la abrazó con cariño. Algunas miradas voltearon a ver, otras miraron hacia otro lado; entre las últimas estaba la de Dima, uno de los invitados que había llegado mientras estaban cabalgando. Apenas la vio supo que era ella. Cecilia y él se habían conocido unos años atrás por casualidad y tuvieron una relación intensa pero corta, que terminó abruptamente cuando él se fue del país y ella no lo quiso acompañar. Estaba más hermosa que nunca. Radiante. El corazón se le volvió loco y la cabeza también. No podía creer verla de nuevo. Por lo visto ahora estaba con alguien más. Se preguntaba cuál sería su reacción al verlo. Si él podría contenerse y mantener una forma fría para no partirle la boca de un beso.

Cuando los invitados entraron la mesa ya estaba servida. Se sentaron, hambrientos. Dima y Cecilia ya se habían reconocieron y saludaron. Ella se mostró contenta de verlo pero no pasó de ahí. En la enorme mesa ella estaba sentada entre él y Daniel. Dima simulaba prestar atención a las otras conversaciones mientras veía cómo la mano del hombre se escabullía bajo la mesa para tocar la pierna de la joven. Ella sonrió con amor a su novio, quien comenzó a subir la mano sin que nadie excepto Dima lo notara. Cecilia soltó un suspiro ahogado y puso su mano sobre la de Daniel. Para sorpresa de Dima, no la alejó, sino que lo instó para que hundiera los dedos en su intimidad por sobre la ropa. Los dos jóvenes competían a ver cuál tenía una erección más grande. Uno como voyeur inadvertido y el otro como activo amante.

-Yo me voy a la habitación-susurró ella- ¿vienes conmigo?- su voz grave les hizo saber que estaba excitada.
-No puedo, tengo un par de cosas que tratar con uno de los invitados. Negocios. - respondió con tono apesadumbrado. Ella tomó su miembro por sobre el pantalón y rozó las uñas por la tela, Daniel contuvo el aliento con dificultad.
-Hum… entonces te voy a estar esperando Galieen- le susurró sensualmente. Se dirigió luego a Maxi, en la cabecera de la mesa- Yo me voy a la habitación, que estoy muy cansada. Después me despierto para la cena y el baile- sonrió alegremente. Maxi también lo hizo. Dima se puso de pie.
-Yo también me voy a descansar un rato. ¿Te acompaño, Ceci? – ella le sonrió dulcemente. Parecía mentira que pareciera tan inocente siendo un gato de fuego por dentro. La siguió por las escaleras, manteniendo una charla amena.
-Me voy a dar una ducha porque huelo a caballo – rió ella.
-¡Qué buena idea! – rió él a su vez. La despidió en la puerta de su cuarto. – Aunque ese olor no te hace menos sensual. – Se dio media vuelta sin decir nada más y se fue hacia su habitación, dejándola a ella inclinando la cabeza, intrigada.

Mientras Cecilia se bañaba, cantaba feliz. Por eso no pudo oír la puerta de la habitación que se abría y volvía a cerrar, al igual que la del ropero. Dima sonrió levemente, desde donde estaba podía ver toda la habitación entre las rejillas de la puerta de madera. El cierre del agua le hizo saber que la ducha había acabado y que ella pronto saldría. Se inclinó sobre la puerta del baño expectante, ansioso, excitado.
Última edición por Nabiki el 05 Dic 2008, 18:32, editado 2 veces en total
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Notapor Nabiki » 06 Mar 2008, 04:27

El cuerpo de esa niña lo excitaba tanto como antes. Ella salió del baño y el vapor perfumado la siguió por la amplia habitación. Se cubría con una toalla corta mientras se secaba el cabello con otra más pequeña. Tomó una crema del tocador y vertió un poco de ella en la palma de la mano, la toalla se deslizó pesada hacia el suelo descubriendo el cuerpo desnudo de la joven; comenzó a distribuir el tónico por su piel mientras se paseaba por la habitación canturreando. Dima pudo verla en todo su esplendor. Sólo dos pequeños triángulos, uno en el pubis y otro justo en el inicio del trasero, le indicaban que tomaba sol casi desnuda. No había un solo vello en su cuerpo, él la había conocido así. Seguía siendo una pilla. Sonrió pícaramente mientras bajaba la mano inconscientemente a su dolorosa erección, su pene no la había olvidado, siempre respondía de esa manera con ella, descontrolado.
Cecilia bañó todo su cuerpo en la loción fresca y liviana. Al movimiento de sus brazos, sus senos se bamboleaban y él sentía cómo se le hacía agua la boca. Hacía tiempo que no los lamía. Terminado el ritual, él podía sentir el olor a coco en al ambiente que lo embriagaba. Ella tomó de uno de los cajones una tanga diminuta, apenas dos hilos que se unían con una tela de gasa negra mínima. Se las colocó con cuidado y se puso una camiseta pegada al cuerpo. Sonriendo al espejo se dio la vuelta para ver su trasero e hizo algo que a Dima por poco lo hace llegar: Se dio una ligera pero sonora nalgada, al tiempo que soltaba una risa corta y contenida. Volvió a darse vuelta y se puso de frente, observándose. Tomó con sus pulgares los hilos de la tanga y los rozó hacia adelante y atrás. No aguantaba más, mordiéndose los labios llevó sus dedos hacia su vulva y los hundió en la carne, soltó un jadeo; Dima también, pero ella no lo notó. Con una de sus manos todavía en sus intimidades, subió la otra y chupó sus dedos con fruición para sentir su propio sabor. Dima ya no controlaba su mano que se movía sin control sobre su sexo hinchado, a punto de estallar.

-Contrólate – La joven se hablaba a sí misma. Se dirigió rápidamente al modular y tomó un frasquito de perfume, vaporizó con él sobre su pecho, en su nuca y en sus muslos. Luego corrió a la cama y se acostó. Tomó un libro de la mesita de noche e intentó leer sin conseguirlo, ya que al poco tiempo se quedó dormida. Dima ya había llegado y se sentía también exhausto, se recostó sobre la pared y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos se dio cuenta que se había dormido también y que se había despertado bruscamente a causa de los ruidos provenientes de la cama: Cecilia movía la cabeza de un lado a otro profiriendo lamentos y sollozos, mantenía los brazos rectos e inmóviles a los costados del cuerpo, con las manos fuertemente cerradas. Sus piernas apenas se movían. Dima ya sabía lo que pasaba. Por lo visto, en estos años, seguía teniendo la misma pesadilla. Salió del ropero en silencio, levantó la colcha y le tocó los pies: helados, como siempre. Se acercó a su rostro, tenía el ceño fruncido; se controló para no besarle los labios entreabiertos, como antes hacía. Frotó una mano contra la otra para calentarlas y la colocó sobre el pecho de la muchacha, sentía el corazón exaltado. Comenzó a realizar movimientos circulares lentos mientras la acallaba con susurros cariñosos; casi de inmediato, ella se calmó con un suspiro y sonrió levemente.

-Daniel – El nombre del hombre salió de los labios de ella cargado de una nota de amor. Dima gruñó y frunció el cejo. Se disponía a salir de la habitación cuando sintió pasos que se acercaban, rápido como un lince volvió a esconderse donde antes y cerró la puerta justo antes de que se abriera la que llevaba al pasillo y Daniel entrara en el cuarto. El hombre aspiró sonoramente y sonrió.
-Gata traviesa – susurró mientras cerraba tras de sí y colocaba el pestillo. Avanzó hacia el perchero donde dejó su ropa. A medida que se iba desnudando podían verse numerosas cicatrices en el torso, brazos y piernas de Daniel, era evidente que no era un tipo tranquilo. Sus músculos en tensión lo hacían ver feroz. Con los boxers aún puestos se dirigió a la cama. Levantó las colchas y le tocó los pies a Cecilia, la temperatura no había aumentado mucho y Dima pudo darse cuenta de que adivinaba que había tenido otra pesadilla. Le tocó el cuello en busca del pulso, ahora tranquilo y casi imperceptible y sonrió. Cecilia se movió en sueños y se dio vuelta dándole la espalda al hombre, quien sacudió los cobertores fuera de la cama para verla entera. Con la mano le corrió el pelo de la nuca y la olió, soltó una risa ahogada. Se sentó a los pies de la cama y le abrió las piernas con confianza, hundió la nariz entre ellas y aspiró en los muslos. Parecía que ella se perfumaba para él y le indicaba con ello qué era lo que quería.

Con manos enormes subió por las piernas de la muchacha hasta sus caderas y allí tomó los hilos de su tanga y los estiró, jugando con ella. Con dos dedos se coló por el costado de la tanga y rozó los labios mayores de ella. Cecilia se estremeció y se dio la vuelta, despertándose.

-Hola – dijo con voz ronca y se sentó extendiendo las manos para acariciarle el mentón. Se dieron caricias suaves en el rostro del otro. Daniel se incorporó y tomó dos vasos y una botella de una repisa. Sirvió una medida de brandy en cada uno y le dio a ella el suyo
-Por un trato cerrado. Ese Maxi es un genio cuando se trata de las relaciones. – Alzaron los vasos y bebieron. Él se acabó todo de un trago pero ella bebía despacio. Daniel la tomó del cuello y le levantó la bebida para que la tomara de prisa. Rió sonoramente ante la cara arrugada de ella cuando el líquido le bajó por la garganta quemándola – Me encanta cuando te pones borracha. Te hace Ceci más traviesa aún ¿Quieres ponerte borracha para mí hoy? – No esperó la respuesta y sirvió otra vez para los dos. Ella tomó bebió rápido obedientemente. Él no tragó sino que la tomó de la cabeza y le dio un beso. Cuando abrió la boca le pasó todo el líquido caliente por haber estado en su boca. Cecilia se vio obligada a tragar para no ahogarse. Daniel sirvió otra vez, pero ella negó, besándolo y apoyando sus senos de pezones duros contra su pecho, él se calmó de inmediato, ciñendo la cintura de ella y tomando la camiseta para sacársela por sobre la cabeza. Bajó las manos para tomar su redondo trasero y lo apretó con deseo, ella se quejó. Él la acostó de espaldas sobre la cama y llenó su cuerpo de besos en su camino hacia su entrepierna. Casi le arrancó la tanguita y arremetió con dedos y lengua sobre su pubis para penetrarla con ellos. Ella jadeada y gemía escandalosamente, Dima volvía a sentir la erección y liberó su pene del aprieto del pantalón.

Cecilia no podía aguantarlo. Los dedos de Daniel se movían en su interior con una destreza increíble, volviéndola incapaz de controlar sus actos, ya de por sí torpes por su estado de ebriedad. Él endurecía la lengua para penetrarla con ella y luego la volvía blanda y suave para acariciar su clítoris hinchado. No tardó mucho en llegar a un orgasmo potente en el que Daniel abrió la boca y succionó con sus labios para beber de sus jugos. Ella quedó satisfecha y remolona mientras él caía a su lado sonriente para besarla en la boca. Ella se saboreó en la lengua y los labios de él.

- Eres una golosa perdida. ¿Lo sabías? – Ella asintió riendo borracha y se acercó al vaso de brandy para beber un largo trago; paseó sus manos por su cuerpo acariciando las cicatrices, enredando los dedos en los vellos del pecho y las piernas. Llegó al boxer y se lo quitó con cuidado, dejando escapar un pene gordo y largo al que miró con hambre. Sin que nada dijera, se lanzó para engullir ese trozo de carne. Aún conservaba el alcohol en la boca y la sensación hizo arder a Daniel, quien sibiló y arqueó la espalda, provocando que el miembro entrase aún más en la boca de la joven, quien succionó con placer. Con una mano tomaba suavemente los testículos y los acariciaba al tiempo que la otra se estiraba para alcanzar las tetillas de su amante, a quien, evidentemente, estaba volviendo loco. Con la boca abierta lamía el tronco desde la base hasta el glande, entreteniéndose en la punta mientras cerraba la boca sobre él y bajaba de prisa para que ese trozo le penetrara la boca. Daniel se movió tan de prisa que ella quedó estupefacta. De pronto se vio de espaldas en la cama con él encima de ella.
-Si no te paraba me iba dentro tuyo, golosa, y todavía te quiero dar más placer. – Le tomó los tobillos y los subió sobre su cuello, de esa manera ella se presentaba expuesta y lista para recibirlo hasta lo más profundo. Acercó la punta de su pene a la entrada, ella lo miraba a los ojos, expectante. Sostenían sus miradas fijas, sin hablar, sólo gemían y jadeaban. Él dejó entrar su cabeza unos centímetros y volvió a salir, para hacerlo nuevamente. Ella lo miraba con deseo, rogándole que lo hiciera de una vez; cuando, una vez más, entró apenas y volvió a salir ella elevó sus caderas con rapidez, provocando que todo Daniel entrase en ella de una sola vez, hasta lo más profundo. Él soltó un gemido sonoro y gutural y se quedó inmóvil. Ella volvió a bajar las caderas para volver a elevarlas de nuevo, y así otra vez más y otra. Hasta que él la apartó bruscamente de él y la ponía en cuatro patas, con su trasero hacia él. Con dos dedos la penetró bruscamente mientras que con la otra mano tomaba uno de sus senos. Cecilia gemía sin reparos, pronto llegaría al orgasmo. Pero su amante la conocía, dejaba que su excitación subiera en círculos haciendo que su cabeza girara sin control mareándola, sintiendo un fuego que nacía desde su vientre y se expandía tensionando todos sus músculos, pero paró justo antes de que ella alcanzara el orgasmo que la transportaría fuera de este mundo. Entonces abandonó su interior para entrar con su pene, duro como una roca. La tomaba con fuerza de las caderas con una mano, la otra sostenía su nuca en una postura de absoluto control. Las embestidas se hicieron cada vez más potentes, ambos estaban muy cerca del orgasmo. Los dedos de Daniel se clavaban en la carne de los nalgas de ella, más adelante le provocaría moretones. Un bufido inhumano le hizo saber a ella que estaba a punto de llegar y se abandonó al pacer se sentir sus piernas en su trasero, sus testículos golpeando sobre su clítoris, sus manos que la subyugaban con fuerza. El clímax les llegó a ambos al unísono. Sus gritos, suspiros y jadeos llenaron la habitación mientras sus espaldas se arqueaban, uno para dar y la otra para recibir mejor lo que se daban uno al otro.

Daniel cayó a su lado exhausto. Ella se ovilló en su pecho y ambos cayeron en un profundo sueño. Tan pesado que no oyeron una puerta que se cerraba dejándolos a oscuras.
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Notapor Nabiki » 06 Mar 2008, 04:31

No creo que escriba más... Hasta acá llagaba mi idea. Si se me ocurre algo más lo escribo.

¿Alguien tiene ideas para el nombre?
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Notapor Tensai » 14 Nov 2008, 02:28

qué tal...el voyeur?? :wink:
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Notapor Nabiki » 05 Dic 2008, 18:35

Jajajaa... sí, le va justo ... ¡gracias nene!!!
No había visto tu comentario...

Bueno... se me ocurrió otro relato... Antes de publicarlo en una página a la que pertenezco me gustaría saber si está bueno, así que agradezco comentarios y críticas :D
Leí el anterior que publiqué ... se repiten un par de patrones Jajajajajaaa Además de que vi un par de errores de gramática y otros en los que pongo palabras que no deberían estar ...
Pero bueno, no es para leer los dos juntos.
Allá va...
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Notapor Nabiki » 05 Dic 2008, 19:04

Verano. Acababa de rendir mi último examen final y estaba feliz y ansiosa de empezar mis vacaciones. Las iba a disfrutar al máximo y exprimir cada segundo de ellas; después de todo, eran las últimas antes de comenzar las prácticas en el hospital para terminar mi carrera.

Vivo en Córdoba, Argentina. Ciudad hermosa, activa, nocturna ... pero hacía tiempo que quería hacer un viaje a Buenos Aires. Tenía tíos y un par de amigos allá y los quería visitar. Tomé un ómnibus y al llegar fui a dejar mis cosas en la casa de mi tío quien me dio las llaves del departamento y me dijo que me moviera a mis anchas.
Ni lerda ni perezosa llamé a Ignacio para ver qué haríamos esa noche.

- Vení a casa, viene un amigo a comer asado. Tomamos algo los tres tranquilos. - Yo ya conocía a su amigo. Mauricio, un chico grande, rubio, morrudo, algo pasado en kilos. Ignacio, en cambio, era fibroso, ancho. Moreno, ojos grises y pelo castaño. Teníamos una cuenta pendiente que mi mente excesivamente racional me impidió saldar. - No te vistas muy arreglada - me advirtió

Me puse un short blanco y una camiseta rosa claro. Calzados cómodos y me pinté delicadamente. Mi color tostado no necesitó mucho más que eso. Fui caminando hasta lo de mi amigo, que me prometió que cuando terminara la noche él me llevaría de nuevo a lo de mi tío.

11 pm. Departamento de Ignacio - Después de comer, empezamos a tomar según los típicos juegos de prendas: la monedita, el barquito peruano, etc... y así terminamos los tres súper alegres, por decir poco. Los temas pasaron de una charla amena a tonteras de borrachos y de ahí a las charlas hot que hacen subir los colores y la temperatura. Decidí que era hora de irme.

- Nacho, me siento cansada... ¿me llevás?
- ¡Chechu! ¿tan temprano? Acostate en la pieza de invitados y descansá. Cuando Mauri y yo nos cansemos te despertamos y te llevamos, ¿si? - Me indicó la habitación, apagó la luz y cerró la puerta. - Descansá... en unas horas te levantamos.

Parecieron pasar dos segundos. Bruscamente se abrió la puerta y en el vano se dibujó la silueta de Mauricio, cuan grande era, que entraba a los trompicones. Había dormido tan profundo que no me dí cuenta lo rápido que pasó el tiempo.

-¿Qué pasa? - pregunté, confusa - ¿ya nos vamos? Dejame que me arregle - Me había sacado el corpiño para dormir más cómoda. Me senté y extendí la mano para alcanzarlo... pero mi brazo fue doblado bruscamente tras mi espalda y mi cuerpo arrojado con violencia en la cama. Me quejé sin poder articular palabra.
- Mmmm Claudia - el aliento a alcohol me golpeó en la cara cuando Mauricio se acercó a mí - Te portás como una pu** y después no querés saber nada. Ya te voy a enseñar yo que eso no se hace... ¡No, señor!! Eso conmigo no se hace, - Mientras escupía las palabras con dificultad sus manos se dirigieron rápidamente a mi pantaloncito y le arrancaron los botones con hastío.
- No Mauri, no. Te estás confundiendo, no soy Claudia... ¡No! - en vano traté de quitar sus manos de mis caderas, de mis muslos, de mi trasero...
- ¡Shhh!! ¡Callate!!! ... Yo sé que esto te encanta... Ahora vas a ver ... - Arrancó mis pantalones en medio de mi histeria y mi confusión y los arrojó lejos de la cama. Mi grito no se hizo esperar "¿Dónde estaba Ignacio? Alguien que me ayude... ¡Ignacio!!! "

Nunca me alegré tanto de verlo llegar. Con los pantalones aún desprendidos tomó a su amigo por el cuello y lo arrastró lejos de mí. Mauricio dió una arcada y un resoplido y trató en vano de incorporarse. Yo rápidamente me escapé y huí de su alcance. Ignacio intentaba trabajosamente llevar al otro al baño.

- ¡Chechu! ¡No puedo! ¡Ayudame! - imploró - Sin fijarme en mi estado corrí a socorrerlo. Levaba la camiseta de tirantes de cualquier forma, sin brassiere, y debajo sólo la tanga blanca que me cubría escasamente el trasero. Mi pelo debía ser un desastre total y mi cara un espectáculo, pero tenía que colaborar de alguna forma para llevar a ese mastodonte al baño y tratar de recomponerlo.

Como pudimos lo arrojamos de cabeza sobre el inodoro y mientras el moreno le daba un masaje al rubio yo lo humedecía mis manos y se las pasaba por el cuello y la cara para tratar de reanimarlo.

- Perdoname, no sé en qué momento se puso así. La conversación con vos lo tuvo bastante rato cachondo... y después pasamos al tema de su ex novia, Claudia. Como vi que estaba melancólico decidí que era hora de cortar. Fui al baño y cuando escuché tus gritos me imaginé lo peor.
- Me confundió con su ex... ¡me arrancó los shortcitos! - dije con desesperación. La cara de mi amigo reflejaba su sentimiento de culpa y de arrepentimiento. Quiso abrazarme pero apenas lo soltó un poco, Mauricio se deslizó peligrosamente hacia el suelo y tuvimos que esforzarnos el doble para enderezarlo. Ahí estaba yo, en calzones, con todas las pompas al aire, tratando de consolar a uno y de revivir a otro, el cual había estado a punto de violarme. ¡Qué locura! Lo que uno hace por los amigos.

Corrí a la cocina, preparé un café muy cargado y se lo dí a cucharadas a mi ebrio pseudo-violador. Los vómitos no se hicieron esperar y luego siguió el desmayo; con lo cual lo arrastramos de nuevo al cuarto de invitados y lo dejamos dormir.
Agitada, caminé hasta el sillón y me desplomé sobre él.

- Perdón, Chechu. - Nacho se sentó en la mesa ratona, frente a mí y me tomó las manos. - No tenía idea que se iba a poner así... ¿te rompió los pantalones? - Sus ojos bajaron a la región antes cubierta por la tela y ahora totalmente expuesta. No pudo evitar una mirada lasciva que hizo que me entraran escalofríos.
- ¡Hum! No sé... Espero que no, eran muy lindos y cómodos.
- Bueno, ahora seguro estás más cómoda, ¿no? Con menos tela - Cuando quise abrir la boca para replicar me atajó incorporándose y corriendo a la heladera - ¡Tengo frutillas!! Te prometí que te iba a comprar cuando vinieses. También hice crema. Las comamos ahora, nos lo merecemos.

Volvió con una cazuela grande repleta de esas deliciosas frutas rojas y otra con crema chantilly. La verdad tenía hambre, mi estómago se volvió loco ante la perspectiva de semejante manjar. Rápidamente tomé una, la unté en crema y la metí hasta la mitad en la boca, mordí y me la comí con avidez.

- ¡Mmm!!! Están riquísimas... ¡Gracias, nene!!
- ¿Viste? Sé elegir las mejores... - buscó una especialmente roja y grande - Mirá, ésta es especial para vos. Dame esa mitad a mí - Abrió la boca y la comió de mi mano sin darme tiempo a pensar. Llenó de crema la propia y extendió su mano a mi boca. - Abrí...

Incliné mi cabeza pero él apartó la fruta, jugando conmigo. Lo miré con cara de pocos amigos y volví a intentar. De nuevo la llevó lejos, más cerca de él. Tomé su mano y la acerqué. Suspiró y me dejó morder, pero sólo un pequeñísimo pedacito. Me quejé y volví a atacar, este juego me ponía nerviosa. Luchamos brevemente entre risas maliciosas.
Estiré mi cuerpo sobre el de él, que mantenía el brazo extendido hacia arriba. Mi cuerpo totalmente apoyado sobre el suyo. Mis pechos se apretaban contra el suyo, mi cadera en su abdomen y mis piernas entre las suyas. Con su otra mano me rodeó la cintura, abrazándome. Bajé los brazos y lo miré con reproche.

- Ignacio… - le advertí
- Shhh… no digas nada… por favor. – El juego terminó y la frutilla bajó al alcance de mi boca y se introdujo lentamente, suavemente. Cerré los ojos. Sentí su acidez y la disfruté con ganas.

Me sorprendió el tacto de la crema en mis labios. Con su dedo índice los separó e introdujo el del medio en mi boca. Rozó mi lengua y el arito que tengo en ella. Lo pasó por mis dientes y pasó más adentro. Luego, lentamente lo sacó, haciéndome cosquillas en la parte interna de mis labios que ya estaban bastante hinchados.
Me temblaron las piernas, me dejé caer en sus rodillas y su mano bajó hasta mi redondo trasero. Suspiramos. Secretamente sabíamos que esto pasaría, lo estábamos deseando. Empezó a rodearme esa sensación de embotamiento, como si todos los sonidos hubieran sido cubiertos por una manta de niebla y se me empañara la vista. Si tenía que sincerarme, tenía que admitir que estaba muy excitada.
Ignacio untó más crema en su dedo. Abrí mis labios y, mirándolo a los ojos lo metí en mi boca lentamente, succionando con gusto y rodeándolo con mi lengua, trazando círculos a su alrededor. Él contenía la respiración, ansioso. Se acercó lentamente a mí mientras dejaba mi boca libre, sus ojos puestos en ella.
El primer tacto húmedo me hizo suspirar de gozo. ¿Por qué había postergado tanto este momento? ¡Qué placer!!! A medida que el beso se hacía más profundo los gemidos se hacían oír y las manos de ambos se volvían inquietas. Recorrían su espalda, sus cabellos, su cuello, sus brazos. Mi vientre, mi nuca, mis pechos, mis piernas. Cada vez más rápido, cada vez con más fuerza contenida.

- ¡Bebé!! – dijo suspirando agitado y sonriente al separarnos. - ¡Al fin!!! Me estabas matando con ese tanga mínimo. ¡Dios!! ¡Qué rica estás!! Estuve deseando esto desde que te vi. – Exclamó apretando mi trasero con lascivia, haciéndome daño. Me moví sobre sus piernas evitando sus manos. Entonces noté la creciente protuberancia en su entrepierna, que latía y me llamaba desde debajo de los pantalones de mi moreno. Debo admitirlo, me sentí totalmente incapaz de controlarme y mi entrepierna se humedeció rápidamente. - ¡Mmm! ¿Ahora ves cómo me pusiste? Esto es todo para vos, bonita. ¿Te gusta? – Asentí mirando a sus ojos con cara de niña buena. - ¿Te gustaría tenerlo en tu boquita? ¿Querés probarla? Es toda tuya, mi amor.

Me deslicé hacia el suelo lentamente mientras él abría sus piernas y mi invitaba con la mirada. Desprendí el botón y bajé con cuidado el cierre de la bragueta. Al bajar los pantalones tenía frente a mí una imagen hipnotizante: Bajo los bóxers negros de mi chico se adivinaba la forma de su aparato, apretujado bajo la tela y pugnando por salir. Sin tardar un minuto lo liberé de su prisión y con la punta de mi lengua rocé la cabeza rosada que me rogaba un poco de cariño.

- ¡Mmm!!! Me gusta… - dije con voz de nena. Abriendo nuevamente mi boquita comencé a darle besos al glande y al prepucio. Suaves y húmedos besos, cada vez más apremiantes. Mientras mis manos tomaban con cuidado sus huevos y acariciaban esa línea de piel que baja directamente desde la base del pene hasta el perineo. Los gemidos de Ignacio me hacían volver loca, deseando darle todavía más placer y aumentando también la temperatura en mi zona sur.

Lamí despacio todo el tronco, desde la base hasta la cabeza que ya brillaba de excitación. Rodeé con mi lengua el glande, trazando círculos alrededor de la punta y metiéndola levemente en el ojo único de mi nueva golosina. Abrí mi boca y con mis labios bien mojados comencé a engullir toda esa verga deliciosa dentro de mí. Bajé mi cabeza hasta la base, apreté los labios y volví a subir, con mi lengua pegada al tronco duro de mi chico, quien no podía emitir una palabra ni mover un músculo. Volví a bajar y repetí la operación de nuevo muy lentamente. Me alejé y observé el miembro empapado por mi saliva. Lo tomé con dos dedos desde abajo y volví a meterlo dentro, pero esta vez lo hice rápido y succionando a la vez que se introducía.

Mi cabeza subía y bajaba rápidamente sobre el falo enorme y duro de Ignacio. Una mano rodeaba la base y la otra masajeaba sus huevos y hacía cosquillas sobre el perineo. Cada vez mi velocidad se incrementaba, succionando a veces más fuerte, otras más suave. Girando el cuello para que sienta mis labios moverse alrededor de su cabeza.
Y entonces él colocó sus manos en mi pelo y sujetándolo suavemente me obligó a bajar aún más. Llenando toda mi boca con su verga y ejerciendo todavía más presión para que entrara en toda su longitud. Yo sabía que no iba a caber pero me dejé hacer. Lágrimas se escapaban de mis ojos y gotones de saliva se escapaban de mis comisuras. Su glande tocó mi garganta, y movió mi campanilla, no pude evitar una arcada pero él me impedía escapar dejando que me acostumbrara a su tamaño. Con ayuda de sus manos subió rápidamente las caderas para llegar hasta el fondo y golpeó finalmente el límite. No aguanté más y me aparté de él sin poder evitarlo. Un hilo de baba quedó colgando desde mis labios hasta el extremo de su pene. Algo que a mí me resultó asqueroso pero él festejó.

- ¡Ohhh!!! ¡Qué rico!! ¡Mmmm!! Ya llego, bebé… ¿dónde querés que acabe? – Pensé que le encantaría que le pidiera que terminara en la boca.
- Quiero tener tu leche en mi boca, Nacho. Quiero sentir tu sabor. ¿Querés dármela de beber? – Dije con cara de niña, mirándolo a los ojos. No me equivoqué. La sola mención fue suficiente para que blanqueara sus ojos, echara la cabeza hacia atrás y con una mano en la base de su falo, dirigiera precariamente sus fluidos hacia mi cara.

No apuntó bien y su leche me golpeó las mejillas para luego sí dar en mi lengua y mi garganta. Los gemidos entrecortados de Ignacio se acallaron lentamente mientras él se dejaba caer. Con cuidado lamí todos los restos de líquido de su cuerpo. Con dos dedos limpié lo que quedó en mis mejillas y lo metí en mi boca. Tragué. ¡Qué rico sabía Ignacio! Me relamí. Él me miraba desde arriba. Parecía haberse repuesto.

- ¡Qué delicia!! Chechu, sos única. ¡Ahh!! Ahora te toca a vos, princesa. Vení conmigo. – Me alzó en sus brazos y me llevó hasta el sillón, acostándome con cuidado. Desnudándome por completo, me besó delicadamente, bajando las revoluciones en nuestros cuerpos. Pasó sus manos por mis hombros, mis brazos, mis pechos, mi cintura y caderas. Bajó por los muslos, se detuvo en las rodillas y continuó bajando hasta los talones. Los besó y siguió con su boca el recorrido hacia arriba. Lentamente, cuidadosamente. Acarició mi pubis por encima de la tanga, pero no por mucho tiempo, continuando hacia arriba. Lamió mis pezones con ansias mientras apretaba y acariciaba la piel suave de mis senos.

Y entonces al fin comenzó a dirigirse a donde más lo necesitaba. Primero sentí su aliento caliente sobre la tela, me hizo erizar la piel. Sus manos bajaron un poco del tanga, lo suficiente para que su lengua pudiera tener camino libre para apoderarse de mi clítoris que ya clamaba por atención. Mis gemidos no se hicieron esperar, sonando en toda la habitación.
Ignacio bajó aún más hasta mis labios mayores y, abriéndolos con sus dedos, lamió todos los jugos que humedecían mi vagina. Una y otra vez recorrió la distancia desde abajo hacia arriba. Entonces, con su lengua en tensión me penetró y volvió a salir, y de nuevo dentro y fuera. Su dedo anular tomó entonces el lugar que antes tenía su húmeda amiga. Llegando más adentro y tocando justo el punto álgido de piel que hacía que viera las estrellas.
Con sus labios en forma de “o” succionó mi clítoris suavemente, como un bebé a un chupete azucarado. ¡Ah!! No pude evitar gritar cuando su dedo inició un mete-saca veloz. Rápidamente se sumó otro y con ambos se movió tocando las paredes anteriores de mi vagina. Eso fue el colmo. Elevé mis caderas queriendo que me penetrara, ya al borde del orgasmo. Él me entendió a la perfección e hizo lo propio, moviéndose a gran velocidad con su mano. Sentí que la vista se me blanqueaba, que no podía tomar suficiente aire, la temperatura de mi cuerpo me quemaba y ya no podía controlar mis caderas. Grité sin poder callarme al tiempo que arañaba el brazo de Ignacio y echaba la cabeza hacia atrás, totalmente extasiada.
Mi moreno lamió con cuidado todos mis jugos, causándome espasmos que recorrían todo mi cuerpo y hacían que me convulsionara en leves grititos de placer. Hasta que finalmente me relajé dejando mi cuerpo totalmente laxo y sonriente sobre el sillón. Él se recostó a mi lado, esperando a que reaccionara lentamente de mi delicioso orgasmo. Acariciando mi pelo y mi cuello. Abrí lentamente mis ojos y lo observé mirándome.

- Hola
- Hola… ¿te gustó?
- Me encantó bebé, estuvo delicioso.
- Me muero por estar dentro tuyo, hermosa. – Dijo mientras su mano bajaba por mi vientre hasta mi pubis lampiño. – Me encanta esta conchita tuya. Me vuelve loco. Mmm – Metió un dedo dentro, haciéndome suspirar. Me levanté del sillón, lo tomé de la mano y lo llevé a la pieza. Su camisa quedó olvidada en el sillón, junto con el resto de la ropa. Lo acosté sobre la cama. Su pene estaba todavía despierto pero no estaba tan duro como a mí me hubiese gustado. Lo iba a hacer mío una vez más.

Me arrodillé entre sus piernas y chupé su cabeza gorda. Metiéndola de un sorbo dentro de mi boca. Apretando con mis labios su tronco. Giré mi lengua rodeando rápidamente su falo, dibujando círculos sobre él. Lo tomé con mis manos y comencé a masturbarlo mientras besaba sus huevos y los lamía golosamente. Me encantaba sentirlas en mi lengua, en mi boca. A él también le gustaba que lo hiciera, a juzgar por sus gemidos y jadeos. Coloqué mis labios en su cabeza y moví mis manos arriba y abajo con rapidez. Sacando a veces la lengua para introducirla en su uretra. Ya estaba tan dura como a mí me gustaba.
Me incorporé y me subí sobre sus caderas, con su aparato apuntado hacia mi cueva. Lo pasé varias veces para que sintiera el calor que había allí dentro pero no lo dejé meterse. En este juego yo estaba dirigiendo. Llevé su cabeza desde mi clítoris hacia mi trasero y de nuevo hacia el frente, sin dejarlo moverse como él quisiera.

- Por favor… quiero entrar… quiero sentirte entera, bebé – Me rogó con la vista clavada en mi conchita. Me encantó que lo hiciera. Abrí mis piernas y bajé sobre su falo, dejándolo penetrarme. Sólo habían entrado unos centímetros, apreté los músculos de las paredes de mi vagina para que la sintiera a toda ella rodeándolo. Y entonces subí. Nuevamente descendí, esta vez un poco más, contraje de nuevo y volví a subir. A la tercera vez me tomó con violencia de las caderas y me obligó a bajar. Lo sentí clavarse sin piedad en mis entrañas. Me arrancó un grito jadeante.

Con sus manos en mis caderas volvió a subirme y de nuevo bajar. Coloqué mis manos en su pecho y subí yo mi trasero para seguir con el ritmo que me marcaba. Un, dos, tres, cuatro. Subía y bajaba sin parar y entonces aumentaba la velocidad saltando sobre su pene, gozando cada vez que entraba, para luego disminuir bruscamente las penetraciones, casi deteniéndome. Sabía que le encantaba por su gesto de placer. Elevó las manos hacia mis senos y los masajeó mientras se balanceaban con mi cuerpo.
De pronto se incorporó, salió de mi interior y me dejó arrodillada sobre la cama. Me dio la vuelta y se colocó a mis espaldas. Con una mano tomó mi cuello y me obligó a ponerme en cuatro patas, con la otra dirigía su misil hacia mi interior. Ahora él era el que entraba muy despacio, el que controlaba la situación por completo. Y eso me encantaba aún más.
Me tomó del pelo, lo enredó entre sus dedos. Jadeaba. Me agarraba la cadera y apretaba mi trasero. Me tenía totalmente dominada. ¡Cómo me encantaba todo eso!!! El hecho de tenerlo detrás. La violencia de cada embestida. El gruñido animal. El olor a sudor y a sexo que llenaba la habitación junto con mis jadeos y gemidos. Nuevamente me sentía elevada en una nube, y una contracción creciente se acumulaba en mi entrepierna. Moví mi trasero para aumentar el ritmo, quería un orgasmo que me quitara la voz.
Ante mi ansiedad él pareció encenderse. Golpeó todavía más fuerte mi interior. Sentía sus huevos golpeando mi pubis. El ruido de sus caderas denotaba la violencia con la que entraba… lo iba a sentir más adelante pero eso no me importó. Ahora quería que me taladrara. Que me hiciera llorar de placer.

- ¡Más, más fuerte!!! – Imploré – No pares, amor. ¡Dame todo!!! – Como si un mecanismo se hubiera activado en él llevó las embestidas a un ritmo frenético. No pude con la fuerza de sus piernas y se me vencieron los brazos. Caí en la cama, con el trasero en pompa.

Me giré y le dí la cara. Abrí mis piernas extendidas y las coloqué sobre sus hombros. Elevé mis caderas.

- Esto es todo para vos bebé. Quiero sentir que llegás dentro, ¿si?
- Mmmmm… te voy a dar para que tengas, golosa – Su cuerpo sobre el mío me aplastó. No me importó. Sólo prestaba atención al pedazo gigante de carne que entraba y salía de mi interior. Estando yo debajo, él podía entrar más profundamente, llegando hasta lo más interno, rozando el punto más álgido de mi vagina. Lo sentí golpear varias veces. Lo oí gruñir. Sentí cómo su miembro se hinchaba. Él estaba por llegar. Yo también.

El orgasmo golpeó mi consciencia. Sentí la leche de mi chico en mi interior, llenándome por dentro. Todo el calor desapareció de mi cuerpo y se concentró en el mínimo punto justo encima de mis labios mayores. Exploté. Mordí el hombro de Ignacio y arañé su espalda sin poder controlarme. No sé cuánto tiempo estuve sintiendo los golpes eléctricos, las convulsiones. Cuando reaccioné él estaba a mi lado, respirando agitado. Me incliné sobre él, dándole un suave beso. Me recosté en su pecho, desnuda y complacida. Me rodeó con sus brazos y me arropó. Nos dispusimos a pasar una de las mejores noches de sueño en mucho tiempo. Mi tío ya sabía que yo iba a dormir “en lo de una amiga”.
"Los hermanos sean unidos
Porque esa es la ley primera
Tengan unión verdadera
En cualquier tiempo que sea
Porque si entre ellos pelean
Los devoran los de ajuera"
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Nabiki
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